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Federalismos

La Unión Soviética tenía una estructura política formalmente federal, que fueron configurando sus sucesivas Constituciones hasta la última, de 1977. Se trataba de un federalismo en cascada de quince Repúblicas populares o Estados-miembros, en el que Rusia era uno de los quince, y tanto la propia Rusia como algún otro Estado-miembro estaban compuestos o albergaban, a su vez, unidades federadas de nivel inferior. Una cascada federal formal que se conserva en la actual Federación Rusa, ya independizados los otros catorce Estados-miembros tras la caída del muro de Berlín. Desde un punto de vista marxista, la Unión Soviética era un Estado que estaba construyendo el socialismo por medio de la dictadura del proletariado (pudorosamente denominada Estado de todo el pueblo o democracia popular), rumbo al comunismo final en el que se extinguiría el Estado. En la práctica, era una dictadura de la clase dirigente o Nomenclatura asfixiada por una burocracia opresiva altamente ineficiente y una economía de planificación central inviable, que simplemente se derrumbó de la noche a la mañana ante la pasividad y la impotencia del partido comunista único y de las fuerzas armadas.

El federalismo soviético era una mera formalidad irreal vacía de contenido por dos razones principales. En primer lugar, porque, de acuerdo con la ortodoxia marxista, repudiaba la separación de poderes en aras de la unidad centralizada del poder; y, en segundo término, porque aplicaba el principio de la doble dependencia, según el cual todas las instituciones sociales y políticas estaban sometidas simultáneamente al Estado y al partido comunista único. Pues bien, exclamará el sufrido lector, ¿qué tiene todo eso que ver con nosotros? Nuestros constituyentes diseñaron un sistema autonómico con una enorme potencialidad de evolución o desarrollo diacrónico; y, fiel a su origen y a esa potencialidad, el sistema ha ido evolucionando desde la constitución de las Comunidades Autónomas hasta un federalismo material altamente descentralizado. (Según el Regional Authority Index de la Universidad de Oxford, España es el segundo país más descentralizado del mundo, detrás de Alemania y delante de Bélgica, Estados Unidos e Italia, por ese orden).

Todo lo anterior, querido lector, tiene que ver con la situación política española –y canaria- porque no somos Alemania, y nuestros Gobiernos autonómicos no son los Gobiernos de los Länder. En otras palabras, porque si el Gobierno canario es socialista y el nacional también, y encima su presidente no tiene escrúpulos y el nuestro es un dirigente más bien de segunda fila en su partido, que no se atreve a levantar mucho la voz, pasa lo que está pasando y, con permiso de Oxford, el federalismo español se convierte en el más feroz de los centralismos: Madrid incumple una sentencia del Supremo sobre el convenio de carreteras; pisotea nuestro REF con el voto favorable de los diputados socialistas en el Congreso y en contra del voto del Parlamento canario; ignora nuestra situación turística y nuestro caos migratorio; y, mientras tanto, nuestro presidente dice que irá a Lanzarote a “departir” con su jefe: “¿Da usted su permiso?”, dirá en la puerta de La Mareta.

Es desolador reconocer que en la España de Sánchez tienes que ser nacionalista catalán o vasco para que te haga caso. O ser comunista.

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