tribuna

De la Noche al Día de Canarias

Más de un millón de dosis después, Canarias celebra hoy su Día institucional marcado por la vacunación masiva y una jubilosa apertura de fronteras

Más de un millón de dosis después, Canarias celebra hoy su Día institucional marcado por la vacunación masiva y una jubilosa apertura de fronteras. Esta sociedad resurge así de sus cenizas a tiempo de soplar las 38 velas del origen autonómico, dado que el volcán nos parió hace 30 millones de años. Las Islas no habían hecho previsiones semejantes, hasta el otro día no tenían entre sus cálculos que esta fecha pudiera coincidir con una pandemia dos años consecutivos, y lo cierto es que a este paso la efemérides de la comunidad se torna una tregua imaginaria en un embate de siglos, entre un fabuloso paraíso afortunado y una guerra contra un virus que ahora se teje y desteje como el sudario de Penélope, a la espera del regreso de la normalidad. De un extremo al otro de la historia, de la Antigüedad a nuestros días, diríase que todo se reduce a un duelo con los fantasmas. Y, como veremos, cobra auge la condición insular, pues el mundo se suplantó en una isla, una isla confinada, se irguieron las fronteras y desaparecieron los continentes.
Lo que supusimos al principio una crisis pasajera se cronificó sin solución de continuidad. Esto no nos puede estar pasando a nosotros, nos quejamos recordando las escenas de la gripe de 1918 con la gente por las calles con mascarillas, cuando apenas en nuestra isla acababa de estallar la primera bomba y cerrábamos un hotel a cal y canto. Era el mundo en Adeje confinándose a escala, como luego sucedió. No, no podía ser cierto lo solo era posible concebir en el cine o la ciencia ficción. Venimos de ese arrebato y en mayo pasado asistimos a una fiesta de islas en cuarentena, bajo el estado de alarma, con la canariedad enjaulada como pájaros homónimos, como islas aisladas. Aquella clausura contrasta, por suerte, con esta explosión de puertas abiertas sin toque de queda.
Probablemente, ya hemos cubierto la mayor parte de la travesía, dejando atrás todo 2020 (que en el afán de inventariarlo biografié como El Año de la Máscara, bajo el síndrome anacoreta de Flaubert). Y acaso estemos transitando los días decisivos de la cuenta atrás. Este es el primer Día de Canarias camino del día después, cuado el de mayo pasado fue el Día de Canarias del día de antes. Estamos viviendo una resurrección en toda regla, con casi el 40% de nuestra población vacunada parcialmente. Como quiera que perdemos con facilidad la dimensión de las cosas, conviene reparar en el significado de estos hechos nuevos. Hace un año (30 de mayo de 2020) éramos una comunidad enterrada en vida, sin un alma en la calle y con un cartel en la entrada: turismo cero. Habíamos despedido (en el sentido literal de la palabra) a los huéspedes que pocos días antes tratábamos de seducir con eslóganes y carantoñas. Dijimos, ¡fuera! Y los echamos. Esa era la inhumación que precedió a esta inmunización que nos guía este 30 de mayo de 2021. De mayo a mayo, de la Noche de Canarias al Día de Canarias. De manera que en un año, de la declaración al final del estado de alarma, hemos visto pasar la película de unos acontecimientos que seguramente nos traumatizarán para el resto de nuestras vidas. Muertes, enfermos, sufrimiento y dolor en una sobredosis desmedida, que marca a esta generación para siempre. Ahora, cuando el Día de Canarias nos recuerda de dónde venimos, debemos asentir que soplan otros vientos.
Tenemos miedo, claro, a la cepa india, al turismo inglés que se reanudará pronto, a riesgo de que importemos con él esa peligrosa variante que ahora tiene en vilo al Gobierno de Boris Johnson tras lograr la inmunidad de rebaño con ayuda de AstraZeneca (una vacuna que no goza de mucha reputación por los trombos y los retrasos). Acabamos de derribar las barreras de las Islas para el viajero peninsular, que podrá venir desde mañana mismo sin test, tras el relincho de Fitur, como anticipo del pasaporte verde que Europa implantará el 1 de julio. Este 30 de mayo dominical corresponde, por tanto, al comienzo de una quimera feliz: la incipiente normalidad. Aunque todavía tarde un tiempo inescrutable que la vida vuelva a ser normal y corriente.
Hemos bajado el listón de los objetivos. De viajar a Marte (como haremos) a poder hacer viajes más cortos dentro de nuestro propio planeta y de recibir a los viajeros de toda la vida, nuestros amigos los ingleses y alemanes, y nuestro turista peninsular de cabecera, como tan solo hace año y medio hacíamos con regularidad. Y más modestamente, poder viajar entre islas sin tantas cautelas, o poder cruzar la calle simplemente sin necesidad de taparnos la boca, ese viaje entre dos aceras que el virus nos prohibió un día, durante su dictadura infalible.
Acabamos de descubrir en una nube en el centro de la galaxia la molécula del origen de la vida, la etanolamina, que contiene los cuatro elementos químicos fundamentales (el oxígeno, el carbono, el hidrógeno y el nitrógeno). Llegó el virus y en unas pocas horas se adueñó de la población mundial y la hizo rehén, y nos esclavizó y aisló drásticamente. Hizo del mundo una isla a sus pies. Lo isleño, que impregna nuestro Día de Canarias, se hizo moneda común: la insularidad universal. Durante este último año, todos los rincones del mundo eran un mismo rincón, como en el mito de Borges, un lugar recóndito, como solo las islas saben ser sin tramatizarse. Pero el mundo no era una isla en realidad. Y no sabemos cómo saldrá de esa metamorfosis, ahora que nos quieren ir despojando de los pertrechos de la batalla: entre ellos, de la máscara.
Hay pocos pueblos como los pueblos isleños capacitados de un modo natural para afrontar la claustrofobia de esta pandemia. Seguramente, en un día como el de hoy, haríamos bien celebrando ese don de la naturaleza que nos fortalece y preserva por el hecho de ser previsoramente islas. Nadie, como nosotros, sabía tanto de aislamiento, que ha sido el reto número uno de esta etapa para la población mundial. Tampoco nadie nos enseñó resiliencia. Que parece una palabra inventada por un mago nuestro queriendo decir acaso resistencia o una cosa por el estilo. De un modo u otro, aquí estamos de la Noche al Día de Canarias.

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