El charco hondo

El radar

Fue anteayer, en la década de los setenta u ochenta -ni en el Neolítico ni antes de la guerra civil, tampoco en la Baja Edad Media-. Hace ocho fines de semana, poco más, niños y adolescentes salían de casa a jugar, al cole, a entrenar, alegar o tontear, y absolutamente nada se sabía de ellos […]

Fue anteayer, en la década de los setenta u ochenta -ni en el Neolítico ni antes de la guerra civil, tampoco en la Baja Edad Media-. Hace ocho fines de semana, poco más, niños y adolescentes salían de casa a jugar, al cole, a entrenar, alegar o tontear, y absolutamente nada se sabía de ellos (de nosotros); nada, cero, echábamos horas en la calle incomunicados, a nuestra bola, lejos del radar de padres o tutores, sin llamar ni posibilidad de ser llamados, localizados o controlados. Pasamos mañanas, tardes o días enteros (semanas, incluso, cuando viajábamos fuera del país) sin emitir boletines horarios o flashes informativos -en el canal familiar-. A ojos de los padres, la ausencia de noticias era señal suficiente y satisfactoria, el silencio se antojaba un buen balance, el mejor síntoma, la confirmación de que todo iba bien porque si mal ya se sabría. Ahora no. Anteayer queda lejos, especialmente para la rutina o el cordón umbilical que, móvil en mano, une (ata, cabría decir) a padres e hijos. En un abrir y cerrar de décadas se ha pasado del apagón informativo a la sobredosis de ubicaciones, chequeos y confirmaciones. Ha bastado una generación para culminar la transición que enterró aquel vivir sin saber cuando los hijos estaban fuera de casa -en la calle- a la agonía que entra a muchísimos padres si pasan dos horas sin el mensaje recibido, con la pantalla muda, leído, leído no respondido, ni leído ni respondido, no lo coge, qué hora es, mira el móvil de vez en cuando, escribe un guasap cuando llegues, estés, almuerces, despegues, aterrices, salgas, cojas el taxi, bajes del taxi -cuando vivas, en definitiva-. El exceso de información (la dependencia que los móviles han consolidado) tiene a los adultos en un malvivir, qué decir a los pibes que los sufren. Somos la sociedad del susto y la alarma, qué pasó, respondemos, cuando alguien nos llama, incluso antes de saludar, poniendo de relieve el estado de agitación permanente donde nos tiene la posibilidad de dar o recibir noticias de forma compulsiva, a golpe de mensaje, de boletines familiares que encadenan un chequeo con el siguiente, qué pasó, nada, ah, pensé, todo bien, sí, vale, no sé, para qué me llamabas, bien, vale. Nuestros padres no tenían idea sobre nuestro paradero durante horas, jamás necesitaron el repertorio de ubicaciones, llegadas, evaluación continua o salidas. Si no sabían es que bien, y a vivir. Ahora es diferente. Demasiados padres creen que los hijos son soldados de porcelana en la guerra de los mundos, y no. Niños o adolescentes hacen lo que nosotros, vivir, equivocarse, acertar y disfrutar cuando una cosa y la contraria. La pantalla del móvil es la esclavitud contemporánea, qué tal si nos relajamos un poco.