Avisos políticos

La ley de la vida

Varios curiosos –y amables- lectores me señalan una errata que la informática deslizó en el artículo del pasado jueves. Afirmábamos que nuestras izquierdas y nuestras derechas se distinguen porque manipulan los hechos en beneficio propio, y que esta vez había sido la derecha política y mediática la que, para intentar maquillar lo sucedido, había ampliado […]

Varios curiosos –y amables- lectores me señalan una errata que la informática deslizó en el artículo del pasado jueves. Afirmábamos que nuestras izquierdas y nuestras derechas se distinguen porque manipulan los hechos en beneficio propio, y que esta vez había sido la derecha política y mediática la que, para intentar maquillar lo sucedido, había ampliado los pocos segundos que, en la última reunión de la OTAN, Pedro Sánchez caminó junto a Joe Biden, hablando de 50 segundos, cuando en realidad fueron 29. Es evidente que fue la izquierda política y mediática la que intentó maquillar lo sucedido, y que eso es lo que queríamos decir y lo que se desprendía del contexto. A mayor abundamiento, citábamos a la presidenta madrileña, que traduce los segundos en pasos y denomina al paseíllo “la cumbre de los 26 pasos”. Siempre revisamos cuidadosamente los artículos antes de enviarlos al periódico, pero, a veces, los robots pueden sobreponerse -y sustituir- a los humanos, como nos advirtió –y predijo- Isaac Asimov a mediados del pasado siglo.
Volviendo a la actualidad, la lucha contra la pandemia está presidida por dos malas noticias. La primera es que sus cifras empeoran en Canarias, sobre todo en la isla de Tenerife; y la segunda es que los jóvenes y sus viajes de fin de curso han sido la causa de un grave episodio de contagios masivos y de extensión del virus. La gestión política y electoralista de la pandemia, y el sometimiento de los técnicos a los políticos, cuya última ocurrencia ha sido la prematura supresión de la mascarilla, ha incentivado la equivocada percepción ciudadana de que todo ha terminado y de que podemos retornar a los hábitos de antaño; y demasiada gente pulula por todas partes sin respetar las más elementales precauciones sanitarias.
Mención aparte merecen los jóvenes. No es noticia que muchos de ellos están protagonizando constantemente comportamientos temerarios y antisociales en fiestas, conciertos, botellones y demás, como lo que ha ocurrido en Mallorca, incluidos destrozos en el hotel en donde se les recluyó. La actual es la tercera generación española que no ha hecho –ni ha sufrido- una guerra, y la segunda que no pasa hambre y necesidad extrema. Los jóvenes españoles son los jóvenes europeos que más tarde se independizan de sus padres, cuando lo hacen, están sobreprotegidos (agresiones de padres a profesores y maltrato de hijos a sus padres), y están acostumbrados a hacer y a tener lo que quieran. Se nos dirá que no todos, claro, pero en estas cuestiones pocos ya son muchos.
Las civilizaciones antiguas se han caracterizado, con persistente unanimidad, por el respeto a los mayores y la veneración a los ancianos, a los que se suponía una superior experiencia y sabiduría. Una variante –cruel- consistía en que esos ancianos se sacrificaban –eran sacrificados- por el bien de la tribu. Era la ley de la vida, como Jack London nos muestra en The Law of Life, uno de sus cuentos del Ártico, en el que relata como el jefe de una tribu esquimal cumple la costumbre de abandonar a su padre, que morirá de hambre y de frío: el clan está al límite de la supervivencia y no puede permitirse mantener a un inválido improductivo. Y el jefe sabe que cuando sea un anciano, su hijo lo abandonará también. Hoy en día tampoco podemos cuidarlos y los abandonamos en residencias.