tribuna

Muñoz Molina y Jane Jacobs

Leo el siempre esperado artículo de Antonio Muñoz Molina en El País. El de hoy va de mi admirada Jane Jacobs y de Madrid. Cuenta un incidente con un motorista agresivo que invade la acera mientras él hace footing o training en la mañana para prepararse un día saludable y fecundo. Parece que son dos mundos los que se enfrentan: el del hombre oscuro del casco y el del pacífico peatón, el del invasor y el del paciente usuario de lo común. En una palabra, el de la izquierda y el de la derecha. En este caso es la izquierda amable y sin aspavientos ni lealtades inquebrantables de Antonio. Una posición intelectual sosegada, fresca y buena, donde la convivencia huye de esas dicotomías irreconciliables entre el motero ruidoso y malcriado y el usuario de la calle, heredero de los mansos del Evangelio. Siempre es agradable leer a Muñoz Molina, y hoy más, cuando me tropiezo en sus líneas con Jane Jacobs, que es un símbolo de la lucha por un urbanismo moderno, ecológico, integrador e igualitario. Lo que voy a decir nada tiene que ver con esto y sí con la historia de las ciudades y con las teorías expuestas sobre las auténticas actividades que dan sentido al hecho urbano. La tengo que poner en relación con la obra de Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio, en la que se expone la alternancia del valor de la economía de los trueques y los cambios a lo largo de la Historia. El eterno debate entre agricultura y comercio, entre sociedades sanas y otras más contaminadas por la existencia del dinero como símbolo fundamental y exclusivo del progreso, está presente en el libro de Escohotado y creo que resuelto en el de Jacobs, La economía de las ciudades. Describe un yacimiento de cerca de 10.000 años antes de Cristo, Uyuk Arak, en el que se denotan antecedentes claros de un incipiente comercio y una industrialización de objetos aparentemente innecesarios. Es decir, el mundo y su expansión se desarrollan con el intercambio de estos bienes, que son los transportadores de la cultura a través de las distintas rutas. La sacralización de la agricultura como principio de todas las cosas se pone en duda aquí, demostrando la existencia de otras actitudes más “viciosas” que, según los fundamentalistas de todo tipo, son la base de las desgracias que nos aquejan. Es la eterna lucha entre el progreso y la reacción conservadora, casi siempre cambiadas de lugar y ubicadas en el lado contrario a lo que semánticamente defienden. La mañana madrileña por la que trota el escritor, antes de tropezarse con la moto, es el ejemplo del aurea mediocritas de Virgilio. El vehículo irrumpe violentamente en ese mundo de tranquilidad para destruir una paz gozosa y equilibrada, el paraíso sin coches de Jane Jacobs. Quizá Antonio tenga razón y ese es el mundo que se nos viene. Desaparecerán los automóviles de las calles, de eso estoy seguro, lograremos eliminar al bestia que invade las aceras cabalgando en un corcel de hierro, como un vestigio anacrónico de los caballeros andantes, haremos del espacio urbano un ámbito de convivencia, pero todo esto se convertirá en realidad de una manera gradual, como llegan siempre los cambios naturales, sin que nadie se empeñe en forzarlos. El Madrid del 2050 no está en ese estudio presentado por Iván Redondo, sino en las predicciones de Harari contenidas en su Homo Deus. El futuro se convertirá en presente en un proceso de sustitución que no implique un traumatismo irreparable. La conquista de los cielos siempre acaba en una desgracia, como le pasó a Dédalo, que se precipitó en el mar cuando se derritió la cera de sus falsas alas al acercarse al sol mientras intentaba huir del laberinto de Creta y del Minotauro. Es preferible, y da mejores resultados, la astucia de Teseo. Siempre es gratificante leer a Muñoz Molina. Toda la lectura que se apoye en la buena literatura da pie a una reflexión posterior. Eso tiene de bueno escribir.

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