tribuna

El mes de los días inmunes

Este domingo es inolvidable. Es el primero del mes de la inmunidad, llamado a serlo, pese a todas las objeciones que está poniendo el virus. Europa llegó a nombrar la fecha señalada del 70% de la población vacunada, mencionó el 14 de julio, día de la toma de la Bastilla. Torres, el presidente canario, nos remite al 31 de este mes. Sánchez también invoca el verano como la estación elegida. Estamos en vísperas de la gran noticia. Y, sin embargo, estamos tristes. Nuestro entorno insular anda cabizbajo. Lo está la hostelería, que pleiteó con el Gobierno los términos de sus restricciones. Lo está el Gobierno, que teme llegar tarde a la cita. “Podemos caer y no levantarnos”, dijo el presidente cariacontecido mirando a los jóvenes, que ya frecuentan las UCI.
Es julio y nos trae recuerdos de los meses tocayos. Pero todo ahora es lo mismo y nada es igual. En julio arrancaban siempre las vacaciones, ahora estamos en vigilia por las cepas, con un ojo en los vacunódromos y otro en los hospitales, pensando en los niños que no serán vacunados aún y en los adolescentes que deberán serlo pronto. Se ha endurecido el discurso, los gobernantes alertan de que los jóvenes ponen sus vidas en peligro, según las voces que se escucharon en la Junta de Seguridad. Este es el lenguaje de guerra en el que seguimos instalados. Era julio el mes fronterizo, donde se cifraban todas las esperanzas de la vacunación masiva y la inmunidad de rebaño. El objetivo no ha caducado, solo que nos pisa los talones la variante Delta, que es la más requetejodida de todas las cepas que ha parido el virus hasta la fecha, y uno de cuyos sublinajes, Delta plus, tiene aún el colmillo más retorcido. Esta era la causa (por encima de todas las demás) de la espiral de contagios de Tenerife: las cepas, como la india, la más temible, pero antes la británica, que ha llegado a ser el 85% de los casos de la Isla, pero apenas se hablaba de ella, o se le daba poco crédito, en favor de otras causas seminales, como la difusa dispersión geográfica. Era la opción por Tenerife del turista inglés (o de los paisanos retornados de UK), que traía su propia variante y la india en el equipaje, lo que disparó la prevalencia en estas semanas de espiral inexplicable. Pasó en tantos sitios antes que me pregunto en qué estábamos pensando: somos un calco del Algarve, de Lisboa, de prácticamente todo Portugal, del Reino Unido o de Israel, desde que la India identificó esta hijuela rampante el 5 de octubre de 2020, de la que ahora no va a escapar ningún país de Europa y ya coloca a España en riesgo alto.
Como hoy es domingo nos ponemos nostálgicos. En julio pienso en mi amigo Julio Hernández, qué habría dicho, con su puro de hechicero sobre este galimatías de cepas y atajos vacunales. Es un fin de semana en mala hora, con las espadas afiladas de la pandemia asediando los castillos donde la gente pone el brazo y le inyectan el escudo que protege del fantasma. La prueba de fuego de esta década está resultando agotadora. Saldremos de ella como toros, a comernos el futuro, supongo. Sin turismo a la vista (se nos quitan las ganas de que vengan más cepas con el pasaporte COVID), con paro y bajo un estado de pánico empresarial, solo cabe confiar en el maná de Europa, en la recuperación colegiada de las Islas y el continente.
Paseo por Santa Cruz secuenciando cada tramo, con la sensación de un intruso en mi propia ciudad. Un ciclista pasa y me regaña por llevar mascarilla. Como las calles estuvieron tanto tiempo desiertas, nos sobrecoge el flujo de gente, el reagrupamiento. En las terrazas se reúnen bulliciosos clientes, ya sin estado de alarma ni toque de queda, ni obligación legal de cubrirse la boca, pero es una escena engañosa, pues siguen cayendo bombas, peores que el primer ataque del virus de Wuhan. Sus vástagos, estas cepas insaciables, son más contagiosas, acaso menos letales, lo cual está por ver. ¿No decían que las mutaciones serían cada vez más leves? ¿O acaso sea cierto que este virus es de laboratorio?
Nuestras pequeñas guerras no se aplazan por que caigan deltas como chuzos de punta. Seguimos conviviendo, en paralelo, con los conflictos domésticos, con el REF y la pelea con Madrid en la primera comisión bilateral en dos años de legislatura (como en el diferendo de 2007 sobre carreteras o los parques eólicos en el mar de 2009), en defensa de la ley bandera, nuestro sinalagma. Con el REF no se juega. Madrid rezuma asertividad con Cataluña, pero descuida el trato con Canarias, rayano en la desconsideración, lo que nos obliga a parar los pies al virus y a Madrid.
Nada de cuanto acontece es ajeno a la pandemia. Cada día hay un continuo sobresalto en un sitio como este, no tan vasto para un número tan desproporcionado de vicisitudes. No sé si es mi percepción, pero, amén del virus, la siniestralidad también se ha desbocado en las islas. Y de cuando en cuando, hay un acontecimiento feliz que se agradece, un hito, un Pedri que escala en la Eurocopa o el rosco millonario de Pablo Díaz, otro tinerfeño de enhorabuena.
Y, entre los efectos derivados de este espectáculo en vivo que está siendo desde hace año y medio la pandemia, anoto otra tendencia que me llama la atención: la de que nada escapa a la condición sine qua non de show para merecer un lugar en el podio diario. Lo vemos en la sobreactuación política y en otras facetas donde la impostura se adueñó de los actores. Cada cual en su papel reclama una mirada extra, desde jueces, policías, alcaldes y el más modesto líder gremial. Porque la repercusión mediática, el logro de situarse bajo los focos, no escapa a nadie. Es un tiempo ansioso de estrellas y estrellados, donde asistimos al ascenso y caída a los infiernos de personajes públicos, desde el Rey emérito hasta el exventrílocuo José Luis Moreno. Esta querencia por el show proviene de aquel presidente con aires de Calígula que veneraba las desgracias y hacía temer lo peor. Y tanto fue el cántaro a la fuente que sobrevino el bicho y se armó.
Así que todo esto me trae a colación julio. Con la esperanza de que pronto celebremos el mes en que se agosten las arremetidas del virus.

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