Tribuna

Lo que nos queda

Todos me hacen dudar de la seguridad del mundo en el que vivo. Hasta la banda de Agaete me engaña y a veces creo que estoy ante la Filarmónica de Viena. Hace unos años, cuando se descubrió que los coches alemanes habían sido trucados para evitar detectar la emisión de gases contaminantes, todo aquello en […]

Todos me hacen dudar de la seguridad del mundo en el que vivo. Hasta la banda de Agaete me engaña y a veces creo que estoy ante la Filarmónica de Viena. Hace unos años, cuando se descubrió que los coches alemanes habían sido trucados para evitar detectar la emisión de gases contaminantes, todo aquello en lo que creía: Mercedes, Audi, BMW, se vino al suelo. Entonces escribí un comentario bajo el título ¿En quién vamos a creer?, donde expresaba mi desazón por haberme quedado sin norte, sin guía y sin indicadores fiables. Hoy me encuentro frente al mismo problema al leer un artículo de Lluis Bassets en el que expresa la inutilidad de la invasión de Afganistán y el gesto estúpido e inservible de la retirada de sus ocupantes. Ahora a Bin Laden se le otorga la categoría de Cid Campeador, que ganaba las batallas después de muerto, pero en realidad no ha ganado ninguna, es la democracia la que las pierde. La democracia es una cuestión de fe. Hay que creer en ella por encima de todo, pero en el empeño por garantizar las libertades está la amenaza de dejar las puertas abiertas para que entren los que la vienen a destruir. La fábula de los conejos discutiendo sobre galgos o podencos se podría comparar al debate sobre la aplicación de tal o cual procedimiento y su oportuna legalidad, la protección de datos, o la restricción de derechos, que tanto sirve para luchar contra un terrorista como para combatir a un virus asesino. Mientras discutimos sobre la idoneidad del procedimiento alguien se ha apresurado a colocar una bomba debajo del asiento en el que nos sentamos para elaborar el plan. Las democracias occidentales se han quedado sin un referente común para defenderse. Los proyectos más globales se deshacen en el aire, como ocurre en Europa con el brexit. Por otra parte, lo que movía al líder de Al-Qaeda era la consecución de un Estado islámico unificado bajo su mandato único, la gran fuerza religiosa que significa el poder ante el enemigo que, según el Corán, hay que destruir y que está constituido por nosotros los occidentales. El frente de resistencia del ámbito al que pertenecemos se debilita porque en él tienen cabida todos aquellos que acabarán simpatizando con el enemigo. En nuestro país hay quienes aplauden y justifican a las prácticas terroristas y se sientan en la mesa desde la que se dirige la política nacional. Luego están las teorías conspiratorias y esa aglomeración de oportunistas que todo lo transforma en un bien de consumo para la ficción. Decían que el mundo ya no iba a ser el mismo después del 11-S, después de la pandemia y después de tantas cosas que juegan ese papel publicitario tradicional contenido en el famoso anuncio que decía: “Antes y después de comer chocolate Matías López”. Hay otras cosas con las que jugársela. Por ejemplo, la inteligencia y la cultura, y sobre todo los avances de la ciencia. Eso parece que son cosas serias, aunque últimamente se pongan en manos de niños y de activistas alocados. Otros creen que son patrañas inventadas por el club Bilderberg para controlarnos más férreamente si cabe. Los pueblos necesitan de símbolos sólidos a los que seguir. La fe religiosa puede ser uno de los que aglutina a cientos de millones de personas en todo el mundo islámico. La revolución puede ser otro. Pero, y nosotros, de qué disponemos para marchar unidos. He visto un homenaje en Nueva York recordando el atentado de las World Trade Center y daba la sensación de que allí se daba cita un sentimiento unánime por defender el espíritu de George Washington, de la independencia y de la democracia liberal. Todo ello a pesar de la coexistencia con Luther King, con el Black Power, con Joan Báez, con los desplazados excombatientes del Vietnam, con las películas de Woody Allen, con la caza de brujas, con el Tee Party, con Al Capone, con el Hollywood podrido y con el We shall overcome. Esa mezcla es el país. Ese conglomerado de colores que los hace entrar a todos en la misma lavadora sin que se destiñan ni se contaminen. Yo creo que esto es lo que merece la pena tener. Eso que deseaba para España el cocinero José Andrés, según le dijo al que lo entrevistaba en la Sexta, refiriéndose a los enfrentamientos entre la izquierda y la derecha “¿por qué no podemos ser todos españoles?”. Mientras tanto, después de más de ochenta años de una guerra terrible y cuarenta de una transición pacífica, aún se levantan trincheras al grito de: “No pasarán”.