tribuna

Simone Biles, Nadia Comaneci y el silencio

En la Rumanía de Ceaucescu afloró, hace 45 años -pronto hará medio siglo, para nuestro asombro generacional-, una gimnasta que encandiló al mundo. Nadia Comaneci encarnaba a los 14 años el ideal de perfección, como si Flaubert flotara en sus volteretas. En un momento determinado, el marcador electrónico de Montreal se convirtió en noticia en aquellos Juegos Olímpicos de 1976: un Longines infalible enloqueció sin acertar a reflejar la máxima puntuación de la niña exacta y tuvo que hacerlo un juez sueco con las dos manos abiertas para consignar con los dedos el primer 10 de la historia en esta disciplina.
No existía el 10 en la gimnasia artística y Comaneci lo obtuvo repetidas veces haciendo saltar por los aires los límites anticuados de un deporte de robots entrenados manu militari para cosechar medallas a mayor gloria de los entrenadores marciales y los dictadores de turno, como el sórdido Ceaucescu y la no menos odiada primera dama, la inculta y ostentosa Elena. Esta no es la historia de la caída del muro de Berlín en 1989, pero sí el producto de ella. Los principales actores acabaron desapareciendo, unos escaparon a Occidente, y, entre los que se extinguieron, estaba el matrimonio fusilado en el paredón un mes después de que Comaneci abandonara de noche el país atravesando bosques embarrados rumbo a Estados Unidos.
La heroína socialista del Trabajo, la pequeña Mozart de la gimnasia, el hada de Montreal, había sufrido una vigilancia despiadada: desde médicos, pianistas, coreógrafos y hasta sus propios novios informaban al régimen de sus intimidades. “Es muy difícil ser Nadia Comaneci”, se le escucha decir en una de las conversaciones que le grabaron los agentes de la Securitate del conducator.
El caso de Simone Biles, su sucesora en los Juegos de Río (2016), guarda simetrías con la rumana y grandes diferencias. Comaneci era la niña taciturna con coleta y flequillo que nunca sonreía. Biles, en cambio, lo hacía continuamente, disimulando el infierno que atormentaba su mente. Antes de sincerarse este martes, dijo: “Los mejores recuerdos se construyen cuando uno se divierte”. Comaneci bailaba en el aire como si hiciera ballet y sus saltos mortales eran de seda. Biles es dinamita pura, la potencia en carne y hueso, y un impecable derroche de flexibilidad. Apenas dos meses antes de claudicar en Tokio (“Podéis hacer esto sin mí”, se despidió de sus compañeras como en un epitafio tras ejecutar su último salto en la final por equipos) había regalado un aperitivo para Tokio, la locura de un Yurchenko con doble mortal carpado, nunca ejecutado antes por una mujer, durante una competición oficial.
Lo que ambas tienen en común es la marca de fábrica. Pasaron por el mismo potro de tortura, probaron los métodos del matrimonio Károlyi, los entrenadores obsesivos que modelaron a Comaneci y décadas después pulieron el diamante de Biles. Bela y Martha Károlyi también se evadieron del regazo de Ceaucescu a Estados Unidos y fundaron un rancho en mitad de la nada, con ciervos, camellos, caballos y pavos reales, que hoy es una mezcla de santuario de la gimnasia femenina y casa de los horrores. En esas condiciones entró en acción, como un alma protectora, el monstruo de la gimnasia americana, el médico de USA Gymnastics, Larry Nassar, condenado a 175 años de cárcel por abusar sexualmente de centenares de víctimas, entre ellas Biles.
La gimnasta suprema de EE.UU. era la principal atracción de estos juegos rezagados, ya sin Usain Bolt ni Michael Phelps. Todos anhelaban verla repitiendo su arriesgado Yurchenko como una gimnasta de otra galaxia. Pero esta vez Simone Biles apagó su sonrisa y se convirtió en Nadia Comaneci, cuando cayó al suelo en un ejercicio en Moscú en 1980. La tristeza de Biles es la del mundo en esta pandemia, una vieja conocida, que los atletas han combatido a menudo con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Y mucha gente ahora, también. Biles dijo, basta, “no tengo tanta confianza en mí como antes, ya no puedo disfrutar”. Y visibilizó en su despedida la defensa de la salud mental cuando esta se resquebraja en un ser humano o en un semidiós olímpico.
Confesó que, al pisar el tapiz, se sentía “sola, tratando con demonios en la cabeza”. En la víspera escribió en sus redes sociales un mensaje premonitorio: “Siento que tengo el peso del mundo sobre mis hombros”. Al día siguiente, se vino abajo.
Comaneci, que habría querido ser una niña normal, con novio y tardes de paseo, sufrió los rigores de una escuela de máquinas femeninas y sueños cosificados que debían parecer sílfides, niñas esqueléticas, adoctrinadas para odiar la comida y abocadas al éxito o la postergación. Biles es la excepción que clausura una época e inaugura otra. Su alegato a favor de la salud mental en mitad de la depresión del mundo por el virus abre una puerta, la del desahogo. Acaso la única para lograr la salvación. Sus endriagos inconscientes son compartidos por millones de personas que experimentan el dolor mental de esta era en sus respectivas cavernas. No es necesario llamarse Simone Biles y sentir el peso del mundo sobre los hombros para sufrir las mismas secuelas.
Cuando tenía seis años se canceló un viaje escolar por mal tiempo y el colegio optó por visitar un centro de gimnasia artística. Cuentan que espontáneamente improvisó algunas piruetas y terminó atrapada por el deporte de su vida. Ahora, en el diván de la pandemia y de la gimnasia mundial, Biles ocupa un lugar imprevisto. No tiene razón Djokovic cuando afirmaba -horas antes de caer él mismo de la final de tenis en Tokio y de romper las raquetas ya sin el bronce siquiera- que es un “privilegio” sentir presión con tal de ser el número 1. Del tenista serbio no abusó sexualmente el depredador Larry Nassar y en el pozo de la ya mítica gimnasta afroamericana hay una madre drogadicta y alcohólica y un abuelo que la rescata y adopta. No es el trono deportivo lo que asusta a la pequeña estrella deprimida, sino la losa de vida que ha soportado sonriendo hasta que no ha podido más y ha dejado plantados a sus fantasmas con un doble salto mortal en ausencia que nadie se esperaba en los juegos más silenciosos de la historia.

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