El charco hondo

Once minutos

Once minutos es lo que autóctonamente tarda un camarero en dejar de ignorarte o caer en la cuenta de que llevas once minutos implorando que, si le parece bien, oiga, y sin ánimo de fastidiarle el día, disculpe, se dé por enterado de tu presencia, perdón, se acerque a tu mesa -en la terraza- para […]

Once minutos es lo que autóctonamente tarda un camarero en dejar de ignorarte o caer en la cuenta de que llevas once minutos implorando que, si le parece bien, oiga, y sin ánimo de fastidiarle el día, disculpe, se dé por enterado de tu presencia, perdón, se acerque a tu mesa -en la terraza- para ronronear, por favor, voy, oye, ya voy, qué quieres; y tú, gracias, un sándwich mixto, naranja con papaya y agua. Once minutos es lo que tardamos en poner gasolina al coche o a la moto, en bajar al parking, ponernos al día con el vecino del séptimo, decidir qué serie vemos mientras picoteamos algo, en esperar por los rezagados cuando quedamos para cenar, decidir entrantes, descartar platos principales, elegir vino o atender la llamada de un plasta. Once minutos es la línea que separa lo poco de la nada, algo que transcurre, ocurre y finaliza sin apenas procesarlo. Once minutos es un espacio temporal que se repite ciento cuarenta y cuatro veces al día, tanto da si lunes, jueves o domingo. Once minutos es lo que tardaban en ponerte una copa en los bares noctámbulos -bares, qué lugares del pleistoceno-. Once minutos. Once minutos tardamos en meternos en el mar cuando el agua está fría (y cuando no lo está, también). Once minutos es algo tan fugaz que apenas digerimos lo que podemos vivir en algo que dura tan poca cosa. Once minutos rara vez da para alegrías mayúsculas, por escaso e insuficiente, porque la experiencia acaba sin apenas haber comenzado, pero once minutos fue lo que duró el viaje que Jeff Bezos hizo a la frontera que nos separa del espacio -ni siquiera se adentró en el espacio, propiamente-, de los cuales solo cuatro fueron de ingravidez (experiencia para la que no hace falta irse tan lejos), excursión que permitió, a él y al resto, ver el planeta al otro lado de unas amplias ventanas -grandes, sí, vale, pero ventanas-. El billete costó más de 23 millones de euros, con o sin certificado de residente. Once minutos. 23 millones de euros por flotar cuatro minutos o ver el planeta por una ventana. A Bezos le sobra el dinero, de acuerdo, claro que sí; pero, digámoslo, no vio nada que no podamos ver en alta definición sin tener que salir del barrio. Con los veintitrés millones que pagaron por los once minutos, los terrícolas alucinaríamos durante once años o más, y de qué forma, contando las estrellas después de otro día tocándonos los pies -y sin ventanas, ni mareos de ingravidez-. Once minutos bordeando el espacio, qué desperdicio, qué gente; con la de cosas útiles que podrían hacerse con ese dinero.