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Humboldt y la novena isla

Antes de la oficialización de La Graciosa, la ‘octava isla’ canaria estaba allende el mar y en tierra: Venezuela. Esa percepción ya la tuvo el ilustre naturalista alemán en su viaje de 1799 a América
Humboldt y la novena isla. / DA

Por María del Pilar Rodríguez Mesa

Ha sido sentida como la octava isla, pero al pasar el Archipiélago Canario de las tan referidas siete islas a ocho con la oficialización de La Graciosa, de octava pasa a novena y ¿dónde está esa octava isla que ahora es novena? Pues allende el mar y en Tierra Firme. Y es Venezuela. Vamos a tratar de entender el porqué de esa percepción. Echaremos mano de las acuciosas observaciones de Alejandro de Humboldt, que visita Venezuela y recorre parte del territorio entre julio de 1799 y noviembre de 1800, habiendo salido desde Tenerife. Nos da una idea de la “globalización” de la migración canaria cuando apunta: “Es menester estudiarlos en las estepas de la provincia de Caracas, en las faldas de los Andes, en las ardientes llanuras de las islas Filipinas, y donde quiera que, aislados en inhabitadas comarcas, han tenido ocasión de desplegar una energía y actividad que son las verdaderas riquezas de un colono”. Añade: “El pueblo canario está dotado de una vivacidad de imaginación que distingue a los habitantes de Andalucía y Granada”. En su recorrido encuentra abundancia de población blanca y en los valles centrales identifica una condición de bienestar general que atribuye a la existencia de una larga paz ininterrumpida.

¿Quiénes eran estos blancos? Eran los blancos criollos del estado llano o común, también referidos como clase baja de los blancos y como blancos de orilla. Para 1810, cuando acontece el episodio conocido como La revolución de Caracas, eran unos 190.000 (23,75%), sobre una población estimada de 800.000 habitantes para la Capitanía General de las Provincias de Venezuela. En su gran mayoría, de ascendencia canaria. El otro segmento blanco criollo, los españoles americanos, eran unos 2.500 (0,31%), o algo más pero no superando el 0,50%. Era el grupo aristocrático, la élite. Un grupo críptico, siendo el más destacado el caraqueño, ‘los mantuanos’, que como resultado de los aportes a lo largo del siglo XVIII era mayoritariamente oriundo del País Vasco y de las Islas Canarias.

Los españoles peninsulares estaban próximos a los 1.500 individuos (0,18%) y los españoles nativos de las Islas Canarias (canarios, canarios europeos) rondaban los 10.000 (1,25%). Se ratifica que los españoles peninsulares siempre fueron muy escasos en América. El trabajo de José Eliseo López sobre la emigración desde la España peninsular a Venezuela en los siglos XVI, XVII y XVIII, entre 1526 y 1799, muestra el desplazamiento de 4.777 individuos. En los siglos XVII y XVIII los religiosos y sacerdotes se aproximan al tercio del total de emigrantes superando al resto de ocupaciones u oficios. La mayoría misioneros.

La abundancia de población blanca venezolana del común en contraposición al resto de la América española ha llamado la atención de varios autores. También el nivel de hibridación alcanzado hacia finales del siglo XVIII que arroja un segmento pardo cercano al 50% y que hace imposible achacarlo al escaso contingente blanco procedente de la España peninsular. Por ejemplo, Manuel Lucena Salmoral considera que una de las razones es la migración canaria. John Lynch ha tratado el asunto con enorme interés y claridad. También Juan Uslar Pietri y McKinley en Caracas antes de la Independencia. Manuel Rodríguez Campos estima establecida una “nacionalidad canaria” desde inicios del siglo XVIII y que fueron los mantuanos los que establecieron el deslinde. Y Ángel Rafael Lombardi Boscán refiere a Domingo de Monteverde y Ribas como primer caudillo de Venezuela y la acción colectiva como: el partido canario. El tinerfeño arriba a Venezuela a principios de 1812 como capitán de fragata de la Real Marina de Guerra y en una situación muy compleja y de gran inestabilidad forma un gobierno de facto (julio 1812- 7 de agosto 1813) apoyado en el paisanaje.

Como siempre la indispensable cronología para sustentar la continuidad de esta presencia canaria no solo en Venezuela, sino en América española y particularmente en la región caribeña. Las Islas Canarias eran las únicas islas de la Macaronesia habitadas, y una vez establecida la soberanía de Castilla y a partir de los primeros viajes a América se produce la extracción, con licencia real, de nativos canarios, incorporados a las expediciones organizadas con fines precisos de apoyo a la penetración, consolidación y poblamiento territorial con fundaciones tempranas. Pero donde una reconocida ausencia de fuentes documentales priva de protagonismo a los canarios. Por ejemplo, en 1535, Jorge Spira, enviado por los Welser, llega a Coro con el título de gobernador de la provincia de Venezuela y Cabo de la Vela. Había salido de Sanlúcar de Barrameda y tenía al mando 400 hombres mitad de España y mitad de las Islas Canarias. De acuerdo a Manuel Álvarez Nazario, el término ‘isleño’ se convierta en sinónimo de baquiano ‘viejo conquistador y veterano en las Indias, práctico de la tierra’. Y Eduardo Arcila Farías señala que “podemos considerar a los canarios como los primeros ‘criollos’ de América”.

Rebasado este lapso, y antes de mediados del siglo XVI, cuando el interés es eminentemente poblador, “poblar para defender”, ya hay indicios de la obtención de licencia real para la salida de familias canarias estructuradas. Sin embargo, y coincidiendo con el esfuerzo repoblador en el reino de Granada, tenemos unos cien años con escasas referencias. Pero a partir de la segunda mitad del siglo XVII se inicia un renovado impulso por la fundación y poblamiento que prosigue durante todo el siglo XVIII, con especial interés en los territorios considerados periféricos de Venezuela, Uruguay, norte de México, Alta California, Texas, Nuevo México, Chile, Paraguay, puntos del Golfo de México, Santo Domingo. Muchas familias canarias alcanzarán estos destinos. Se producirá un engranaje de parentesco tanto por consanguinidad como por afinidad, también espirituales y de intereses compartidos que facilita la llamada “emigración en cadena”, en la que entre si se solicitaban y ayudaban con el costo del viaje, otros recurrían a préstamos.

De la región noroccidental de Tenerife provienen los mayores aportes migratorios, achacados a superpoblación asociada a vaivenes económicos. Pero, sin duda, el establecimiento de una estructura de financiación con agentes en puntos de América propició, incitó, estimuló y provocó la salida de familias referidas como pobres. En todo esto no hay que olvidar el papel de intermediación permanente de las islas y la presencia de diversas nacionalidades extranjeras. La corona, por otra parte, enfrentaba el costo de los viajes hacia los destinos dirigidos, de manera que, a partir de 1675, los viajes encaminados a través del Consejo de Indias, para la fundación de los llamados “pueblos de españoles”, asocian la continuidad del comercio canario-americano al transporte gratuito, por parte de los navieros de la flota canaria, de 50 familias de al menos 5 miembros, por la salida de 1.000 toneladas de mercancía anual. Es la llamada ‘contribución de sangre’, que se prolonga por casi un siglo.

En Venezuela, José Francisco de Cañas y Merino, gobernador de la provincia de Caracas entre 1711 y 1714, escribía que más de la mitad de la población era canaria. Período en que el comercio ilícito alcanza gran auge. Poco después el informe Olavarriaga, entre 1720 y 1721, sobre la Provincia de Venezuela (Caracas) señala que todos los navíos provenientes de las Islas Canarias traen familias para poblar y cultivar la provincia, a las que los gobernadores atendían mal, dándoles los peores terrenos, por lo que se encontraban en condiciones de miseria y se veían forzados a buscar su vida en otra parte, muchas veces en el comercio de extranjería. Años después, 1747-1749, la relación de Bervegal sobre la revuelta contra La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, en relación a los canarios señala: “Se conoce en la provincia (de Caracas) con el nombre de isleños, no solo a los nacidos en Canarias y trasladados a Caracas, sino también a los hijos, nietos y posteriores generaciones de los canarios que llegaron muchos años antes…” . De donde a la fecha de 1749 había varias generaciones de canarios en la provincia y el concepto “canarios” o, también, “isleños”, identificaba tanto a insulares como nativos. Recomienda frenar su entrada. Pero la entrada era indetenible, puesto que había libertad para emigrar.

Por último, la secuencia de sucesos a partir de 1810 en la Capitanía General de Venezuela conduce a una fractura del tejido social que deriva en una situación de violencia asombrosa y prolongada casi imposible de comprender si no se atiende a la variable demográfica y a los casi 300.000 km2 de llanos donde, en sabana abierta, se dieron multitud de batallas y cuya incorporación y fundaciones tuvieron que esperar hasta el siglo XVIII y muy entrado el siglo. La observación de Humboldt en relación a la élite, que “aun preferirían una dominación extranjera a la autoridad ejercida por americanos de una casta inferior”, resultaría lapidaria.

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