por qué no me callo

El día que Sánchez se mudó a La Palma

La crisis palmera añade un perfil, si se quiere, tétrico propio del volcanismo, a estos días amargos que desajustan el orden intrínseco del mundo desde hace tanto tiempo que hemos perdido la cuenta

La crisis palmera añade un perfil, si se quiere, tétrico propio del volcanismo, a estos días amargos que desajustan el orden intrínseco del mundo desde hace tanto tiempo que hemos perdido la cuenta. El volcán ayer colapsó y los seguidores más entusiastas de Simon Day, el geólogo inglés que preconiza el amenazante tsunami contra América, estimularon la tesis como parte de la escoria que expulsa el volcán. Ahora hay tres bocas nuevas que alimentar, y el río del fuego seguirá avanzando, quizá más fluido y rápido, hacia su destino, el mar, donde aguarda el famoso choque térmico que los expertos esperan contemplar en vivo como sucediera hace 10 años en las aguas de El Hierro, cuando el volcán submarino se abría paso en los fondos abisales del Mar de las Calmas. “Será una colisión brutal”, avisa Morcuende. “Una vaporización terrible y explosiva”, añade como un vidente el director técnico del Pevolca, que es el oráculo de esta erupción.

La Palma vive su proceso volcánico con las sensaciones a flor de piel. Es un escenario desconcertante, inaudito en la memoria reciente de esta comunidad surgida de ese mismo modo en los orígenes petrificados de un tiempo remoto. Un volcán no lo cuenta todo de golpe, a veces se manifiesta de un modo incoherente y su lenguaje no es disuasorio, sino colérico y ciclotímico, se enfurece cuando menos se le espera, cuando parece en calma, se reactiva. Ataca siempre por sorpresa y se repliega como si su táctica militar se basara en la astucia y añagaza por método. Desde este viernes, miles de vecinos de Los Llanos de Aridane viven bajo una espada de Damocles con auténtico temor (tremor es otra cosa, que el volcán conoce bien) a que la chimenea del volcán obligue a sucesivas evacuaciones. A esta erupción la denominaron estromboliana desde el primer momento, precisamente por lo que hemos comprobado en las últimas horas: sus arcadas explosivas y momentos apacibles.

Si la política se mirara en el carácter de estas montañas comprenderían que muchas sesiones parlamentarias son erupciones volcánicas estrombolianas. La política destructiva puede aprender mucho de estas manifestaciones compulsivas de la naturaleza. Pero La Palma no está ahora mismo para explicar la crispación que lleva al país a la boca del lobo del volcán nacional. Su cráter es de verdad y más de 400 edificios han sido arrasados de verdad por la lava y los agricultores lamentan pérdidas irreparables verdaderas, y ahora mismo una nube de partículas que irritan ojos, gargantas y pulmones sobrevuela las islas, y en la atmósfera se propagan ondas de aire comprimido que viajan a velocidades superiores a la del sonido.

La estancia de Sánchez en la isla transmite calor y confianza a una sociedad sumida en el espanto y el aislamiento. No todos los días un presidente de un país se muda a vivir a una parte del Estado para integrarse en la catástrofe. La Palma, desde el domingo, absorbe la política de Estado encarnada en la presencia física de Sánchez como un vecino de la isla bajo el volcán, y también, este jueves, la visita de los Reyes a los damnificados ratificó esa prioridad de los asuntos de Estado. La vida, la supervivencia es lo primero. Y esta erupción nos pone los pies en tierra. En la realidad de los problemas apremiantes de salvar a un pueblo indefenso bajo un volcán en erupción. Las miradas de los españoles, de sopetón, se han visto atraídas por las imágenes explosivas de las bocas de Cumbre Vieja y el avance lento y apisonador del paquidermo de lava que, a cuatro metros por hora, devora casas y fincas, como hemos visto en las ruinas de Todoque.

El volcán ha sepultado a la pandemia, que ya son palabras mayores. Resta conocer cuál será ahora la evolución del fenómeno cuando hoy se cumple una semana desde que Cabeza de Vaca despertó el pasado domingo a las 13.12, en una hora de sobremesa.

La posible llegada al mar de la lava está siendo toda una intriga, pues la ralentización de las coladas unas veces desmienten que culminará su recorrido y las continuas bocas que nutren ese río incandescente otras veces hacen pensar lo contrario. El viernes cundió el pánico con las nuevas explosiones de magma y piroclastos. Volvimos a oír hablar de confinar barrios cercanos, una terminología que heredábamos de la pandemia. Pero se optó por nuevas evacuaciones. Cuando el aeropuerto quedó paralizado tras la decisión de las aerolíneas de no volar por seguridad, tuvimos la primera percepción de una catástrofe in crescendo. Se suman a la nube de cenizas, que eleva sus penachos de lapilli a kilómetros de altura, los estampidos ensordecedores del volcán y la sospecha o el temor de que pueda haber eventuales complicaciones.

La poeta Elsa López se rebela contra la erupción, no oculta bajo ninguna metáfora que el episodio es destructivo y hace daño a la población. Se pregunta por el enclaustramiento de la isla, presa de los bramidos del volcán, y por las evacuaciones intempestivas de familias que lo han perdido todo. Sufren los palmeros el rugido y la pena de estos días como si estuvieron atrapados en una trampa, y hasta que todo acabe y el paisaje se encargue de decirnos cómo queda la orografía de la Isla Bonita, incomoda en La Palma que se hable del atractivo turístico de una erupción, ese desliz de la ministra Maroto. Algunas tentaciones han sido evidentes; junto a esta última inspirada en tópicos sobre la naturaleza, algunos medios de comunicación no han podido reprimir hacer del volcán un circo, y ese show televisado sobre el dolor ajeno ha sentado mal en la sociedad palmera. “No es una atracción. Necesitamos ayuda”, clamó una vecina evacuada de San Nicolás (El Paso). Y tras escucharla, queda todo dicho.

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