por qué no me callo

Gregorio Samsa, la isla

El pabellón Santiago Martín es el gran activo, el clavo ardiendo al que se aferra Tenerife para reincorporarse al Archipiélago como una isla de la misma comunidad y como la isla Gregorio Samsa, cuya metamorfosis la proscribe y aparta del resto. Si la vacunación masiva (24 horas los siete días de la semana) dispone de viales suficientes y constituye un éxito, si doblegamos la curva de la pandemia al cabo de unas pocas semanas y si el Gobierno nos readmite en el club como una isla sana, la hamburguesa canarista pasará a la historia como un talismán. Hemos ido perdiendo muchas cosas por el camino, símbolos y esperanzas. Nunca nos creímos aquel donativo de nivel 1 meses atrás, que apenas disfrutamos por las prescripciones festivas, y cuando se hizo reiterativa la condición de líder de contagios en el computo regional, fue inevitable ese complejo kafkiano de territorio infecto e insecto.


Moscú hierve en COVID como nunca antes desde el inicio de esta crisis sanitaria. Lisboa es otro vivero de cepas nuevas. Israel se retracta y restablece la mascarilla en lugares cerrados. Reino Unido palidece por la voracidad de la variante india o delta. Von der Leyen augura que en verano toda Europa padecerá esa variante que se transmite como un rayo y será la mayoritaria. En cambio, España y, en cierta forma, Canarias, no acaba de comprar semejantes cautelas. Es comprensible el afán de revertir la imagen en plena campaña turística estival y en medio de hitos cauterizadores como la inauguración del Mobile World Congress en Barcelona, con Felipe VI y Sánchez compartiendo mesa con Pere Aragonès. Es razonable y conveniente ese espíritu de remontada contra reloj. Hay un discurso triunfalista y otro circunspecto. España vende que sale con buen pie de la mayor crisis sanitaria de la historia reciente, a sabiendas de que no es lo mismo lamerse las heridas cuando el mundo, todos a una, remaba entonces sin rumbo, que mostrarse reluciente en la pasarela ahora que está en juego la recuperación, el turismo y la llegada de grandes inversiones. La política de la pospandemia no es la misma que la del estado de alarma. Y bien que es cierto que no es oro todo lo que reluce, que Moscú, Lisboa, Londres y Jerusalén hablan el lenguaje de la última ola, que tarde o temprano bañará la Península y las ínsulas. Las malas noticias siempre llegan, aunque con retraso. Estamos en ese margen de espera, en pleno disimulo de las réplicas del terremoto. Fiando nuestro porvenir inmediato a la inmunización (38% en Canarias).


De ahí el valor simbólico del pabellón Santiago Martín. Si ganamos esta carrera y vacunamos a más de la mitad de la población diana antes de que la cepa británica que ya está aquí arruine toda posibilidad de desescalada, estaremos salvados, como decía Pepe Monagas. Si son cagarrutas, Dios nos coja confesados. Nos queda apenas un mes para conocer el desenlace de esta maratón: el 31 de julio es la fecha oficial que ha puesto el presidente Torres para la inmunidad de rebaño en nuestra tierra (70% de vacunados). Cierto que está a tiro de piedra y que si miramos hacia atrás, hace 15 meses no hubiéramos apostado por estar en esta posición privilegiada. Estamos reescribiendo el cuento para que Gregorio Samsa vuelva al trabajo como una isla más.

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