TRIBUNA

Stravinski

Como cada mañana me doy un paseo por los diarios. Es un ejercicio de prospección obligado, algo parecido a tomarle el pulso a la vida antes de emprender la jornada. A veces lo hago escuchando a Johann Strauss y su Morgenblätter y me transporto a una plaza de Viena, como si estuviera inmerso en una […]

Como cada mañana me doy un paseo por los diarios. Es un ejercicio de prospección obligado, algo parecido a tomarle el pulso a la vida antes de emprender la jornada. A veces lo hago escuchando a Johann Strauss y su Morgenblätter y me transporto a una plaza de Viena, como si estuviera inmerso en una de esas fotografías de desayuno en la habitación del hotel con el periódico encima de la mesa. Nada de zumos de frutas con colores estridentes. Mi primera comida habitualmente consiste en un vaso de soja con chocolate, un plátano, unas nueces y un café. Una rutina casi litúrgica que sirve para acompañar a la pastilla de la tensión y al condrosán que disfraza de juventud a mis articulaciones. A veces la noticia se convierte en una evocación, y más que conducirme al vértigo de la actualidad, me sumerge en un universo de recuerdos agradables. Agradable es una palabra que me gusta, a pesar de que últimamente la tengo proscrita de mi vocabulario. Quizá lo que hay a mi alrededor no me permite sacarla a la luz con el esplendor que se merece. De pronto me tropiezo con el aniversario de Igor Stravinski. Sale una foto del músico y su esposa, Vera de Bosset, junto a J.F. Kennedy y Jaqueline. Admiro a este hombre y a su pensamiento sobre la música.
Leo con frecuencia sus magistrales seis conferencias, pronunciadas en el Harvard College, bajo el título: Poétique musical sus forme de six leçons, que publicó Acantilado en 2006, aunque con mayor frecuencia disfruto escuchando su Consagración de la primavera, su Pájaro de fuego o su Petrushka. ¿A dónde me lleva Stravinski? A los primeros setenta, cuando conocí en Lanzarote a Stanley Seeger, un millonario americano, importante coleccionista de arte, que le encargó al compositor ruso un réquiem en memoria de su madre, Helen Buchanan, en 1966. Emilio Machado y yo estábamos haciéndole a César un levantamiento de sus burbujas volcánicas de Taiche, para que los planos figuraran en una revista de Arquitectura.
Luis Ibáñez le construía una casa a Stanley, que había decidido instalarse en la isla, después de su estancia en Venecia donde hacía un inventario de los palacios antiguos de la ciudad. Una de las habitaciones era submarina, y a mi me recordaba al salón donde el capitán Nemo tocaba el órgano, rodeado de algas, de peces y de arañas y pulpos gigantes, y buzos luchando a hachazos contra ellos. Era un mundo en el que se utilizaba a la naturaleza de manera casi lujuriosa, por eso César había incorporado al volcán a la escena de sus diversiones, con aquel inmenso cristal del” Pink a pull”, que hacía comulgar a la lava agresiva con las blandas caricias de una cama de agua ocupando todo el suelo y rodeada de paredes acolchadas.
Stanley se había traído de Atenas un friso de un antiguo templo para presidir la cama que compartía con su amante, Niki, un griego que parecía sacado del cincel de Praxíteles. Era otro mundo aquel. El hijo de Max Manus, el héroe noruego de la Segunda Guerra Mundial, exhibía sus pantorrillas de esquiador por las playas de Los Fariones, y su hermana Mette nos daba la oportunidad de que hiciéramos un juego de palabras con su nombre y apellido. Una higuera salía de las profundidades del taro para que su copa luciera como el principal objeto natural del inmenso salón de la casa de Manrique. Hoy es un museo, pero en aquel tiempo las cosas estaban vivas, y un renacimiento surgía como el atributo más exclusivo de la homosexualidad. Stanley, una mezcla de dulzura americana bajo unas enormes cejas, salvajes y agresivas, le había encargado a Stravinski el réquiem para el recuerdo de su madre. Emilio, Luis Ibáñez y yo éramos heteros declarados, lo que no hacía imposible que nos acercáramos al mundo de la fantasía sin límites que se desarrollaba alrededor de César. Yo creo que él también lo era. Al menos en su carné de identidad figuraba como viudo, y eso es de lo que ejercía, siempre con el comedimiento del luto en una explosión de color.
Ya ven, la lectura del morgenblätter me ha llevado al Lanzarote de aquellos años. Era una fiesta para los que lo conocían y un anónimo misterioso para las mujeres que no se quitaban la sombrera ni las medias negras, y para los hombres que cantaban seguidillas en las barcas o escondidos dentro de las gerias. Por allí andaban Fernando Higueras, que hacía un hotel en Teguise, y Juan Manuel Ruiz de la Prada, el padre de Ágata, que proyectaba una urbanización en La Santa. No venían a enseñar nada. Venían a aprender. Luego Stanley se fue de Lanzarote. Compró una manzana completa en Londres para vivir en el centro del mundo sin que nadie lo molestara. El aniversario de Stravinski me ha traído el recuerdo. Era otro tiempo, que parecía una premonición de lo que vendría más tarde, pero tengo que decir que lo que vino más tarde, desgraciadamente nunca fue capaz de superarlo.