el charco hondo

El puño

Abramos el puño, a ver qué tal. Despacio. Suave. Suavecito. Abrámoslo poco a poco para evitar que tal movimiento (olvidado, de la pandemia a esta parte) nos provoque un tirón, desgarros, esguinces de algo o vértigos. En algún momento tendremos que dar el paso, atrevernos, llenarnos de valor y abrirlo, a ver qué pasa, lentamente, no sea que los huesos crujan o se suelten, quedando en el interior de la mano cual boliches en el saco de los boliches. Abrámoslo. Abramos el puño al saludar, iniciemos la transición que debe regresarnos al saludo de toda la vida. Ahora. Ya. A qué esperar. Cojamos el toro, los huesos del carpo e incluso los del metacarpo por los cuernos, también los de músculos y ligamentos, hagamos que vuelvan a ver la luz, rescatémoslos. Insumisión. Acabemos con la dictadura de quien, con tanto criterio como puede tenerlo cualquier maceta, en la Organización Mundial de la Salud concluyó que saludándonos con el puño evitaríamos contagiarnos siempre y cuando -una cosa y la contraria- mantuviéramos la distancia social. En la OMS únicamente pensaron en extraterrestres con brazos de dos metros; fueron los mismos, al parecer, que lanzaron lo de saludarnos con codos igualmente alienígenas. El puño. Digamos adiós al puño. Ni un día más. Nunca tuvo pies, puño o cabeza. Jamás resolvió nada. Somos buenos obedientes -los españoles, en especial-. Nos dicen que con el puño cerrado y, a la orden, cerrándolo saludamos. Pero, hasta aquí. Dejemos de ponernos en ridículo. Cerrar el puño no ha tenido sentido ni con el nivel treinta y cinco. Así que, a ello. Sin miedo. A partir de ahora, cuando nos encontremos con alguien abramos la mano y rematemos, saludemos, estrechemos -¿o es que no nos las lavamos con frecuencia?, ¿o sí?, ¿o no?, ¿o más o menos?-. Saquemos a pasear trapecio, escafoides, piramidal o ganchoso; y, cuando llegue el momento, también la maraca. Saludemos como lo hacíamos antes, como siempre, como nunca. En realidad, jamás debimos cerrarlo, por inútil, y absurdo. Resulta necesario pasar de la pandemia a la epidemia sacudiéndonos algunos tics, hábitos que deben caer en el desuso, saludos con el puño cerrado a los que no terminé de pillar el sentido, y que ahora bien podríamos jubilar sin más demora. Despacio. Suave. Suavecito. Estirando. Normalizando. Abramos los puños al saludarnos. Estrechemos las manos, a ver qué tal. Ahorrémonos el ridículo de estar haciendo ya una vida prácticamente normal con los puños todavía cerrados.

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