el charco hondo

La escalera del charco

A quienes ahora han aparcado el proyecto y a aquellos que lo rechazaron desde el principio, a los que lo defendieron o cuestionaron, sacaron razones a la luz o denunciaron sinrazones, a unos y otros alguien debe hacerles ver que están olvidando lo más importante. A los promotores del plan director de charcos de marea, a los ayuntamientos, al área regional de transición ecológica, a la dirección general de Costas y el Mar (con sede en Segovia, Ávila o Madrid, dónde si no), a los altos y bajos, a los rubios, a los morenos, a los flacos o a quienes dejaron de serlo, al que redactó el plan, a los que recogieron las firmas, al soltero, al casado, al de la idea, al que ridiculizó la propuesta, a todos, sin excepción, cabe sugerirles que aprovechen la polémica -ahora zanjada- para arreglar lo de la escalera. Pónganse de acuerdo o no sobre los proyectos de actuación, pero resuelvan lo de la escalera. Potencien mucho, poco o absolutamente nada el atractivo natural de los charcos, pero no olviden echarle una pensada a lo de la escalera. Exploren sus potencialidades turísticas, o no, pero metan mano de una vez a la escalera de los charcos. Actúen en el charco, en su periferia o en ninguna parte, pero no dejen pasar esta ocasión sin zanjar el histórico problema de la escalera. Mejoren, o no, la protección seguridad y señalización, pero, tanto si retoman el proyecto como si desisten, al menos que este lío haya servido para resolver de una vez lo de la escalera de los charcos. Pónganle a los charcos de ésta y otras Islas escaleras que permitan entrar o salir cuando baja la marea. El debate sobre los charcos debe dejar a su paso un plan de escaleras para bajamares, solventando así el endémico error (imagen en la que nos reconocemos los autóctonos) de colocar en los charcos escaleras que se quedan cortas -flotando en el aire- cuando baja la marea, de tal forma que solo la pericia del bañista, capaz de aprovechar el impulso de una ola para colgarse del último escalón, abrazarse a la escalera y trepar malamente por ella, evita que se vea obligado a esperar a que vuelva a subir la marea para poder salir del charco. Sin entrar en las razones o sinrazones de unos u otros, promotores o detractores del plan director, qué menos que proponerles, ahora que tiran la toalla con el proyecto, que este episodio sirva para poner fin al absurdo de las escaleras que solo valen para las pleamares. Si ponen punto final al riesgo que supone para los bañistas tener que esperar por una ola para alcanzar la escalera (operación que tantas veces acaba con golpes contra la roca o con el trapecista arrastrado más allá de la escalerilla) la polémica habrá merecido la pena.

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