El charco hondo

El jueves de los negacionistas

Cuentan los psicólogos que respetar el espacio de los demás (de la pareja, amigos, familiares o compañeros de trabajo, por ejemplo) constituye una señal de madurez, un síntoma de educación e inteligencia emocional; y un montón de cosas más, generalmente buenas. Entre otras asignaturas, debemos aprobar la del respeto al espacio del otro, aprender a […]

Cuentan los psicólogos que respetar el espacio de los demás (de la pareja, amigos, familiares o compañeros de trabajo, por ejemplo) constituye una señal de madurez, un síntoma de educación e inteligencia emocional; y un montón de cosas más, generalmente buenas. Entre otras asignaturas, debemos aprobar la del respeto al espacio del otro, aprender a leer bien el estado de ánimo ajeno para, dependiendo de lo que detectemos, dar un paso adelante o atrás -incluso desaparecer, cuando proceda-. Y es que, según en qué circunstancias, a veces la mejor forma de estar es dejar de estar, saber esperar a que la otra parte contratante eche de menos, no de más. No queda ahí el recetario. Tampoco sobra respetar el espacio de los que piensan, viven, razonan, deciden o actúan diferente, cederles ese espacio, permitir que disfruten de su otra manera de entender las cosas, de procesarlas. Por ejemplo, el espacio de los negacionistas o de aquellos que, no siéndolo en términos absolutos, se comportan como si lo fueran porque no piden cita para vacunarse, cuando los llaman no se ponen al teléfono o dan excusas para ganar días o semanas sin ponerse la vacuna, y así. También ellos deben tener su espacio, y los demás concedérselo. Aquellos que acumulan días o semanas huyendo de la vacuna o jugando con los argumentos para no ponérsela, y quienes utilizan como posavasos el decreto de las restricciones o el boletín oficial con los niveles tres, cuatro u ocho, merecen tener su espacio. De ahí que, en lo que constituye un ejercicio de madurez, educación e inteligencia emocional, quienes sí nos vacunamos y seguimos aplazando planes, fiestas y ratos, podríamos respetar el espacio de negacionistas e irresponsables y, en un alarde de generosidad, ofrecerles la posibilidad de que se queden con algunas fechas del calendario, días señalados en los que solo ellos salgan a la calle, quedándonos los demás en casa. Respetemos el espacio de los que se niegan a vacunarse, decrétese que el jueves siguiente a la sardina y anterior al viernes de piñata (lo que viene a ser el jueves que nunca hay nada que hacer) sea el día grande de los que no se quisieron vacunar y, dando un paso más, que sea el día grande y también el único que puedan salir a la calle. También suya será la mañana del uno de enero o del veinticinco de diciembre, los bares donde ponen los cortados tibios o frío el queso del sándwich mixto, los restaurantes donde solo sirven papas congeladas y los partidos que se juegan los domingos a las tres de la tarde. Respetemos el espacio de los negacionistas cediéndoles horas, lugares y días, con la condición -eso sí- de que el resto del año se queden en casa, con sus argumentos.