En la frontera

Disparates

Hace pocos días se celebró el Festival de Eurovisión, en el que, como es habitual, España hizo el ridículo. Un presunto cantante interpretó una supuesta canción de letra iletrada y música no menos presunta, cursi y soporífera. Y encima, a su regreso, el presunto cantante se mostró muy contento y orgulloso de su actuación y […]

Hace pocos días se celebró el Festival de Eurovisión, en el que, como es habitual, España hizo el ridículo. Un presunto cantante interpretó una supuesta canción de letra iletrada y música no menos presunta, cursi y soporífera. Y encima, a su regreso, el presunto cantante se mostró muy contento y orgulloso de su actuación y de la de todos los colaboradores en el desastre; y afirmó que había sido un hito importante en su carrera. Pues bien, como todo este disparate lo financia una televisión pública con el dinero de nuestros impuestos, parece llegado el momento de pedir responsabilidades y plantearse la continuidad de tal ridículo institucional; un ridículo que, por fortuna, no llegó a la vergüenza ajena que suscitó nuestra representación de hace unos años.
El antepenúltimo puesto obtenido por España tiene una lectura alternativa todavía más pesimista. Porque es representativo de nuestro modesto lugar subordinado en el conjunto de las potencias que actúan en el mundo de las relaciones internacionales, y, desde luego, de las potencias europeas. Un modesto lugar que hace que Estados Unidos –su VI Flota- desarrolle unas importantes maniobras militares con las fuerzas armadas de Marruecos, utilizando la base española de Morón de la Frontera para mayor escarnio, cuando ese país nos invade y viola nuestras fronteras. Y que, al mismo tiempo, Francia apoye incondicionalmente a los marroquíes y la Unión Europea nos diga que debemos dialogar. Por desgracia, las declaraciones de nuestra ministra de Defensa exigiendo que Marruecos nos respete suenan tan ridículas como nuestra participación en Eurovisión.
La invasión de Ceuta por miles de marroquíes dirigidos e instigados por su Gobierno, esta segunda marcha continuación de aquella Marcha Verde de hace tantos años, ha puesto de manifiesto de nuevo la extrema debilidad internacional de España y su sometimiento a Marruecos: el otro día nada menos que Casado, el supuesto valedor de nuestra soberanía e independencia, le reprochaba a Pedro Sánchez que sea el primer presidente de la democracia cuyo primer viaje oficial no haya sido a Marruecos. Vasallaje se llama la figura. E incoherencia lo de Casado, que parece haber asumido nuestra inferioridad y nuestra dependencia del vecino del sur. Aunque hay que señalar en su descargo que eso mismo han asumido nuestros presidentes de Gobierno en la democracia, excepto Pedro Sánchez, que priorizó Portugal. Y ya no podemos contar, como antes, con las privilegiadas relaciones del rey emérito con la monarquía alauita.
Mientras tanto, a la fiscalía española lo que le importa es si se están devolviendo a Marruecos menores de edad, devolución que está legalmente prohibida, en una muestra más de los disparates que origina el buenismo progre cuando aborda la inmigración ilegal. Porque los menores tendrían que ser los primeros en ser devueltos a quienes en Marruecos tengan su guarda y custodia, que han cometido un delito de abandono de menor, castigado con prisión en el Código Penal español. Por el contrario, las autoridades españolas colaboran en el delito sustituyendo a los que han abandonado a esos menores y les han permitido salir solos de su país.
Vivimos unos tiempos en los que se nos obliga a convivir con los mayores disparates contrarios al más elemental sentido común. Y lo peor es que los aceptamos y no nos damos ni cuenta.