tribuna

El jardín de senderos que se bifurcan

En El jardinero fiel, la celebrada novela de John Le Carré, no salen bien paradas las multinacionales farmacéuticas, cuya falta de escrúpulos para hacer rentable el filón de las vacunas no tiene límites. Al abrir el melón de las patentes, para que el mundo entero se inmunice ante la COVID y no solo una élite de países desarrollados, Estados Unidos ha puesto la pelota en el tejado de Europa. No es órdago fácil ante la devoradora Pfizer y similares, que brindan por el negocio del siglo. Pero nos ronda en la cabeza la historia del funcionario del Foreign Office, protagonista de la novela del escritor exespía. Nos sobrecogen los intereses en juego. Y la frágil salud. La India como síntoma de que nada está a punto de acabar, seguimos en medio de la pandemia. Y entonces, a España no se le ocurre otra cosa que complicarse la vida, levantar el estado de alarma, el toque de queda, bajar la guardia ante el virus este domingo. Todos ansiamos volver a tener el jardín florido, pero la realidad es cruda como la vida. Es demasiado pronto para tirar la casa por la ventana. Desde hoy los senderos se bifurcan. Tenemos que optar, elegir el camino por nuestra cuenta; cada cual, cada autonomía ha de hacerlo por separado. Algún día nos darán una explicación de esta salida de pata de banco.


Si hiciéramos una encuesta mundial sobre qué es lo que más le preocupa a la gente en este momento, habría una respuesta unánime. Creo que es la primera vez que hay un consenso universal de tal naturaleza. El problema es uno, y es global. No es el hambre, no es la violencia, es una epidemia, digamos parafraseando a Yuval Noah Harari, el joven y lúcido historiador de esta época. Y la epidemia dura desde marzo de 2020. No sabemos cuándo se producirá el desenlace de esta incisión en el curso de los acontecimientos; tampoco podemos adivinar en qué estado de salud o económico, ideológico o social vamos a salir de esta, hasta qué punto se han operado cambios irreversibles en todos nosotros y, por tanto, ya somos otros.


La pandemia se universalizó en 2020, ahora toca hacer lo mismo con la vacunación. A grandes males, grandes remedios. Joe Biden proponía esta semana la suspensión de las patentes de las vacunas y Europa se lo piensa en Oporto. Es el sueño frustrado de Patarroyo contra la malaria en los años 80, cuando la OMS no tenía los callos que tiene ahora ni habíamos leído aún El jardinero fiel y cedió a las presiones de la industria farmacéutica. Aquel CEO de Pfizer, de apellido Bourla, vendiendo sus acciones al alza resultó una burla intolerable.


El efecto de la cepa india, menos peligrosa que la sudafricana, brasileña o inglesa, pero no menos temible, ha provocado este debate sobre el copyright del antídoto. Vastas regiones del planeta con escasos recursos apenas han podido empezar a inmunizarse poniendo en duda un horizonte de cobertura global. Europa se reivindica como la farmacia del mundo y afea al yanqui que no exporta la solución. España pide donar vacunas a los pobres.


Pero no son buenas las noticias sobre España este domingo. Como de un portazo, ha puesto hoy fin al estado de alarma. No está el horno para bollos. Cuando en marzo de 2020 hicimos el primer ensayo de esta norma de excepción que limita derechos fundamentales (Sánchez logró hasta seis prórrogas), no podíamos imaginar su eficacia, hoy incontestable. Del 14 de marzo al 21 de junio el país se sometió a una vida monacal de casi cien días y detuvo la hemorragia de los hospitales. Pero la desescalada fue un fracaso. Ahora saltan todas las alarmas por la misma razón. El Gobierno no tuvo fácil sacar adelante el decreto de marras, es cierto; la oposición conservadora lo acusó de querer implantar un régimen totalitario. Pero, al margen de los malabares políticos, Sánchez debió medir este salto sin red, a sabiendas de lo que nos jugamos, con la mayor parte de España, desde hoy, sin toque de queda. Salvo Canarias y dos o tres caso más, se impone un salvaje sálvese quien pueda. La factura puede salir muy cara. Hemos visto el auge del escepticismo político, de Brasil a Madrid, sin que sean comparables. Donde los gobernantes despacharon permisividad con una impronta de barra de bar frente a las restricciones, el ciudadano ha aplaudido; no es plato de gusto el estado de alarma, pero lo otro mata. Madrid, con el despegue político de la candidata Ayuso, ha nublado la vista del Gobierno, y la celotipia ha sido pueril. Pagamos justos por pecadores. El estado de alarma debió prolongarse hasta el 14 de julio, el día de la toma de la Bastilla, cuando Europa promete llegar a la inmunidad. Y no esta jungla de autonomías con la judicatura renuente a hacerle el trabajo sucio al Gobierno. Tememos a las recaídas que conocemos por experiencia, cuando ahora en Canarias habíamos vuelto a la senda de los semáforos verdes y de la baja incidencia, por poco que nos haya servido este viernes ante el veto inglés; ni por los viejos tiempos.


Levantar ahora la veda difunde un mensaje engañoso de relajación y pronto -como ya ha hecho la OCU- se pedirá que nos quitemos la mascarilla y finjamos que lo peor ya pasó. Lo siguiente son repuntes y rebrotes.

Sobre el ring, en los últimos asaltos, si se va ganando por puntos, lo indicado es mantener la tensión ante un imprevisto nocaut. Las variantes traidoras no cesan. Aún no ha sonado la campana y ya alzamos los brazos en señal de victoria, y nos bañamos en el Ganges, en un mar de virus, como en abril la India. Los ciudadanos de a pie parecen más sensatos que el Gobierno central: se han llevado las manos a la cabeza. La clandestina querencia de boncho de las minorías no invita a hacer los mejores pronósticos.


No ha sido la mejor idea ahora que nos llevaban en volandas las vacunas, de las que carecíamos en junio de 2020, cuando la UME venía de recoger cadáveres en las residencias, por suerte hoy libres de peligro gracias a la inmunización. El Estado no puede fallar. Las autonomías no pueden fallar. Los canarios no podemos permitirnos el lujo de fallar. Es el momento de pedir prestada la metáfora a Borges y decidir en el jardín de senderos que se bifurcan: o elegimos bien o seremos responsables de nuestros imperdonables errores.

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