Por qué no me callo

Amal, una musa portuense en París

Amal canta en París a los turistas de la torre Eiffel. Hace tiempo que su voz está asociada al monumento construido por el ingeniero que le dio nombre con motivo de la Exposición Universal de 1889. No es un caso corriente, ella es una guía turística polivalente y consagrada, una francesa de origen marroquí, con […]

Amal canta en París a los turistas de la torre Eiffel. Hace tiempo que su voz está asociada al monumento construido por el ingeniero que le dio nombre con motivo de la Exposición Universal de 1889. No es un caso corriente, ella es una guía turística polivalente y consagrada, una francesa de origen marroquí, con premios internacionales en su carrera artística, pero adora su aguja piramidal de hierro pudelado, ha viajado por donde ha querido en busca de idiomas nuevos con un gran sentido de la amistad. No se conoce todos los días a una idealista cosmopolita del siglo XXI, un ser humano intrínsecamente global como ella en tiempos de este aislacionismo. Amal quisiera venir mañana mismo a Tenerife, a su arcadia portuense, a bañarse en Punta Brava. Cuando escampe la cepa lo hará.
Esta clase de idilios entre una isla y una cantante exploradora parecen historias de una época lejana. Volverán los buenos tiempos de la cultura viajera. Amal vino por casualidad a aprender español y echó raíces, trabajó, cantó en el Lago Martiánez y en el Café de París, en hoteles y hasta se enroló en la aventura del Loro Parque. Cuando la conocí había arribado al Puerto de la Cruz y no quería marcharse. Amal y el Puerto de la Cruz sufrieron un flechazo que dura hasta hoy como un amor futurista entre una ciudad y una cantante, que viene a ser un hermanamiento del Puerto manriqueño de la isla del Lago con la parisina Torre Eiffel. Amal no pierde el contacto con la isla y sigo el rastro de su voz por vídeos y audios que me mantienen al día de su trayectoria.
Conozco pocas historias como la suya, donde la canción y el escenario se mimetizan en alguien que no separa ambas cosas de su quehacer diario. Amal es cantante las 24 horas en su mundo nómada, es una tinerfeña adoptiva en París que arraigó para siempre en la isla, y la isla va con ella a todas partes, como decía Beckett. Ahora Francia es un hervidero de manifestantes antiMacron por las restricciones de la COVID. La pandemia ha cortado las alas a cantantes como Amal, que aman volar. En su París del alma, en el Campo de Marte, junto al río Sena, Amal es una estrella que millones de turistas han disfrutado en vivo en una de las estructuras más altas del mundo.
En los vídeos que visiono para saber de ella, los turistas ascienden entre los pilares de la torre en compañía de una mujer trotamundos que canta con las distancias inherentes de un catalejo como si hubiera caído del cielo en plena ascensión. Amal resucita a Edith Piaf y despliega su repertorio melódico, entusiasma, siempre deslumbra y emociona. Es una musa que domina todas las lenguas por donde viajó hasta que la pandemia confinó también a París. Pero cualquier día, tocará a las puertas de la ciudad turística, y el Puerto de la Cruz reconocerá la voz de su inseparable vecina de la Torre Eiffel, Amal El Bouchari. Hasta pronto, amiga.