tribuna

La fractura nacional

Lo circunstancial es una forma de comprender la actual fractura política en España, que tiene como consecuencia inmediata un bloqueo institucional. Estamos ante la pescadilla que se muerde la cola o en el eterno debate del huevo y la gallina. En realidad, hay dos Españas, pero todos sabemos que hay otras posibles mucho más sencillas de gestionar.
La división actual justifica que la mitad de los ciudadanos teman que todo salte por los aires, solo porque existe la posibilidad de una mayoría parlamentaria para conseguirlo, pero también saben que una de las garantías que tienen para que esto no ocurra se encuentra en la defensa del texto constitucional y en la protección que, para ello, hagan los tribunales de justicia. La composición de las cámaras y las posibilidades de acuerdo no van a despejar las amenazas continuas a la unidad territorial y al mantenimiento del vigente sistema político.
Nos guste o no, esto es así. Para comprobarlo solo hay que escuchar las exigencias y declaraciones de los grupos que apoyan al Gobierno, desde los independentistas, los radicales vascos de Bildu o los populistas que se sientan en el banco azul. Conociendo los objetivos que declaran se pueden entender los temores que desatan. Aquí podría estar la justificación a las reticencias de la oposición para acceder a renovar los órganos del poder judicial. Esto es entendible, ¿verdad? El insistir en tener mayoría en estas instituciones indica a las claras que se persigue ejercer una cierta influencia sobre ellas, y esto no sería lo deseable para tener una justicia auténticamente independiente.
Lo que urge es una despolitización total para garantizar la autosuficiencia que exigía Montesquieu. Ya ven, otra vez lo circunstancial vuelve a ser la causa sobre la que pivotan nuestros problemas de fractura y desentendimiento. La otra España posible sería la que coloque a la Constitución como eje para todo el desarrollo político. Es decir, tener a ese texto, que hasta el momento ha funcionado, como garante de la estabilidad y la convivencia. Ahora se prefiere ir a una dicotomía guerracivilista para hacer renacer a fuerzas enfrentadas que ya se habían reconciliado en 1978. Entonces los bloques estarían definidos en torno a un eje constitucionalista, abierto a reformas y modificaciones, sin alterar el espíritu que superó las luchas ideológicas históricas.
Pero se ve que esto no puede ser porque esa circunstancia no se considera prioritaria frente al mantenimiento de una lealtad ideológica ya obsoleta. Parece que estamos superando a las aventuras de don Quijote, porque, en lugar de ponerlo lanza en ristre a pelear contra unos molinos de la Mancha, nos inventamos a esos monstruos para colocarlos en su camino y acrecentar así su locura disparatada. Hay dos realidades populistas que se han interpuesto en la aventura del caballero andante, y las dos pueden quedar reducidas a humo si así lo quieren los verdaderos protagonistas de esta novela que ahora no se nos muestra tan apasionante. Aquí cada cual tiene su bloqueo, pero cada bloqueo tiene su causa y también su solución.
España no puede otra vez resolverse entre los partidarios de Rociito y Antonio David. Al final surge una Olga Moreno, que aparentemente no tiene nada que ver con el problema de fondo, y gana el concurso de supervivencia. La situación del país también es un tema de supervivencia, pero de supervivencia de qué y de quién. Ya la democracia no se plantea como una división entre izquierdas y derechas. Basta con leerse a George Lakoff para darse cuenta de que es así. Quizá esté anticuado y las nuevas técnicas del marketing sociológico recomienden otras cosas, pero me parece que va a ser que no.
La fractura de la política española depende exclusivamente de quienes la fracturan y esto incluye, aunque nos pese, al bloqueo de la justicia. Aquí todos juran o prometen sus cargos poniendo su mano sobre la Carta Magna, pero esa promesa es volátil y nadie se fía de ella. Más comprometen las declaraciones preelectorales, que pueden considerarse en democracia como un contrato con los votantes, y ya ven lo que ocurre después. De aquellos barros vienen estos lodos.

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