tribuna

La mascarilla y la ratonera

Este, al parecer, será el último fin de semana con mascarilla en espacios abiertos en España. La medida simbólica, que se extiende por Europa, forma parte de un anhelo de normalidad progresiva un tanto ansiosa, cuando junio precipita el ecuador de un año volátil. La pandemia no ha dicho todavía su última palabra, ni parece inminente tal cosa, pero a todas luces cobra cuerpo la desescalada propiamente dicha, coincidiendo con que la Europa de Van der Leyen da luz verde a los 70.000 millones de ayudas para España. Canarias, sin embargo, sufre un desaliento inesperado: es la dichosa asimetría de tierra hecha de islas. Tenerife, farolillo rojo de los contagios, descuadra la contabilidad. Todas las islas no llevan el mismo traje de gala en esta fiesta. ¿Por qué asoma la impresión de que hemos tardado en tomarnos en serio el decalaje de esta Isla y usamos el diktat de las alertas y nos muestran la tarjeta roja, en un alarde reglamentista? Ahora mismo se hace por enésima vez, visto que Tenerife arrastra consigo al resto de Canarias cuando la incidencia acumulada se pone en dígitos poco amistosos (47 casos a siete días y 88.38 a dos semanas por cada 100.000 habitantes). Sí, se echa en falta cierta empatía política con la Isla más poblada y afectada.
Si la solución es vacunar más deprisa que los contagios (el Cabildo de Tenerife ofreció el viernes el pabellón Santiago Martín, el primero que funcionará 24 horas todos los días en Canarias), algo pudo hacerse en ese sentido antes, que evitara llevar a la Isla a nivel de alerta 3 y cerrar la hostelería. Todo un clásico. Si la capacidad de rastreo es más deficiente (por poco que lo sea: la trazabilidad es del 71,7% en Tenerife y 75% en Gran Canaria), ¿no se pudo hacer nada al respecto antes de sembrar la ironía de una cepa chicharrera? Si hay más jóvenes en una isla que en otra (obviamente, no vacunados), ¿ninguna actuación se deriva de ello? Contentarnos con que los pacientes cero ser escapan al control del rastreo en Tenerife por la desmemoria de los jóvenes respecto a sus contactos y endosar el problema a la dispersión poblacional equivale a lanzar balones fuera. Lo informes que no conducen a cambios de estrategia son papel mojado. En Reino Unido, la invasión de la variante Delta (de la India) obligó a tirar a la basura los planes de reapertura en el último instante y han puesto en marcha un cronograma diferente de la noche a la mañana. A Tenerife, que era un caso modélico al principio, se le han caído los palos del sombrajo viéndose reducida a una isla maldita mientras el resto del archipiélago es Jauja. Sin querer, hoy es un lugar estigmatizado. Malo para Tenerife y para Canarias. No es bueno que se palpe una sensación de desapego y desencanto respecto al resto del archipiélago y sus autoridades. Reducir la isla a un porcentaje que preocupa cuando afea el marcador turístico regional el día que Londres se piensa aliviar el turismo vacunado a las islas sin prescribir cuarentena, hace del tinerfeño un canario de segunda, y un lastre para el conjunto del archipiélago. En este inevitable juego de estereotipos, Canarias es una realidad “aceptable” y Tenerife, un caso “inaceptable”. Al Gobierno no le falta razón. ¿Acaso se pudo evitar? ¿Por qué Tenerife no levanta cabeza? Convengamos que no es cuestión de genoma. Los hechos que se repiten (este miércoles o el próximo, a nivel 3) laceran su reputación, pero también su estado de ánimo. Cuento los hechos y las sensaciones. Es bueno que se sepa no solo en Tenerife.
El Gobierno el jueves no dejó, por una vez, que la máscara disfrazara la realidad. Nos quitamos la careta, el protocolo debe ser mejorado en una isla donde es menos eficaz, algo está fallando, se admitió, en palabras del portavoz Julio Pérez. No, no hay hábitos de vida radicalmente distintos en una isla y otra. Las familias se reúnen en todas por igual y los encuentros sociales están cortados por la misma tijera. Se echaba en falta que el Gobierno hablara claro. Nada empaña la encomiable labor vacunacional del Servicio Canario de la Salud si se ponen sobre la mesa los déficits propios y ajenos, las dificultades del rastreo y una esporádica actitud gamberra que atenta contra la salud de todos (pero, ojo, no hay islas más incívicas que otras, no nos etiquetemos hasta ese punto, sino familias que se aprestan a convivir con mayor o menor riesgo en torno a una misma mesa).
La paradoja del patito feo no deja de llamar la atención. A este paso nos va a dar envidia la situación española, la francesa o la de los Países Bajos (“el fin de la crisis está a la vista”, pregona el primer ministro Mark Rutte). Media Europa se quita la mascarilla, como símbolo de libertad -ya no solo se dice en los Madriles-, y se celebra el primer éxito de la inmunización. En cambio, Canarias, con el 30 por ciento de vacunados y un millón con una dosis, no puede permitirse participar de esa euforia por culpa de Tenerife.
Sánchez anuncia a bombo y platillo que el 26 se baja el telón de la mascarilla y, simultáneamente, un Pedro Martín cariacontecido por la deriva de la epidemia en su isla, abre, a instancia del SCS, el Pabellón Santiago Martín para vacunar full time. Las dos caras de una misma moneda. Nosotros, que fuimos los pioneros de las medidas inteligentes, del confinamiento del hotel de Adeje, del cierre de los aeropuertos y del aislamiento del problema, nos vemos rezagados en la salida del túnel. ¿En qué nos hemos dormido? ¿Hemos sido poco diligentes? Hablo de Tenerife, pero también de Canarias.
Tenerife no era solo un pecado de juventud. Ni antes ni hoy, en que el hecho de tener 50.000 jóvenes más que Gran Canaria, pueda ser considerado un factor agravante. No bastaba con apelar al estribillo de la dispersión demográfica y la diseminación del virus. Si atendemos a las quejas ciudadanas, cabía sospechar que los contactos estrechos no siempre eran testados en las primeras 24 horas. Hablamos de la isla del misterio de la COVID. ¿Cuántas circunstancias juntas pueden justificar la anomalía de Tenerife? Es tarea de detectives. Cuando un incendio devora los montes de una isla, se aplican todos los efectivos para evitar que el fuego avance. Estamos a tiempo de subirnos al tren de España y de Europa. En Tenerife, Lanzarote y La Graciosa tenemos que ponernos las pilas. La ciudadanía ha de poner mucho más de su parte. Y el Gobierno, Sanidad, ha de buscar con lupa por dónde se cuela el virus. Y poner la ratonera.

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