El charco hondo

Cuando esto acabe

Cuando esto acabe (va lento, pero terminará) unas preocupaciones serán sustituidas por otras. Los argumentos, temas de conversación, frases recurrentes o expresiones socorridas, que ahora monopolizan los ratos compartidos, serán reemplazadas (lenta, pero imparablemente) por otros asuntos, preocupaciones y expectativas. Ahora cuesta imaginarlo, pero ocurrirá. Cuando esto acabe, y acabará, aterrizaremos en el día después […]

Cuando esto acabe (va lento, pero terminará) unas preocupaciones serán sustituidas por otras. Los argumentos, temas de conversación, frases recurrentes o expresiones socorridas, que ahora monopolizan los ratos compartidos, serán reemplazadas (lenta, pero imparablemente) por otros asuntos, preocupaciones y expectativas. Ahora cuesta imaginarlo, pero ocurrirá. Cuando esto acabe, y acabará, aterrizaremos en el día después del después, y allí, en el futuro cercano, quienes hemos sobrevivido a la pandemia sin perder el sentido del humor, las ganas de reír, de hacer o decir boberías (y escribirlas, incluso), de echarnos a la calle o buscar cualquier excusa para pasar un buen rato, en definitiva, los otros, la resistencia, tendremos que ayudar a cenizos, mustios, apocalípticos, grises y agonías, apoyarlos, procurar que el vacío que se les va a generar no arramble con ellos, proponerles temas de conversación, sugerirles argumentos que contribuyan a integrarlos en las reuniones, invitarlos a fiestas, sí, también, pero poco a poco, ahorrándoles el mal trago de moverse por bares o celebraciones con la torpeza de Bambi recién nacido. Cuando esto pase, cenizos, mustios, apocalípticos, grises y agonías no sabrán de qué hablar, caerán en la cuenta de que el fin del mundo ha pasado de largo, dejándolos en el andén, sobrepasados, algo desprogramados, desconcertados, sin titulares que arrastren al desánimo o enlaces deprimentes que reenviar a familiares, amigos y desconocidos. No lo tendrán fácil, y no merecen bajarse del tren del caos a solas, sintiéndose aislados en cumpleaños, tertulias o discusiones de café con leche o mala leche. Los otros, la resistencia, debemos acogerlos, rehabilitarlos, recuperarlos a la luz, al color, al cachondeo, y explicarles que nos hemos refugiado en el humor porque ha sido la única manera de plantar cara a algo tan brutal, tan serio. Cenizos, mustios, apocalípticos, grises y agonías van a necesitar que tiremos de ellos, y ahí estaremos, los otros, la resistencia, para convencerlos de que reírse y montar en bicicleta son alegrías que se aprenden para siempre. Será duro. No tendrán fácil desengancharse de los reenvíos compulsivos, de su adicción a la propagación de datos chungos o estadísticas desalentadoras. No será sencillo cuando caigan en que no se les ocurre qué decir para hundir a la concurrencia, pero lo lograrán. Pueden contar con nosotros, podrán apoyarse en quienes llevamos diecisiete meses con cenizos, mustios, apocalípticos, grises y agonías dándonos la paliza, anunciándonos a diario el fin del mundo.