tribuna

Sonriendo bajo un sombrero (Fina Estampa)

Me tocó estudiar en el preuniversitario a los cronistas de Indias. Ya saben, Bernal Díaz del Castillo, el padre Solís y fray Bartolomé de las Casas, que contaban la conquista de Méjico por Hernán Cortés, el descubrimiento de la Florida por Ponce de León, o la historia de los trece de la fama que acompañaron a Pizarro en su aventura para hacerse con el imperio de los incas. Conocí las luchas posteriores entre los descendientes de éste y los Almagro, el descubrimiento de las cataratas de Iguazú por Cabeza de Vaca, la evangelización de José de Anchieta en Brasil, fundando la misión en lo que luego fuera una de las mayores urbes del mundo, la ciudad de Sao Paulo, la creación de Caracas por Francisco Fajardo, hijo de un conquistador y de una india margariteña, que hoy da nombre a la principal autopista de la capital venezolana. También me emocioné leyendo las hazañas del gran caudillo Caupolicán narradas por Alonso de Ercilla en la Araucana.
Todo esto explicado por la extraordinaria profesora María Gabriela Corcuera, con quien tuve la suerte de tropezar en el Instituto de La Laguna, un modelo de centro de estudios, de pluralidad, de libertad y de independencia. Eran los años del franquismo y aún en América nos seguían llamando la madre patria. En aquella época ya estaba de moda esa corriente marxista llamada revisionismo histórico, pero aún no había sido expandida por las tendencias revolucionarias amazónicas que proyectaba la Cuba de Fidel, siguiendo la vocación mesiánica y evangelizadora de Ernesto Guevara. Era el tiempo en que Luis Aguilé empezó a cantar Cuando salí de Cuba, mientras la izquierda se entretenía con el Aprendimos a quererte, de Carlos Puebla. Para algunos se convirtió en el himno de su razón de ser, sustituido después por el Bella ciao, que es más europeo y antifascista.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces y Cortés y Pizarro han pasado a ser unos malvados, al menos en la voz de López Obrador y ahora del sombrerero Castillo, que se ha lucido en su toma de posesión como presidente de Perú. Un sombrero parecido lo he visto en algunos arcángeles pintado por los ingenuos artistas del Cuzco. Lo que necesite decir un ignorante maestro para ganar unas elecciones en su país no me preocupa demasiado, es a ellos a quien debe inquietar, porque son las inevitables consecuencias de un populismo que busca ansiosamente su oportunidad en el lugar donde está seguro de encontrarla. Lo que realmente me importa es la cobertura política que desde España se da a estos movimientos por parte de los adiestradores que presumen de adoctrinarlos y guiarlos.
Esos grupos dispersos siempre han existido en nuestro país, formando parte de esa izquierda testimonial que se empeña en mantener en pie los principios revolucionarios que se adormecieron desde la época de Stalin. La novedad consiste en que forman parte del Gobierno y, de alguna forma, comprometen la acción exterior de nuestro país, no sea que se vayan a cabrear los que los apoyan. Esos condicionamientos también están presentes en casi toda la acción política, pues el sostenerse gracias a los que representan la disidencia territorial obliga a desequilibrar la balanza de la solidaridad y la mal llamada cogobernanza.
Por este motivo nadie hará una crítica a los desplantes de Aragonés, ni a los disparates salidos de la boca del presidente Castillo, ni a la represión ante las reclamaciones de libertad en Cuba, ni a los atropellos democráticos que vemos en la Venezuela de Maduro, que hace chistes malos y chulescos formando dúo con Diosdado Cabello. Nada de esto será cuestionado por la prensa de palmeros habituales que le hace la ola al que gobierna. La culpa de todo la tiene la oposición, y ahora un tal Biden al que, según El País, le estalla una crisis social y política por culpa de la pandemia, mientras nosotros nos ponemos la medalla de oro, que para eso estamos en tiempo de Olimpiadas.

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