el charco hondo

GCM Maratón

Quienes corremos maratones sabemos a qué nos referimos, y aquellos que no lo han experimentado deberían ponerse el dorsal, vivirlo, retarse, intentarlo, fijar el objetivo, descubrirse en las distancias largas, conocer su capacidad de resistencia, comprobar por sí mismos de qué va la cosa. El maratón no es solo una carrera, va más allá de lo deportivo. Hacer las tiradas largas pone en situación, y prepara piernas, espalda y respiración, pero lo que realmente está entrenándose es la cabeza. Una carrera de cuarenta y dos kilómetros, que comienza de facto en el treinta, exige tener la cabeza hecha a la distancia, a la duración, a los altibajos, a las muchas decisiones que hay que tomar dependiendo de las sensaciones o gestionando el cansancio, a los miles estados de ánimo con los que se convive en el trayecto que lleva de la salida a la meta. Los últimos catorce, diez o siete kilómetros, los que vienen después del muro, son un cóctel de dudas, el territorio de lo desconocido. La recta final no se entrena, ese tramo está reservado para el día de la carrera, de ahí la incertidumbre, y el miedo. Miedo, sí, pero del bueno, cargado de adrenalina, de magia. Los maratones se corren siempre con las dudas de la primera vez, y con la posibilidad de que sea la última. No hay dos iguales. Ocurren demasiadas cosas durante demasiados kilómetros. No hay recorrido parecido a otro. No hay día que repita a otro. No hay cuerpo que reitere al milímetro las sensaciones de los maratones anteriores. Haces una carrera que no sabes cómo acabará, incluso puede que no la termines. Ahí está el truco, ahí su encanto. Entrenar durante meses mejora las opciones, pero no las garantiza. Las ceremonias de los días inmediatamente anteriores, los rituales tribales del fin de semana de la carrera, los nervios de la noche anterior o de las horas previas, la solidaridad de conocidos o desconocidos en el recorrido del maratón, sean participantes o público, las manías y las supersticiones, la complicidad de los corredores en la feria, antes, durante y después, convierten al maratón en una misa multitudinaria, en un vicio de gente no tan rara, en la adicción de quienes sentimos estar haciendo algo extraordinario que nos sienta extraordinariamente bien. Y los amigos que se hacen. Dani González, por ejemplo. Nos conocimos en el maratón de Berlin, y coincidimos otra vez en el de Barcelona. Dani me tentó días atrás con el maratón de Maspalomas, en noviembre; dicho e inscrito. Volver a los maratones es el primer paso en firme hacia la normalidad, cómo resistirme a soñar con volver a la vida anterior a todo esto.

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