tribuna

El mes de los días

Si es verdad que en mayo vuelve el turismo inglés, por estos lares eso equivale a una inestimable dosis de normalidad, pues en la memoria (en ella, ya que no en el quehacer cotidiano de un año en blanco) guardamos, entre los signos de un estado de cosas familiar, la presencia, el flujo, el tránsito resultante de viajeros. Así había sido, progresivamente, en los últimos 100 años. Y entre los visitantes, el británico, dada su condición, se mimetiza con el canario, es un hecho insular, y marca el paso del turismo en nuestra geografía. No se entiende este sector sin la huella del inglés, que lo hace reconocible. Por eso doy tanta importancia a que este mes regrese el compañero de viaje. Una de las fechas que jalonan mayo es esta, el día 17, en que el Gobierno de Boris Johnson, bajo el paraguas de la famosa inmunidad de rebaño en su país, piensa levantar la barrera.
Ahora bien, aún no se ha despejado el camino de este año, seguimos buscando la salida del túnel que nos sirve de símil de esta extraña peregrinación de dudas. No es mayo a mayor certeza. De lo que sabemos de 2021, diríamos con el filósofo que solo sabemos que no sabemos nada. Y es cierto. Que se recuerde, es la época de mayor incertidumbre. Todo confluye en querer alcanzar pronto esa normalidad mitificada. Para que haya turismo es conditio sine qua non que haya inmunidad. De ida y vuelta. Porque vendrá el turismo y la cepa con él. Y, de otra parte, en las Islas no podremos retroceder tras haber logrado ya reducir a niveles casi óptimos la incidencia semanal acumulada a siete y 14 días. Es por esta causa, confirmada esta semana, que el embajador inglés Hugh Elliot se animó a anunciar en Palma (de Mallorca) que su país hará una excepción con Canarias y Baleares, al margen del semáforo epidemiológico español. Tras muchos meses, Londres volvería a abrir un pasillo verde con estas islas, después de vetarnos, para frustración nuestra, que apelábamos románticamente a los lazos históricos. Más tarde, nos alivió saber que la cepa británica era tan contagiosa y hubiéramos corrido peligro. Ahora, estamos en vísperas de la luz verde de Downing Street para venir a vernos tras el duro confinamiento inglés por la ola expansiva de la cepa británica del virus, antes de convertirse en el primer faro en Europa con inmunidad. Canarias, Baleares, Azores, Madeira y Malta van a estar en esa lista de destinos privilegiados, con una treintena de países, incluso aunque España y Portugal queden excluidas. El 17 es uno de los días marcados en el almanaque del mes florido. Se agradece esta flor.
Tenemos por delante una agenda de citas que hacen de mayo un contenedor de acontecimientos, un mes de fechas señaladas, amén del pistoletazo del turismo inglés. Y ello sin menoscabo de estar en año de transición por el que avanzamos sin saber qué nos espera después de la doble mutación del virus de la India y hasta qué punto las vacunas se resentirán. Nada es ajeno a la pandemia por mucho que nos esforcemos. Nos desayunamos y acostamos con el parte de guerra inyectado en vena. Pero debemos saltar por encima del miedo, recuperar el regocijo de los días y las noches con la satisfacción de seguir en pie y de confiar en que suceda lo mejor detrás de estas cortinas. De resto, ya sé que no ayudan tragedias migratorias como la del cayuco de los 24 cadáveres (y sus muertos por el camino) para levantar el ánimo. Ni qué decir de la desaparición de las dos niñas de Tenerife a manos de su padre. Nos hemos hecho expertos en vivir con el corazón en un puño.
¿Qué nos deparará mayo en esta tesitura de intermedios, entre la inmunidad y el rebaño de cepas, entre los millones para la reconstrucción que arrancan este mes y el paro y cierre de empresas? (Loables sean los megaproyectos de digitalización y sostenibilidad con fondos europeos, pero ¿y qué hay del hambre, la miseria y la desigualdad, qué dinero se le piensa asignar a la gente más machacada por esta crisis? Fin de la digresión.)
Un sábado como ayer fue Primero de Mayo, como si el día del Trabajo ahora cobrara un significado especial tras la destrucción de empleos, víctimas colaterales del virus. Nunca habíamos celebrado, ni siquiera en mayo de 2020, el Día de la Madre como hoy, con las restricciones familiares, sin derecho al abrazo y a las muestras de afecto. Seguimos en la pauta de la distancia y la mascarilla, y será por mucho tiempo, aun vacunados, por más que algunos países especulen con la idea de cancelar las normas a golpe de inmunidad. Basta que una cepa peor que la anterior asome la espícula para que aplacemos semejantes alegrías.
Si Sánchez no se arrepiente a última hora, el 9, otra fecha capital de mayo, España pondrá fin al estado de alarma. El Gobierno rechaza prorrogar el escudo de excepción: la vicepresidenta Calvo se queja de la paradoja entre quienes antes criticaban la medida como una dictadura de la democracia, un tic recentralizador, y ahora la aplauden. Pero nos jugamos tanto en tan pocos días que no conviene errar en un sálvese quien pueda.
Este martes es 4-M. Las elecciones madrileñas se han visto elevadas a una categoría inédita: una suerte de elecciones autonómicas de Estado. Todo un vicepresidente dimitió para ser candidato y el lenguaje de las consignas ha sido el más beligerante que se recuerda. De las cartas-bala y del navajeo epistolar y mediático no existen precedentes. Es una estación de la democracia que desconocíamos, pues la amenaza física estaba vacante, más propia de la asociación del rifle de Estados Unidos.
Mayo, el mes de los días. Donde caben todas las esperanzas y desgracias. ¡Con qué doble personalidad clamamos por vacunar el planeta, inmunizar a África, que nos envía a sus bebés en cayucos de cuna de mala muerte, salvar la economía del mundo con pasaportes verdes…; y, en paralelo, dirimimos el odio de las balas de Madrid en los buzones políticos! Con mal cuerpo por los sucesos recientes, y en la confianza de que nos aguarden buenas noticias, el 30 celebraremos el Día de Canarias. Mayo, el mes de los días.

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