ahora África

La ineludible convergencia africana

Por Juan Carlos Acosta

La distancia que separa el litoral de Fuerteventura de la localidad marroquí de Tarfaya es de 96 kilómetros, mientras que entre Órzola y el Faro de Orchilla, los dos extremos de las Islas Canarias, hay 755,5 kilómetros, es decir, casi ocho veces más. A partir del punto africano hasta donde llegaba el buque Assalama de Naviera Armas en su ruta desde Puerto del Rosario hasta 2008, cuando naufragó, después de cuatro años de línea regular, a cinco kilómetros del destino, donde sigue desvencijado por la herrumbre como un monumento a la desidia, se abre un inmenso territorio continental. Y esto es preciso subrayarlo cuantas veces sea necesario porque parece que no significa nada y que el Archipiélago puede sustraerse de su ubicación geográfica en el mundo. El ejercicio que las autoridades canarias deberían imponer, por tanto, como una regla de cálculo cada día al comienzo de cada clase en los colegios y universidades sería una continua proyección en Google Maps, como antes rezábamos el padre nuestro, de este rincón del planeta para que los alumnos se mentalicen desde pequeños de esa realidad contundente. Quizá entonces podrán entender por qué llegan con tanta facilidad barcas a nuestras costas con africanos, jóvenes y niños, que se juegan la vida para alcanzar una existencia mejor, como remedo de lo que ocurrió muchos siglos antes, cuando los bereberes arribaron para formar parte esencial del crisol que hoy conforman las poblaciones isleñas. Y es que los vectores de pobreza y mundialización se cruzan para crear un reto ineludible, debido sobre todo a las nuevas tecnologías, que llevan las imágenes de forma instantánea de un lado al otro de las antípodas, una ecuación asimétrica y perversa para África, continente rico en materias primas para las industrias más avanzadas pero inhábil para explotarlas, que hace soñar con Eldorado cercano a las ingenuas culturas del continente vecino. El itinerario hacia la comprensión del reto se completa si se tiene en cuenta que los países más inmediatos a Canarias, es decir, Marruecos, Mauritania, Senegal, Gambia, Guinea Bissau, República Guinea y Malí, sin ir más lejos, suman unos 100 millones de habitantes; que la juventud representa un 60 por ciento del total, es decir, 55,8 millones de personas, y que las estadísticas disponibles apuntan a una tasa de desempleo en esta franja poblacional en una horquilla que va desde el 30 por ciento, en su lectura más optimista, hasta el 80 por ciento, en la más pesimista. Sabemos ya que los muros sirven de bien poco, también los mares y, en nuestro caso, el océano, para revertir una asignatura pendiente que atañe no solo a Canarias, pequeño enclave del Atlántico medio, sino a toda Europa, que deberá afrontar más pronto que tarde una tarea comunitaria, como es la convergencia Norte-Sur en este Occidente. Sí que es potestad, necesidad y un deber de estas islas ser conscientes de su papel en ese complejo proceso de abogar por dar visibilidad a esa desproporción tan cercana para urgir a las autoridades tanto españolas como europeas a que emprendan políticas realistas y eficaces con las que ir atenuando progresivamente el abismo de oportunidades que sufren los Estados africanos. Para eso es necesario dejar de culpar a los dictadores, sátrapas, caudillos y, de camino, a las etnias del continente negro, y trazar acciones de técnicos europeos allí, dónde hace falta, aquí al lado, para formar a sus poblaciones y generar la posibilidad de un nuevo orden, pues es la única vía para que esos jóvenes opten por quedarse en un hogar con futuro y junto a sus seres queridos.

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