la palma

El milagro de las cruces de Breña Alta

El municipio conmemora hoy, 12 de abril, el 399 aniversario de un singular portento que marcaría a partir de entonces la identidad del municipio: el milagroso hallazgo de dos cruces negras, de origen presumiblemente divino, dentro del tronco de un laurel

La ruta cristiana de los portentos y hechos sobrenaturales cuenta en La Palma con varias paradas especialmente relevantes. Su arraigada devoción a la Virgen de las Nieves, la tradición milagrosa del portentoso Pino de la Virgen en El Paso, o el trágico episodio De los Santos Mártires de Tazacorte y sus valiosas reliquias, conviven con otro relevante hito acontecido en el municipio de Breña Alta, la inexplicable y providencial aparición de dos cruces negras de madera en el interior del tronco de un laurel.
En 2005 la historiadora y cronista palmera María Victoria Hernández Pérez recuperó al detalle la crónica de tan singular episodio en un completo, cuidado e imprescindible libro dedicado a la historia de la Fiesta de la Cruz en el citado municipio. En el volumen, además de otras muchas cuestiones de gran interés, tuvo el acierto de incluir el valioso y revelador documento que sobre este milagro pudo localizar, junto al profesor Jesús Pérez Morera, en el Archivo Parroquial de Breña Alta. Nada más y nada menos que el “acta” que a lo largo de nueve páginas da fe de lo ocurrido prácticamente a tiempo real, con la descripción de lo ocurrido y las declaraciones de aquellos que fueron testigos del fabuloso hallazgo, un documento que fue ordenado confeccionar por el vicario Luis Romero Xaraquemada.

Cruces celestiales

Los hechos se remontan al 12 de abril de 1622, cuando alrededor de las 5 de la tarde Francisco Pérez, zapatero de profesión y vecino de Santa Cruz de La Palma, se encontraba trabajando con unos maderos de laurel, o loro, en su finca de viñedos ubicada a escasos 300 metros de la Parroquia de San Pedro. Por entonces, Las Breñas eran aún un único municipio y la finca de Pérez se encontraba junto al Barranco de Aguacencio. Para cuando la adquirió de sus antiguos propietarios, el laurel llevaba sembrado más de 20 años, mostrado un brío y frondosidad que podía dificultar el uso de la parcela. Por ello el 6 de febrero de 1622, domingo de carnaval para más señas, decidió cortarlo, reservando algunos trozos para su lagar.
Dos meses más tarde, con las piezas ya secas y provisto de un hacha, cogió uno de los maderos y comenzó a trabajarlo. Cuando quiso cortarlo por la zona que acunaba el prodigio todos sus esfuerzos fueron en vano, tal y como declaró en el acta redactada por el notario eclesiástico público Pedro Martínez de Plaza. “Y habiendo dado encima de este pedazo de palo por labrar mas de dieciséis golpes con la hacha de madera, que si la hacha cortara o entrara dentro vinieran las dichas dos cruces por en medio en pedazos, y aunque este testigo con toda su fuerza y deliberación de partir el dicho pedazo de palo del dicho rolo, hizo mucha diligencia dando con toda fuerza en él para partirlo y nunca pudo si no hacer muy pequeñas señales con los golpes de la hacha a dos manos y con toda su fuerza, y no pudo partirlo”, señaló Francisco Pérez.
Aunque el madero se resistía, a medio camino ente la desgana y la tozudez, Francisco lo viró a lo cumplido y le dio algunos golpes más logrando que la pieza se partiera en dos trozos. Para su asombro, en el pequeño había una pequeña cruz de manera de color negro, con una peana como base, y en el grande aparecía otra del mismo tamaño y aspecto. Entre ambas solo había una pequeña diferencia: para mayor misterio, la del trozo mayor presentaba la figura de un crucificado. Consciente del prodigio, dejando caer al suelo el hacha, se arrodilló. Su hijo y sus dos esclavos le acompañaban en la finca y de inmediato fueron sabedores de lo ocurrido, así como Melchor Rodríguez, vecino al que llamó y que incluso intentó que Pérez le regalara sin éxito una de las piezas.

Testimonios

Al día siguiente varias personas más conocieron lo ocurrido y vieron las cruces, incluyendo al cura de San Pedro, Amaro González, quién convencido de la naturaleza divina de aquellas piezas escribiría al vicario Luis Romero contándole lo sucedido. La noticia correría como la pólvora despertando gran expectación, culminando con el enrramado y colocación de las piezas en el altar mayor, la recogida de más testimonios, el análisis casi pericial realizado por el pintor Juan Díaz Montero y la redacción de la citada acta notarial. El testimonio del artista es especialmente relevante, pues se le pide que valore si se trata de una pintura, y por tanto, implícitamente, si la mano humana está por en medio. Al respecto declara, tal y como leemos en el documento, “según lo que entiende como oficial y pintor, es que estas dos cruces no han sido pintadas con color ninguno, sino que naturalmente es madera negra incorporadas en la blanca, de manera que todo es una madera, sin ser esculpida ni pintada, sin dividirse la cruz en negro en la madera que es blanca y en los blancos que hace la cruz en medio tocar un poco tanto cuanto de amarillo y todo el resto de los maderos es blanco sin tener negro por ninguna parte más de lo que hacen las dichas dos cruces. Y que esto lo ha visto por haberlo tocado y raspado con las manos y artificios que hizo para ello que si lo fuere se podía bien entender”.
Además de descartar que sea pintura, señalar que se trata de una madera uniforme, y que ambas cruces encajaban al milímetro al juntar los dos trozos, Juan Díaz describe la presencia en la cruz del madero grande de una figura humana. Aparecía con un rostro de hombre inclinado sobre el brazo derecho, sin aparecer el brazo izquierdo. La figura mostraba el cuerpo, piernas y pies, y una guirnalda por medio de la frente así como una diadema que ascienden hasta lo alto de la cruz , todo ello sin pintura y visible a través de la combinación de colores y tonos de la madera.

TESOROS PERDIDOS

Las dos cruces de poco más de 20 centímetros fueron alojadas y veneradas en una pequeña capilla en la citada iglesia de Breña Alta, comenzando con ello en el pueblo el arraigado y populista culto al citado símbolo cristiano. Pero, ¿qué fue de las dos piezas de aparente origen divino? Al parecer se conservaban hasta los años ochenta en la parroquia, pero hoy su paradero es desconocido y no es descartable que, por falta de cuidados, terminaran deteriorándose y perdiéndose para siempre.
Es llamativo que a pesar de haberse conservado hasta hace unas pocas décadas, tampoco sea posible encontrar fotografías de dichas piezas, y que la única imagen disponible sea el dibujo rescatado para su libro por María Victoria Hernández, una ilustración que fue elaborada por Juan Díaz a petición del vicario sobre el mismo acta que recoge los detalles del portento.
Es posible que exista otro dibujo también de Díaz en los archivos eclesiásticos del Obispado de Las Palmas, en un documento gemelo al conservado. Encontrarlo sería fabuloso, como también el hecho de que puedan aparecer buenas y desconocidas fotos en álbumes familiares.
La pérdida de las cruces es más penosa aún al considerar que se trató de un “caso de éxito”, un portento que cuajó en una isla como la de La Palma que, antes y después de aquel 12 de abril de 1622, asistió a algunas apariciones similares de cruces en el interior de árboles, prodigios que no llegaron a tener la fuerza y longevidad de la que gozó la protagonista de este artículo.

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