Tribuna

“Cinco años que son 50: la amistad de dirigir”, por Carmelo Rivero

A este mismo periódico al que pertenecí, 45 años atrás, en su primera redacción en Tenerife, hace cinco, como en una voltereta del tiempo, me llamó Lucas Fernández para dirigirlo. Nunca le estaré suficientemente agradecido al amigo del alma. Y ahora estoy donde estoy, en un punto y seguido aceptando empezar otra aventura, con tantas ganas o más que entonces, cuando suponía embarcar con rumbo desconocido

Cinco años que parecen 50. Tempestuosos, llenos de colosales apocalipsis, cinco años en absoluto convencionales, asombrosos, espeluznantes, en ocasiones aterradores, que llegaron cargados de todas las desgracias juntas y que las irían soltando una a una, implacablemente, una pandemia, una erupción y un mar de lavas sepultando a su paso todo lo más necesario, las casas, la tierra cultivada, el turismo y los montes en llamas mucho antes de que llegaran las coladas del volcán, en el mayor thriller de todo resumen descarnado de nuestras vidas.


Cinco años como los dedos de una mano. Con ella saludo, pese a todo, un periodo donde este periódico se ha consolidado en medio de tantas impresiones fuertes. Como un veterano de guerra me siento este domingo que me hacía falta. Cuando se cumple, como en mi caso, medio siglo de periodista uno tiende a asociarlo con la idea de un tiempo circular que redondea una travesía. Pero yo estoy siempre al principio de todo, criado en el instinto de dar comienzos, como en un modo de vida. Y, de una forma incorregible, tengo querencias que a veces se dan de bruces. Siento debilidad por mis afines, cito a Juan Cruz y Andrés Chaves, a sabiendas de las sabiendas, o a Juan-Manuel García Ramos, como cito a mis buenos amigos Andrés Orozco y Wolfredo Wildpret y en ellos menciono a toda una multitud de mis héroes adyacentes.


A este mismo periódico al que pertenecí, 45 años atrás, en su primera redacción en Tenerife, hace cinco, como en una voltereta del tiempo, me llamó Lucas Fernández para dirigirlo. Nunca le estaré suficientemente agradecido al amigo del alma. Y ahora estoy donde estoy, en un punto y seguido aceptando empezar otra aventura, con tantas ganas o más que entonces, cuando suponía embarcarse con rumbo desconocido. Los sacrificios personales que me supuso maridarme con el DIARIO no corren por su cuenta, son las trazas de la vida y mis deudas con mi hijo Ángel.


Cincuenta años después, soy el mismo niño de 12 que cruzó las míticas puertas de La Tarde de Víctor Zurita Soler, donde un águila imperial daba la bienvenida como mascarón de proa en el balcón del edificio modernista que guardo en el marco de un óleo de Rafael Siles. Hasta hoy. Así me hice periodista. De manera que, de un salto de 50 años a este otro de cinco, vengo con las manos curtidas en esta fragua y no dudo en afirmar que lo vivido este lustro, y lo sobrevivido en DIARIO DE AVISOS, no tienen parangón con todo lo anterior. Hemos asistido, estamos asistiendo, a una auténtica vivisección, la que harán los historiadores poniéndole el nombre de las gestas y las guerras de entre décadas. En estos cinco años de director de este periódico le he visto las orejas al lobo en los continuos conflictos, crisis y desastres naturales que han tenido cabida entre 2016 y 2021. No sé cuánto he envejecido en este tiempo, pero sigo siendo aquel niño que entró en La Tarde con un artículo y unos versos bajo el brazo. De La Tarde a El País, al DIARIO DE AVISOS y EL ESPAÑOL, que me quiten lo bailado. He aprendido la biblia de Cebrián y Pedro J. y lo que no está escrito de Iñaki Gabilondo. Y de mi tío Paco. Y del periodista que habita en mi hermano Martín. Cuando juntos militamos en los años 70-80 en la legendaria revista Triunfo de José Ángel Ezcurra, el gallo rojo contra el franquismo, giramos nuestras vidas hacia un oficio sin retorno. Cuando hicimos con Zenaido Hernández un periodismo insurgente en la trinchera adolescente nos labramos el futuro. Y hoy somos el resultado de esa ética del quehacer que nos mantuvo activos y feraces.


Han sido años caóticos en Canarias, el mundo se mutó en el caos de todas las esquinas. ¿Qué nos pasó, de pronto, que dejamos de avanzar y la Tierra comenzó a girar al revés? Las Islas, La Palma, son esa metáfora de un mundo estromboliano que está destruyéndose y renaciendo de sus cenizas, en un tejer y destejer, que en nuestro reino insular equivale a la espera de un Ulises para un mundo que está patas arriba con el sudario de los días a medio urdir.


Cinco años son suficientes para hacer inventario de la dirección y emprender otro ciclo con nueva responsabilidad. De manera que entrego el testigo a mi leal compañero Agustín González con los mayores deseos de que le aguarden tiempos mejores. En la nueva función que asumo en este mismo barco me va a tener a su lado y haremos piña para seguir afrontando las eventualidades que nos depare la vida de nuestro querido periódico. Tenemos lo más importante: una norma de estilo, una cultura propia de hacer las cosas y hemos demostrado que con rigor y honestidad es posible llegar a las metas deseadas, contra viento y marea. Muchas veces, nada es fácil ni insoportable, y tiende a manifestar su dolor a espuertas como en estos últimos años, pero todo tiempo tiene caducidad. Acaso vengan ahora los años mejores. Nosotros, los de DIARIO DE AVISOS, hemos vivido las guerras que nos tocó librar frente a enemigos poderosos, pero la tónica de esta época ha sido esa, dentro y fuera de casa. Y hemos superado todas las pruebas de fuego que nos puso el destino. La lava roja de Cumbre Vieja es de esa clase y solo un diario de raigambre palmera como el nuestro es capaz de entenderlo en sus entrañas. De esa virulencia, a menudo, está hecha la política y la vida. La política canaria lleva el volcán adentro, o el demonio, como estigma y marca de raza. No hablo del pleito, sino de las personas y su herrajes. Sobrellevamos los años conflagrativos de la legislatura pasada, cuando DIARIO DE AVISOS era el periódico a batir por el Gobierno, y desembocamos en estas aguas, donde la concepción del cambio resultaba premonitoria. Diríase que las agujas del reloj no tardaron en marcar la hora, que era como si la misma hora local fuera también la hora del mundo. Era la hora del cambio en los prolegómenos del siglo, no una acotación marginal, como vimos muy pronto en Estados Unidos. Pero nada está dicho para siempre cada vez que se acaba con una situación de abuso de poder.


Ojalá ese reloj no vuelva a equivocar las horas. Porque en los años que me ha tocado dirigir al Decano gocé de la atalaya de estas páginas y cobré conciencia de la visión de las cosas y los talantes humanos. He aprendido a relativizar cuanto acontece, nada es definitivo. Tampoco el cambio. Y en un extremo de la cuerda de la historia hoy se perciben de nuevo esfuerzos para retrasar las horas hasta la infausta memoria. De ahí aquel alborozo del cambio en Canarias. Como hito y como síntoma. Un cambio alborotado por su modo de florecer (el pacto de las flores, lo bautizaron algunos porque las flores se marchitan, siendo el de Pacto de Progreso su nombre de pila real ). La noche de la víspera del cambio, Rajoy cenaba con nosotros en el Mencey, un año después de perder la censura de Sánchez. Participó de las intrigas y conspiraciones telefónicas de aquella velada y, rodeado de líderes de derecha, izquierda y nacionalistas, recuerdo sus bromas socarronas viendo levantarse de la mesa a unos y otros en mitad de aquel aquelarre nocturno. A la mañana siguiente, salió el sol. Rajoy hizo su caminata y no se inmutó al enterarse de la noticia del cambio en Canarias, con la cachaza del que ya ha vivido la pérdida del poder en carne propia.


Nuestra norma de estilo, decía. Nuestro camino ha sido fiel a la mirada con que observamos lo que pasa. Lucas Fernández, editor y presidente de esta hazaña, me sigue dando cuerda y asumo con pasión su encargo tras una experiencia intensa y enriquecedora como lo fueron los años de Radio Club o los de Canal 7 con nuestro admirado Paco Padrón, entre tantas riadas de periodismo que uno ha acumulado en estos últimos 50 años. Aquí estamos los que estábamos, Lucas, Agustín y mi entrañable amigo y compañero Juan Carlos Mateu, con adiciones tan importantes como Fran Domínguez, que vuelve a casa, y Ángeles Reverón, que acaba de llegar y ya parece que lleva entre nosotros toda la vida, y está Natalia Torres, nuestra notaria favorita de la vida municipal. Tenemos el mejor equipo de periodistas que un director pueda desear para una empresa de esta envergadura. Los mejores cuadros comercial y administrativo. Nadie puede imaginar desde fuera la fortaleza y el talento de nuestras redacciones actuales, la del periódico y la de la web (nuestra joya mediática, líder por excelencia), y las que se suman desde este momento en la televisión, la radio y la prensa africana de la mano de mi admirada María Rozman, la afrocanaria Assia Bouaicha y Óscar Méndez, al que vi nacer en las ondas. Crecemos, somos más, tanto adentro como ahí afuera. El lector es nuestro amigo. Nunca le fallaremos.