POR QUÉ NO ME CALLO

Pinito del Oro volaba sin red

Cómo se nos queda la cara? Lo sabremos cuando nos quitemos la mascarilla. Pero ahora seguimos en estado de shock. Y con la perplejidad a cuestas. Las trombosis de AstraZeneca no ayudan a paliar ese síndrome de asombro que nos acompaña como un rictus desde hace un año. Dice la ministra canaria que está cerca […]

Cómo se nos queda la cara? Lo sabremos cuando nos quitemos la mascarilla. Pero ahora seguimos en estado de shock. Y con la perplejidad a cuestas. Las trombosis de AstraZeneca no ayudan a paliar ese síndrome de asombro que nos acompaña como un rictus desde hace un año. Dice la ministra canaria que está cerca la inmunidad de rebaño y la creemos, con la euforia del millón de viales de Pfizer entrando por la puerta, pero es inevitable poner un pero a todo, Carolina Darias lo entenderá. Es parte del estado emocional provocado por la pandemia.
La etapa que se abre es una caja de sorpresas. Se acabaron las fiestas del calendario social con la Semana Santa y entramos en un periodo de a verlas venir. A poco que estiremos la vista sentimos lo que sugiere el redoble de un tambor antes de que la trapecista y su pareja ejecuten el ejercicio más arriesgado. El famoso triple salto. (Cuando entrevisté a Marcel Marceu le pregunté por la expresión del miedo, el asunto de fondo que nos ocupa).
Vivimos desde hace un año (de marzo a marzo, de la declaración de la pandemia y la alarma a la vacunación y sus efectos secundarios) con esa mueca de miedo tapando la boca, lo que aumenta su efecto. Ahora comienzan a tener sitio las palabras. Las vacunas del miedo están al alcance de nuestras manos. Las promesas pueden curarnos el susto. Carolina Darias es nuestra coach nacional en la edad temprana de una especie nueva de afortunados, los ya vacunados, que están a salvo, y pueden decirlo. (Marceau sostenía que el silencio no existe, venimos del silencio).
De todo lo que nos puede suceder a partir de ahora, lo primero que anhelamos es que la vacunación masiva cobre cuerpo este trimestre. Para contar con la red que proteja, en última instancia, a los trapecistas. Hemos estado viviendo al borde del abismo. Es hora de poner los pies sobre la tierra y poder pasear tranquilamente. El ser humano, quizá, no esté preparado para alargar mucho más esta ingravidez. No podemos vivir todo el tiempo como trapecistas jugándose la vida sin red, como aquella paisana de Guanarteme que se rompió el cráneo dos veces por esa razón. Cuando Pinito del Oro se retiró quedó su recuerdo flotando en el aire. Miraremos alguna vez a las calles y no creeremos que estuvieron tanto tiempo vacías, ni que nosotros teníamos prohibido pisarlas a determinadas horas por temor al aire.
Estamos deseando pasar página. Pero nos está costando. Tenemos ya lo que buscábamos para defendernos. Pero en número insuficiente. Los científicos han pronosticado que en breve la pandemia se acabará y el virus se tornará un resfriado, una gripe estacional, hasta el día que desaparezca como la viruela y la peste bovina, los dos trofeos de la vacunación.
Sabemos lo que espera detrás de las cortinas. Cuando acaban las guerras empieza la reconstrucción. Y no es tarea de dos días. Pero el 14 de julio (la fecha de la inmunidad europea la puso Bruselas) es un ejercicio de equilibrismo, como en la viñeta de Le Monde, del funambulista que porta sobre el alambre la jeringuilla.
Hay una sensación de balas perdidas, de víctimas innecesarias. Quizá confiamos en exceso en que el final de la guerra esté próximo. Salten los trapecistas y no haya temor porque hay red.