tribuna

De Kabul a Canarias

La crisis de Kabul ha estallado en mitad del letargo de un mundo ensimismado en la pandemia. Y por lazos de la política, hemos podido entrever que tendrá consecuencias indirectas en Canarias. Biden mantuvo la semana pasada la conversación telefónica con Sánchez que hemos conocido, acordaron el uso de las bases de Rota y Morón para la acogida temporal de los afganos en tránsito hacia otros países. En esos días, España había sido arropada por los dirigentes de la UE en Torrejón, dado su papel improvisado de hub providencial del Servicio Exterior de la Unión Europea en la repatriación de los evacuados. Y de la entente de los presidentes de España y EE.UU. se desprende el giro marroquí para restablecer las relaciones con Madrid, poniendo, entre los requisitos, hablar de las aguas canarias. De Kabul a las Islas hay casi 8.000 kilómetros de vuelo, pero este tipo de nexos no es nada extraño. Y menos en los tiempos que corren, donde los virus se transmiten de punta a punta del planeta.

Como si se hubiera abierto de pronto la olla a presión de la política internacional, reprimida tras año y medio de coronavirus, han comenzado a reaparecer los viejos contenciosos latentes. Con la sharía afgana, retorna al primer plano el choque de culturas entre Occidente y el Islam, y a propósito de los primeros atentados, como el del aeropuerto de Kabul, es fácil rememorar que allí nace el 11-S, en la madriguera de Bin Landen, a pocos días de que se cumplan 20 años de la matanza de las Torres Gemelas. La ruptura de Argelia con Marruecos es otro revival de la geopolítica, en nuestro entorno geográfico. Pasear en los años 80 por los callejones de Argel -camino de Tinduf- me resulta imborrable, era repostar en la historia, allí estaba la mítica Casba de los escarceos del FLN durante la ocupación francesa. En Argelia se hablaba constantemente de Canarias, por boca de Cubillo, y en los campamentos del Polisario se debatía acerca de la guerra con Marruecos que ocasionaba continuos apresamientos de pesqueros canarios y el consiguiente trasiego de rehenes. De un salto, se han esfumado todos estos años, y asistimos a nuevos capítulos de una narración interminable de treguas y desavenencias. África, escasamente vacunada, tiene ahora motivos para huir de la COVID y de la ruina, y el mar se pone en calma por estas fechas.

Decíamos de Kabul a Canarias. Como en Hendaya, hace 80 años (23 de octubre de 1940), cuando Franco y Hitler empezaron hablando de las columnas de Hércules, el dominio de Gibraltar y Marruecos, en la II Guerra Mundial, y terminaron discutiendo del deseo de los nais de entrar en Canarias, Biden y Sánchez cerraron filas sobre Afganistán y, de paso, el rey Mohamed VI recibió el encargo de hacer las paces con el español, lo cual pasa por el desierto de aquella guerra intermitente y longeva y por estas aguas sobre las que navega el éxodo del continente. Es casi septiembre, que traerá consigo todas las consecuencias eventuales de otra grave crisis migratoria y un nuevo statu quo en la zona, bajo la tensión argelo-marroquí y un Sáhara al rojo vivo.
Venimos de asociar los hechos de este planisferio que es el pañuelo del mundo, porque estamos escaldados de la correlación de factores que desembocaron en una epidemia mundial. Wuhan simboliza la propagación de la realidad, es nuestro paradigma de esta era, nuestro efecto mariposa. Ahora, esta crisis empieza en Kabul y deriva en acontecimientos que acaban salpicándonos a unos isleños remotos, sin comerlo ni beberlo. Ya nada nos es ajeno.

EE.UU. decide abandonar Afganistán y de la noche a la mañana nos vemos envueltos en una crisis internacional humanitaria, de momento. El eterno déjà vu afgano nos retrotrae a aquellas traumáticas invasiones de Bush, incluida la del Iraq de Sadam Husein, tras la pesadilla de los aviones en Nueva York. Estas bombas junto al aeropuerto de Hamid Karzai, en plena desbandada por el regreso talibán, nos remontan al genocidio de tantos atentados suicidas que habíamos olvidado bajo la capa de polvo de la pandemia. Ahora todo vuelve a resultarnos familiar y estremecedor. La realidad no era acogedora antes de la erupción del volcán de Wuhan; era aterradora. Y ya empieza a volver a ocupar su sitio; no solo vuelven los talibanes, sino toda ella. Alguien ha comenzado a tirar del hilo de la madeja.

La operación rescate ha sido una odisea solidaria que agita nuestras conciencias. Biden no sale ileso de esta retirada, que ha sido, como dice la ministra Margarita Robles, “el fracaso de Occidente”. La herencia del tejemaneje de Trump con los talibanes le condena como una maldición. No es como Saigón en 1975, pero se le parece. Y ahora el tablero internacional se rediseña. Chinos y rusos se frotan las manos y la pandemia flota en el ambiente, pero tarde o temprano nos íbamos a acostumbrar a sobrellevarla en la mochila. Kabul-19, en cambio, es otro virus, menos volátil, más propio de los años de la prepandemia, que contagia a los gobiernos más influyentes, cuyos líderes mueven ficha como trebejos de ajedrez.

En la resaca de la evacuación de Kabul se citan a conversar España y Marruecos, y Canarias es una convidada de piedra. La perenne espina de las aguas canarias. Rabat ha metido al Archipiélago en el cuscús del acuerdo. Quiere vía libre para llegar al telurio de las islas abuelas al sur de El Hierro y, de paso, la patria potestad de los caladeros del antiguo banco pesquero canario-sahariano. Se nos pone un nudo en la garganta cuando nos mencionan que Marruecos quiere hablar de nosotros. Estamos en medio de un fuego cruzado. Rabat presiona con sus pateras hacia Canarias cuando no organiza el abordaje de Ceuta o hace la vista gorda en las vallas. Es el escalofrío de África y acabamos de sentirlo en Canarias al oír mencionar nuestro nombre. Porque no sabemos que será lo siguiente y hasta dónde conducen estos pasos.

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