tribuna

Triste lección de apatía

Cuando dejamos atrás 2020, el año de la máscara, nos conjuramos para pasar página y ver la luz al final del túnel al año siguiente, este

Cuando dejamos atrás 2020, el año de la máscara, nos conjuramos para pasar página y ver la luz al final del túnel al año siguiente, este. Los seis meses que ahora quedan atrás reflejan la contrarreloj en que se convirtió la vida de todos nosotros desde el momento en que explotó la pandemia en nuestras narices. Nadie diría que este semestre ha sido pausado y remolón. Se nos ha ido el tiempo volando, haciendo planes de vacunación masiva y, en efecto, dando zancadas hacia la normalidad que no acertamos a adjetivar de nueva o, simplemente, distinta, otra. El calendario del virus trastocó todas las agendas con aquel apagón que eclipsó la vida social, económica y política como la entendíamos, y llegados al ecuador de 2021 se diría que el resto de las cosas -lo que no atañe al epicentro sanitario de la pesadilla- ha ido recobrando su tono vital acostumbrado. La política ha vuelto a su redil, a sus confines habituales, donde hablar de lugares comunes, de eternos contenciosos y asuntos estériles en debates perifrásticos sin fin. Como al enfermo que se le ha bajado la fiebre y salta de la cama gozoso a retomar lo cotidiano, la vida política ha retornado exultante a los tópicos de andar por casa. Cataluña, en primer lugar, el laberinto favorito de la clase política para enredarse, a sabiendas, en el círculo vicioso de una cuestión irresoluble. ¿Qué más puede pedir un dirigente español que se precie que poder entretenerse en el sexo de los ángeles del procés? A la vista del asalto de los indultos al hit parade de los trending topics políticos del semestre, solo cabe admitir que la pandemia ha perdido pujanza o hemos logrado construir la ficción de que ha sido así. Pero es un signo de esa normalidad sobrevenida y ociosa.
Sin embargo, en realidad, la gente sigue enfermando y muriendo de COVID. Europa (desde ayer, España) se quita la mascarilla en la calle, pero no es oro todo lo que reluce, pues uno de los países más exitosos contra el coronavirus, Israel, se ha retractado y ha vuelto a imponer la mascarilla en espacios cerrados ante el aumento de contagios. La cepa india o Delta causa un inesperado pavor que recuerda a los orígenes de esta historia, pese a lo cual nadamos en dos aguas: unos se ahogan y otros celebran en la orilla el final de su naufragio. La uniforme pandemia que había arrasado continentes como una plaga global hoy tiene distinta velocidad de vacunación y desescalada según qué país o región. Reino Unido ha pasado de la vanguardia de la remontada al retraimiento y la cautela por el auge impetuoso de la citada variante. España es un rara avis. Pasó de la noche a la mañana del estado de alarma a la autocomplacencia, y de unas semanas a esta parte todo son voladores y campanas al vuelo. Es cierto que la inmunización progresa y la incidencia acumulada se modera. ¿Pero estaremos pecando de triunfalistas, con una euforia sin freno?
Esta doble realidad se ha vuelto parte de una normalidad de nuevo cuño. Pensar que vivimos en un oasis sin sentirnos impelidos a tomar cautelas extras ante las malas noticias que nos deparan otros territorios se corresponde con esa doble personalidad cada día más agudizada entre la gente y los gobiernos a medida que 2021 ha ido construyendo universos diferentes de la pandemia, en unos sitios prima la idea de estar cerca del final del túnel y en otros la de estar volviendo a la casilla de salida. Nos excitan los anuncios más acariciados durante meses, como el regreso del público a las competiciones deportivas, la exoneración de la mascarilla como el fin de un fetiche o el pasaporte verde para viajar libremente. Pero, ¿esta tramoya es tan real o es un montaje y tiene trampa?
En nuestro caso, en Canarias, lo estamos comprobando estos días. Todo transcurría como si lo peor ya hubiera pasado y solo quedaran restos de pandemia, a las puertas de una nueva temporada turística de verano. Las autoridades compraron ese espejismo hasta que la evidencia tiró por tierra todas las falacias. La solvencia de las Islas no era tal, porque se dejaba a un lado la deriva de Tenerife, la más poblada, que no levantaba cabeza. Durante meses, el descontrol de los contagios en esta isla exigía una respuesta de medios y medidas que no se produjo, llevados erróneamente, desde las altas instancias de Sanidad, de una falta de reflejos que nos ha costado cara. Cuando el miércoles, el Gobierno decretó para este sábado subir a Tenerife al nivel de alerta 3 no estaba sino admitiendo el precio de no haber actuado a tiempo. Lo que nos pasa en Canarias es ese fenómeno general de sálvese quien pueda en que ha desembocado esta crisis en sus postrimerías entre países, aquí entre islas. Del mismo modo que en España, en Europa, en Estados Unidos y los países más desarrollados se ha generado un engañoso clima de optimismo, pese a que en India, África y América Latina la pandemia sufre sus peores efectos, en nuestro archipiélago hemos pecado este semestre de esa distorsión de la realidad. Mientras en Gran Canaria y la mayoría de las islas la evolución era favorable, Tenerife (y, ocasionalmente, Fuerteventura y Lanzarote) no ha tenido la misma suerte. Pero, en lugar de acometer un paquete de acciones específicas para el caso clínico de esta isla, se ha mantenido inalterable el modelo de rastreo y de actuación en los distintos frentes. No bastó que desde este periódico se alertara una y otra vez que venía el lobo; alguien debió de suponer que los contagios se disiparían por arte de birlibirloque.
Ni la masiva vacunación ha obrado milagros en Israel o Reino Unido cuando las variantes del virus se han vuelto más resistentes y transmisibles. Cabe la sospecha (aireada en el Parlamento por el diputado del PP Miguel Ángel Ponce) de que la cepa británica ha entrado como una exhalación en Tenerife, lugar preferido del turista inglés. Como en el resto del mundo, donde las barbas del vecino podían arder sin que se le hiciera caso, en Canarias se reaccionó el miércoles, cual elefante en cacharrería, cerrando los comedores de la hostelería con paso marcial y metiendo a Tenerife en nivel 3, las recetas consabidas, que en España habían pasado a mejor vida como el estado de alarma y los toques de queda. En Tenerife vagamos como zombis en un país que celebra en la calle sin mascarilla el fin imaginario de la pandemia. No podemos decir que las autoridades acertaran a apagar este fuego a tiempo como en otros incendios e islas. El día que el Gobierno reaccionó, la incidencia acumulada rebasaba los topes tolerados por los países emisores de turismo y el problema no era solo Tenerife, sino Canarias. Triste lección de apatía.

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