el charco hondo

La silla

Treinta días sentado en una silla de playa, bien ausente, felizmente ido, distraído con ganas, empadronado en un buen lejos, al otro lado del espejo, de espaldas al día a día, cara al mar, acunado por las deshoras, ocioso, gandul, despacio, lunes, jueves, domingo, martes, cuatro semanas sentado en mi silla de playa dibujan una experiencia que modula, pule, relativiza, oxigena y da otra perspectiva de las cosas, de la edad, de la vida. Comprar una silla para bajar a la playa te sitúa en la antesala de la madurez, y estrenarla, sumergirse en los mundos que se abren cuando te sientas, la abrazas y te fundes en ella, eso, en fin, otro nivel, otra etapa, otros latidos, otras perspectivas. Hay quienes se resisten porque ven en la silla una rendición, creen que el paso de ir a la playa con silla implica tirar la toalla, claudicar, enterrar definitivamente las sucesivas juventudes, las etapas que nos trajeron hasta aquí. Allá ellos. Son libres de seguir aplazando lo inaplazable y, confundidos, también de continuar perdiéndose lo que la silla de playa esconde. Ya no. Al menos, no a mí. Un mes sentado en una silla de playa vitamina el carácter, acelerando la transición hacia lo siguiente -digo más, si volviera a nacer bajaría a la playa con silla desde la adolescencia, ahorrándome tantos veranos y resacas con arena o piedras pinzándome huesos y cabeza-. Cuando clavas la silla en la linea que separa la bajamar de la pleamar, la actualidad minúscula, los análisis, el politiqueo, la farsa o los egos, el ruido estéril, los rumores o el croar de algunos ilustrísimos de cartón llegan a los tímpanos silenciados por el ruido del mar, que los pone en su sitio, en la justa medida, en el plano que, secundario o anecdótico, les corresponde. Claro que tuve la tentación de bajarme de la silla para escribir o hablar sobre algunas de las cosas que están ocurriendo islas adentro y afuera, pero cuando flaqueaba la silla me rescataba, devolviéndome al otro lado del espejo, a las risas, al recreo, a treinta y tres razones, al Little Beach Corner. Poco antes del paréntesis de agosto alguien me preguntó por qué estoy escribiendo tan poco de política. La pregunta era pertinente, publico columnas en diarios desde los diecisiete y normalmente me he detenido bastante más en las cosas de la política. Será que llevo algunos años sentado en la silla de la playa, y yo sin caer en la cuenta. Arranca el curso. Comienza la temporada. Es posible que estos meses regrese, algo, un poco más, a la política, pero sin bajarme de la silla de playa que he estrenado este verano, y lo haré mirando al mar, procurando que el ruido de la bobería, el veneno y los dioses menores sea engullido por las olas.

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