Por quÉ no me callo

Los indultos y la capitulación de Junqueras

La política española hace tiempo que entró en la lógica caústica de la rabia y no conoce desde entonces ninguna vía intermedia para hacer compatibles sensibilidades distintas. En otras sociedades como la alemana se vivió este fenómeno desde el fondo del abismo y consiguieron sacar a flote una serie de valores de aquiescencia que permanecían […]

La política española hace tiempo que entró en la lógica caústica de la rabia y no conoce desde entonces ninguna vía intermedia para hacer compatibles sensibilidades distintas. En otras sociedades como la alemana se vivió este fenómeno desde el fondo del abismo y consiguieron sacar a flote una serie de valores de aquiescencia que permanecían ocultos. Hasta que en España no asomen esos pensamientos soterrados será imposible pensar en palabras en desuso como diálogo y consenso. Se ha impuesto el trumpismo que exportó aquel presidente infame de los Estados Unidos y su estilo bronquista, fanfarrón e ignorante.


Las sesiones del Congreso y la plétora de declaraciones en la prensa utilizan un lenguaje milenarista de salvadores de la patria. A veces da la impresión de que los dirigentes han perdido el tino. Falta hacernos autopedagogía del espíritu de la Transición en el país que la inventó y aplicó con éxito, o estamos condenados a vagar en el lado oscuro de la política, donde la crispación se autoalimenta de los peores instintos. El líder se comporta con la misma vehemencia que el pirómano prende fuego al monte, y no muestra arrepentimiento.


Los indultos al procés irrumpen como un chorro de gasolina en esa fogalera. Ni la renuncia a la vía unilateral expresada ayer por Oriol Junqueras, enterrando todo el edificio del soberanismo puesto en práctica el 1 de octubre de 2017, que desembocó en la reclusión y condena de la cúpula independentista y la huida de Puigdemont a Bélgica, abortará la movilización prevista para este domingo en la madrileña Plaza de Colón. El pronunciamiento de Junqueras -padre intelectual y ejecutivo del referéndum y declaración de independencia que desencadenó esta crisis- tiene el fuste político de una rendición en toda regla. Pero los odios instalados en el gallinero de la política española no transigen una marcha atrás como paliativo, no es su empeño tender puentes y superar el desencuentro en aras de la convivencia, sino todo lo contrario: están dadas las condiciones para un problema eterno como el israelí-palestino o el del Sáhara, que ahora revivimos como una adenda de los infiernos territoriales en que España -y Canarias- se debate sin remedio.


Estamos hechos a la idea. En la alternancia del poder estas cuestiones se utilizan por la oposición como meros instrumentos para debilitar al Gobierno y sustituirlo. De ese pecado no son ajenos unos y otros. Lo hicieron, hasta la exacerbación, González y Guerra contra Suárez y lo hacen ahora Casado y Abascal, condenados a entenderse contra Sánchez. De la primera foto de Colón contra el socialista el domingo 10 de febrero de 2019, de PP, Ciudadanos y Vox, que arrastró a Rivera hacia su final, a esta del próximo domingo 13 de junio de 2021, con las mismas siglas de la mano encañonando al mismo presidente por la conllevanza catalana, existe una considerable diferencia. Entonces, una oposición frankenstein renegaba de un dirigente socialista que hacía lo propio negociando con los independentistas. Tal para cual. Hoy, Junqueras se ha apeado del error del procés: el unilateralismo. ¿Existe altura de miras en la oposición española o erigimos un monumento a Netanyahu, a Trump, a Erdogan, a Putin y todos los Lukashenkos juntos e intolerantes?