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Jubileta de balcón

Ya saben ustedes que uno de mis entretenimientos favoritos, como jubileta de balcón que soy, es presenciar los diálogos imposibles entre los cajeros de La Caixa, situados enfrente, y los que no tienen perras que sacar. Estos creen que, rogándoles, los cajeros se van a compadecer y a soltar pasta, cosa que no ocurre nunca. O mejor dicho, cuando el tránsito de las cajas, ocurrió una vez y aquellas máquinas empezaron a soltar pasta por un tubo, que luego tuvieron los clientes que devolver. Leo que una americana acaba de recibir por error un millón y medio de dólares en su cuenta y al día siguiente, cuando el banco reclamó su devolución, ya se había gastado 200.000 en un coche deportivo. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, la señora respondió con una obviedad: “Si estaban en mi cuenta es que eran míos”. A mí nunca me ha ocurrido eso, por desgracia, porque si alguna vez me pasara ya verían ustedes el destrozo. Pero, volviendo a los cajeros, los más escandalosos son los borrachos y las borrachas, que meten la libreta y hacen novenas al Corazón de Jesús para que les salga algo y si no les sale -como es lo habitual- lanzan improperios contra el propio Corazón de Jesús. No falla. Ocurre sobre las nueve de la noche, cuando no hay empleados a quienes dar las quejas. Las discusiones son en ocasiones muy virulentas, con golpes a los cajeros, cuyos cristales están fabricados a prueba de descontentos. Pero lo más gracioso de todo son las discusiones del tipo o de la tipa con la máquina, primero elogiándola y luego nombrándole a su inexistente madre, porque donde no hay, no hay. Es uno de mis pasatiempos, en esta época de pandemias y reclusiones. Hay que ver la falta de perras rampante que se ha instalado en Canarias, una tierra en la que casi todo el mundo anda boquerón.

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