tribuna

Marea revuelta

Las filiaciones políticas son el componente esencial de la democracia y sirven para canalizar a la diversidad de las ideas. Es normal que cada cual tenga en la cabeza un proyecto para implantar el modelo de la sociedad que desea, y también lo es que utilice todos los medios de que dispone para hacerlo posible. Se trata de un plan de expansión en el que el proselitismo juega un importante papel y donde valen todas las argumentaciones para lograr un mayor número de adeptos a la causa. En ocasiones la lucha es despiadada confundiendo la fe ciega de las militancias, que aceptan el despliegue de las estrategias de sus jefes, con la gran masa virgen de electores que están dispuestos a ser captados con procedimientos más aceptables por la razón. Unos acusan a otros de mentirosos mientras los que mienten aseguran que, si lo hacen, es en la legítima defensa de sus intereses. Otros tildan a sus enemigos de ladrones y el escándalo se justifica con la conveniencia y la necesidad. Hay quienes inoculan la sensación permanente de un victimismo insoportable, y, en ocasiones, obtienen su recompensa con el reconocimiento de su desgraciada situación a través del perdón. Nada de esto es capaz de comprometer al pensamiento de los neutrales, pero los neutrales necesariamente tendrán que determinarse por una opción y en ese momento dejarán de serlo. Es decir, que por mucho que todos intenten arrimar el ascua a su sardina, la neutralidad es la única capaz de garantizar la alternancia, que es la oportunidad de dar salida a las situaciones enquistadas. La crisis por la que atraviesa la política española se encuentra en la quiebra de la credibilidad y en la desconfianza por la ausencia de honradez. Son malas cosas estas porque dan oportunidad a que surja una tercera opción que aproveche para traer un nuevo engaño prometiendo reparar estas carencias. Mirar hacia atrás siempre es recomendable porque conduce a la añoranza de una época mejor, pero no es cierto porque todas fueron más o menos iguales a pesar de que el tiempo nos lo haga ver de otra manera. Se apela demasiado al interés común cuando lo que se intenta es disfrazar la defensa del propio. Hay situaciones que se eternizan porque su justificación política consiste en el chantaje, y el día en que éste termine dejarán de tener su razón de ser. Claro está que las muletas solo sirven para los cojos, aunque el cojo se resista a reconocer que le hacen falta para seguir adelante. Por eso al chantajista le conviene mantener al cojo el mayor tiempo posible y así convertirse en el parásito que le chupará la sangre por los siglos de los siglos. Mientras tanto, entre los dos, unidos por la diabólica relación de secuestrador y secuestrado que padece el síndrome de Estocolmo, nos harán ver que el acuerdo para quitarse al piojo de encima, una coalición que le obligue a asumir su fracaso y su situación de debilidad, es imposible. Por ahora va ganando el chupóptero, aunque la víctima, emborrachada en su propio pecado, clama por la colaboración para poder quitárselo de encima. España languidece en un diálogo inútil a sabiendas de que con el que hay que dialogar es con quien se ha abierto la gran brecha para que eso no se produzca. Ayer lo vimos en el parlamento: medio país luchando contra el otro medio, todos haciendo frente común para que la situación insostenible se eternice, incluso haciendo mofa del náufrago que soporta estúpidamente las risas del que le tira el salvavidas para evitar que se ahogue, pero no lo saca de la mar embravecida, porque no le conviene.

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