por qué no me callo

Los indultos tras la mascarilla

El ecuador del año. Se va junio y viene la segunda vuelta de estos 1.500 en un año que hará historia. En vísperas de Tokio, nuestro año olímpico contra la pandemia aspira a medallas, pero no todos los países corren a la misma velocidad, ni tienen opciones al oro. El caso de España es paradigmático. El Gobierno, desde que accedió al fin del estado de alarma, viene transmitiendo buenas sensaciones, y el regulador epidemiológico le da la razón: baja la incidencia acumulada, descienden los muertos y los contagios del día a día. Hay un clima exultante que desemboca en la tan anhelada despenalización en espacios públicos de la mascarilla, que es el gran fetiche de esta travesía.
De manera que los indultos que hoy acuerde el Consejo de Ministros rivalizan con las mascarillas, ambas decisiones asociadas a una medida de gracia en la misma semana. El coronavirus nos trajo muchas cosas concluyentes que permanecerán; conviene admitir que la vieja normalidad y la nueva normalidad tendrán los ocho errores del pasatiempo ampliados por diferencias múltiples que iremos detectando de un modo ordinario cuando la famosa luz al final del túnel deje de ser una quimera. La vida ha mutado como el virus y acaso en pocos meses lo que llamábamos convivencia, interrelación, comunidad, y verbos como socializar hayan cambiado de significado, influidos por un nuevo sistema de comunicación y supervivencia. La pandemia no vino para quedarse, pero la memoria de sus estragos perdurará.
No tengo dudas de que los indultos, que hoy dominan este tiberio político, son una cuestión pasajera. Dejarán de condicionar la agenda en cuanto claudique el año y estemos en otra cosa. Pero la política tiene, entre sus constantes, la de vivir de constructos que inventa, crea o alimenta, para tener de qué hablar. Pocas veces, en una legislatura, predomina en los dirigentes la obstinación de centrarse no en los grandes asuntos que determinan el porvenir de millones de españoles, sino en las muletillas que dan titulares. Hay una querencia del político por mirar a las musarañas y matar el tiempo distraído en sus monotemas coyunturales, antes que por hincar los codos y estudiar los asuntos de fondos que preocupan a la gran multitud. En esencia, el circo de las consignas y los debates vacíos obedecen a un tic holgazán que caracteriza a la mediocridad política. Adentrarse en las asignaturas de calado, conocer la raíz de los problemas de nuestro tiempo y dar con soluciones documentadas es un oficio que evita el dirigente locuaz necesitado de eslóganes superfluos para cubrir el expediente ante los medios y en sesiones prescindibles del Parlamento.
La mascarilla es un asunto más grave que los indultos. Le debemos a ella buena parte de nuestro éxito contra el virus, y en torno a su eficacia en la prevención de contagios se harán tesis el día de mañana. Bien, los países que más y mejor vacunan (España, entre ellos) quieren indultar la mascarilla en público. Si hay recaídas, habrá de nuevo prohibición, como en los indultos. El procés fue en origen un tema contagioso. Al parecer, han decaído los partidarios del 1-O y Junqueras ha renegado de la unilateralidad. Junqueras, en síntesis, se ha quitado también la mascarilla.

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