Tribuna

El 11-S el miedo se hizo adulto

Después de 20 años, con permiso de Gardel, el 11-S sigue siendo un numerónimo que da escalofríos en el inconsciente colectivo, un aldabonazo en la memoria de todos. Fue el primer gran suceso de terror retransmitido en directo (“¡Dios santo, es otro avión, Ricardo!”, exclamó Matias Prats en Antena 3), que fingía ser una escena […]

Después de 20 años, con permiso de Gardel, el 11-S sigue siendo un numerónimo que da escalofríos en el inconsciente colectivo, un aldabonazo en la memoria de todos. Fue el primer gran suceso de terror retransmitido en directo (“¡Dios santo, es otro avión, Ricardo!”, exclamó Matias Prats en Antena 3), que fingía ser una escena cinematográfica y, visto desde ese ángulo, se adelantó a la posverdad, pues desmentía a nuestras mentes que no soportaban sino el simulacro de una barbarie semejante. Pronto íbamos a transigir con situaciones de esa naturaleza más frecuentes y terminamos por familiarizarnos con una nueva manera de vida en la boca del lobo. Ese lobo solitario que empezó a condicionar nuestros viajes turísticos al extranjero, nuestros hábitos callejeros en ramblas y avenidas expuestas a atropellos indiscriminados a cualquier hora del día. Así nos preparamos, desde hace 20 años, a lidiar con los miedos modernos, a cual más atroz como en las olvidadas crueldades de la antigüedad. Hasta que un virus elevó ese pavor a la máxima potencia. Del 11-S a la COVID-19.

Lo de Nueva York fue una masacre ante el testigo global, y, como digo, la primera piedra de los miedos futuros. Nos aclimató para lo que estaba por llegar. La pandemia es el paso siguiente a lo bestia de un drama por capítulos de dimensiones universales. Las magnitudes del caos ya no son locales. Nos hemos habituado a las pesadumbres más feroces con demasiada naturalidad, sin dar muestras de un estado de shock, siquiera, como adormecidos por la realidad bruta. Y acaso esta paciencia dolorida deba su origen a aquel traumático impacto visual y emocional que sí nos estremeció de modo inaudito cuando aún éramos cándidos o necios.

La figura del piloto canario Iván Chirivella, instructor involuntario de los terroristas Mohamed Atta y Marwan al Shehhi en su escuela Jones Aviation, en Sarasota, Florida, impresiona por su condición de cómplice inocente, como tituló el libro que escribió junto a Alicia Mederos. Conocí a Chirivella a raíz de aquel desgraciado episodio en su carrera profesional. Observé en la reconstrucción de los hechos que me hizo una resignada actitud de quien acepta haberse encontrado cara a cara con el lado espantoso del destino sin buscar tres pies al gato. Le tocó entrar aquella vez en las oficinas de la academia y tener que terciar en una discusión subida de tono entre dos clientes y una empleada. El egipcio Atta era un personaje iracundo, de ínfulas machistas, que trataba a las mujeres con desprecio como seres inferiores. Se había enzarzado en una bronca fuera de sí y Chirivella intervino para intentar reconducir la inscripción de los clientes. Se hizo cargo personalmente del caso y les dio clases dos meses de lunes a viernes, cuatro horas diarias, hasta expulsarles por un encontronazo del terrorista altanero con una mujer del centro. Atta, el terrorista que lideraría el atentado, se comportó siempre, según me contó, de modo déspota, hablaba todo el tiempo en árabe dificultando el diálogo en inglés y en algún momento obligó a Chirivella a hacerse con los mandos de la avioneta y amenazarles con estrellarla contra uno de los grandes edificios de la ciudad. Toda la dureza de Atta se ablandaba cuando el canario hacía que el avión entrara en pérdida. Marwan, de Emiratos Árabes Unidos, el otro alumno, era de carácter más cordial.

Lo que atormentaba a Chirivella era haber sido el conejillo de Indias de aquellos dos terroristas pupilos de Bin Laden que iban a horrorizar al mundo al volante de sendos Boeing 767 en una salvaje embestida contra las torres del World Trade Center en Nueva York, con un coste de 3.000 vidas. La conmoción del suceso lo hizo descomunal, lejos del alcance de nuestra percepción diminuta de los horrores asimilables desde una perspectiva común y ordinaria. Estamos preparados para consumir dramas cotidianos, accidentes de tráfico, incendios forestales, inundaciones, en una escala que llega a hacerse intolerable, como nos sucedió con nuestra primera tormenta tropical, Delta, hace tres lustros. Hay una narrativa dantesca de la vida en la que nos hemos instalado, con toda la gama de atentados y ataques suicidas como el de Bataclan la noche del 13-N de 2015 que ahora se juzga en París, con más de un centenar de muertos entre los tiroteos de la sala de conciertos y terrazas, que fue -heredera lejana del 11-S- la peor masacre en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. En esa dirección se han movido las agujas del reloj del terror en estas dos primeras décadas del siglo tras el parto siniestro de la guerra yihadista en aquel vuelo del odio contra las Torres Gemelas. Hubo un primer periodo de esta sangría en que Al Qaeda monopolizó la calle del terror y la fue ensanchando como si todo ocurriera en ella, expuesto a cualquier desgracia. Los trenes de Madrid el 11-M de 2004 o al año siguiente las bombas en los vagones de Londres el 7-J. Pero no hemos hecho una cultura todavía -reacios a su socialización- del terrorismo islamista como el karma de este siglo, que ha vuelto en Afganistán a la casilla de salida. Sabíamos del peligro del cambio climático, de dimensiones planetarias, y ahora sabemos a ciencia cierta de la amenaza de algo nuevo, las pandemias. Queremos volver a un lugar confortable de nuestra existencia. Y es natural esa propensión. Aun así, la cuerda está tensa y hemos de cruzar de orilla a orilla.