tribuna

“Huele a huevo podrido”

Todo comenzó con una imprudencia. Un vecino cortaba con una radial una puerta metálica en las cumbres de Artenara. Poco antes, hace dos años, todo parecía prometedor, el horizonte estaba despejado y dominaba la sensación de que nos iba a ir bien, dentro y fuera de casa, camino del final de una década que había enseñado los colmillos de la Gran Recesión, y el comienzo de otra. En esas circunstancias, el ser humano tiende a esperar lo mejor de la época siguiente, como hicimos a principios de siglo tras el 11-S, con gran decepción por nuestra parte. En los planes de una nueva era figuraba dejar atrás el cesarismo de Trump, cuando peor pintaba por la blandura de su rival, el demócrata de perfil bajo Joe Biden. Es habitual confundir los deseos con la realidad. Pero este último se cumplió. Y nada entonces, que yo recuerde, hacía temer por nuestro futuro inmediato. Cualquier iluminado que hubiera hecho en 2019 algún pronóstico funesto de 2020 lo habríamos tachado de pájaro de mal agüero. Lo más coherente con la marcha del mundo, subidos a la Ruleta Rusa del despegue tecnológico, era presumir de otros felices años veinte, aquellos que, cien años atrás, disfrutaron, de largo, del progreso universal antes de sufrir la Gran Depresión (1929), el primer aviso de los entretiempos. En 2019 no teníamos esa clase de supersticiones.

Pero aquel vecino soldador (cuya negligencia no hace que recaiga sobre él los grandes infortunios que nos aguardaban) tuvo la desgracia de que una chispa de su radial provocó un primer foco de fuego sin precedentes. Había desoído o ignoraba la alerta por altas temperaturas y en Gran Canaria se desató una tríada de incendios forestales. Durante semanas, la isla ardió de un modo desmesurado, y el jefe de emergencias del Cabildo, Federico Grillo, convertido en el hombre más popular, avisó de que aquella tormenta de fuego era un incendio de otra generación y que no se podía hacer otra cosa, cuando alcanzó el Pinar de Tamadaba, que confiar en el pino canario, capaz de rebrotar de las llamas tras millones de años de evolución. Los incendios de Artenara, Valleseco y Cazadores quemaron más de 10.000 hectáreas y obligaron a evacuar a 9.000 personas. En septiembre, una vez superado el mal trago, no podíamos imaginar lo que nos esperaba tras las cortinas de fuego. Aún hoy, recordar estos hechos, cuando estamos intentando todavía remontar la mala racha, nos parece mentira que después de aquello pasaran las cosas tan dantescas e inconcebibles que nos iban a acaecer y nos siguen acaeciendo como eslabones de una cadena infernal. Vivimos con el miedo pegado a la piel y ahora siempre tememos que lo próximo por ocurrir sea del mismo jaez, que dentro de otros dos años nos obliguen a repetir los mismos lamentos que ahora. Y nos negamos a permitir una reiteración semejante. Preferimos confiar en 2022, cándidament como entonces, sin temor a equivocarnos. Para salir de una vez del laberinto de esta guadaña.

La mala hierba creció tras los primeros incendios y pronto supimos que venían mal dadas. Se hundió Thomas Cook, y esa fue la primera grave señal de nuestra industria de los huevos de oro. La caída del centenario turoperador británico era la premonición de una hecatombe turística a cuentagotas. Le estábamos viendo las orejas al lobo. Pero, siendo conocido que las desgracias nunca vienen solas, nadie pudo predecir, en el peor de los presagios, que se nos avecinaba una pandemia como colofón del umbral refractario de esta década. Porque el virus no solo enfermó y mató -y sigue haciéndolo en todas partes indiscriminadamente con una fiera perseverancia pese a las vacunas-, sino que acabó sepultando el turismo, que era una forma de vida tan arraigada que parecía indestructible. Siempre dijimos, ajenos a que un día conoceríamos la situación extrema del turismo cero, que Canarias podía dormir tranquila, porque esa industria nunca iba a sufrir una crisis mundial. Era un dogma de fe. Basado en una profunda ignorancia. No teníamos ni idea de lo frágil que era la tramoya del turismo por más que el mundo no era -ni de nuevo es- inteligible sin la cultura del viaje ni el papel decisivo del avión en nuestras vidas. Pero la pandemia nos tiró el decorado abajo. Y nos quedamos con las butacas vacías, sin público.

Las llamas en nuestros montes fueron una señal del cambio climático, que era entonces la máxima pesadilla del planeta. Una niña había puesto firme al mundo. El fuego desaforado de nuestros montes pertenecía a la generación de Greta Thunberg.

Pero detrás de ellas, de las dantescas llamaradas de las islas, y más allá del crack del gigante turoperador británico y de los ceros energéticos de Tenerife en 2019 y 2020, aguardaba un ínfimo virus en la infinita China que nos iba a devorar a todos a dentelladas durante los dos primeros años que llevamos de esta década. Y aquí, en Canarias, aún con el alma en vilo por una crisis sanitaria sin tregua, explotó el volcán. La gente barre las calles de ceniza, mientras la lava devora casas y fincas, y una nube de dióxido de azufre contamina el aire de un mismo olor fétido, que es como el que impregna estos dos años infaustos: “Huele a huevo podrido”. Tenemos motivos para desconfiar del futuro, pero no perdemos la esperanza de que sea como soñábamos en 2019, cuando el horizonte brillaba impoluto bajo el sol.

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