Tribuna

Reino Unido: nace el ‘homo pandemicus’

Emm!”. La exclamación que Ursula von der Leyen ha hecho viral esta semana sin querer, al verse desplazada y sin asiento en la recepción de Erdogan, en Ankara, es concisa y reveladora

“Emm!”. La exclamación que Ursula von der Leyen ha hecho viral esta semana sin querer, al verse desplazada y sin asiento en la recepción de Erdogan, en Ankara, es concisa y reveladora. El desconcierto de la presidenta de la Comisión Europea se debió a un gesto, en principio, abusivo y machista del presidente turco, que le habría negado en su despacho la silla o el sillón, viéndose relegada al sofá, lo que dio nombre al caso, bautizado como el Sofagate. Pero aquí (al igual que en el affaire racista de Cala a Diakhaby LaLiga no aprecia pruebas) se duda ahora si fue un desplante del turco o una ruindad del equipo de protocolo del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel (dada una cierta rivalidad con Leyen). No va a ser este un artículo sobre el pique del tándem que manda en Europa, o el comportamiento insolente de Erdogan, que es un clon de Putin, de esa saga de líderes sin escrúpulos. Si Biden llamó al ruso “asesino”, al turco lo tildó esta semana Mario Draghi de “dictador” y pisó en el barro de la alta política provocando un incidente internacional. No es privativo de España el lenguaje belicista de Pablo Iglesias y Ayuso y la ira en Vallecas con Vox. Los líderes mundiales también hierven por dentro, tras un año de pandemia, como percibimos en el clima de crispación de los escaños y la calle.

Pero se cuentan anécdotas de todas las épocas y lo de Ankara ha resucitado un incidente de 2007, cuando Putin hizo que un imponente labrador de entre sus mascotas irrumpiera en su despacho cuando se hiciera la foto con Merkel, que le tiene pánico a los perros. No solo a Borrell le hacen encerronas los rusos. Esta clase de trastadas crea tensión en un mundo al borde de un ataque de nervios, como en aquella película de Almodóvar. Nunca los nervios estuvieron tan a flor de piel.

Yo quería decir hoy un par de cosas sobre el reality show de la vacunación y el desacierto de Bruselas. Lo de Turquía nos viene bien para saber que si Leyen y Michel tienen diferencias, se explica mejor esta vacunación a dos velocidades, en que países tan ortodoxos como Alemania se han saltado las reglas del club para negociar por su cuenta la compra de la Sputnik V rusa, por ejemplo. Todos, ciudadanos y dirigentes, están cayendo presas de esa crisis de nervios. Hasta Ayuso ha metido a la Sputnik en la campaña electoral de Madrid. Eslovaquia, primero le hizo el pedido a Putin y después la prohibió. Y los propios rusos han dado de lado al compuesto basado en el adenovirus del resfriado humano (fue la primera vacuna del mundo, en medio de la incredulidad científica europea), no se fían ni ellos, y han dejado de acudir en cola a vacunarse en supermercados y restaurantes donde al principio les regalaban un helado como reclamo. Putin está haciendo de su vacuna una herramienta diplomática; nadie sabe si tiene capacidad real de producirla o si es un farol y lo que pretende es sembrar la discordia en Europa, como está logrando, pero Merkel esta vez no teme al perro del ruso, sino al virus que infecta sin pausa a su país. La senderista se ha echado al monte, asediada por la cepa.

Me temo que vamos a decir muchas veces “¡emm!”, como Leyen, perplejos en el curso de este año, dominado por la improvisación, el ridículo y la pérdida de papeles. Hay una urgencia por vacunar y salir de la cueva y percatarnos como la marmota de la ausencia de la sombra para presentir cuanto antes la primavera después de esta larga hibernación. “¡Emm!”. Veamos. Reino Unido vuelve mañana a la realidad, fingiéndose héroe de la cuarta ola que asola Europa. Es la autoafirmación soberanista del brexit, la victoria de David sobre Goliat, de la isla sobre el continente. Boris Johnson, si no mienten los datos y ya está vacunada la mitad del país (con los que superaron la enfermedad suma el 70%), podrá decir este lunes que le ha ganado la carrera a la UE, de la que se fue. Podrá girarse hacia su gente y decir, “miren a Europa peleándose y nosotros tan sanos ya”. Y llevará razón. Los ingleses encarnan ya al homo pandemicus.

Resulta que la malhadada AstraZeneca (ahora de nombre Vaxzevria tras una atrabancada trayectoria) es, por su propio origen anglosueco y nexo con la Universidad de Oxford, la vacuna nacional, el antídoto que, junto a la Pfizer, se han puesto 30 millones de británicos (una treintena de trombos y siete muertos al margen) y la causa del milagro por el que Reino Unido (descontado Israel, de nueve millones de habitantes frente a los 67 millones de Albión) será mañana el primer país del mundo con inmunidad de rebaño. Es la paradoja del éxito de la vacuna más cuestionada en Europa, en la semana en que la Agencia Europea del Medicamento admitía relación entre los trombos y el antídoto. La historia dirá que los ingleses fueron los primeros en liberarse del yugo del virus, pese al yuyu que el remedio producía en el exterior.

Las vacilaciones de Europa con esta vacuna, frenándola con miedo para terminar haciendo una extraña discriminación de edades sin base científica (de 60 a 69 años, sí, y de ahí para abajo, no) ha creado alarma y confusión, haciendo un flaco favor a los defensores de las vacunas, entre los que me incluyo a pie juntillas. Cierto que da que pensar la mala prensa de la más barata del mercado, cuya errática evolución se ha vuelto el mejor caldo de cultivo de negacionistas y antivacunas. Nada costaba zanjar los rumores; darle al fármaco un descanso, resetearlo y a la vuelta de unas semanas devolverlo a la carrera con su nuevo dorsal, Vaxzevria, en medio del bosque de antídotos que se espera para entonces, evitando esta sensación de apuesta de casino para no frustrar los plazos de la inmunidad de rebaño.

Tras los ingleses e Israel saldrá del túnel Estados Unidos, y habrá un mundo más desigual que nunca, basado no tanto en el PIB como en la Inmunidad Nacional Bruta de cada país y región de un mismo Estado. Habrá territorios VIP con pasaporte sanitario y DNI libre de COVID y pueblos aislados bajo los últimos escombros de la pandemia, con sus economías del primer y tercer mundo a la vuelta de la esquina. Entonces, en Canarias, a la cola de la vacunación, anclada en el cero turístico y señalada como la ruta de inmigración más peligrosa del mundo, exclamaremos fuera de los focos la terrible interjección: “¡Emm!”.