el charco hondo

Los niños del volcán

Fue hace un suspiro, o lo parece. La red de vigilancia sísmica (del Instituto Geográfico Nacional) registró en julio de 2011 un incremento significativo de actividad en Frontera, El Hierro. La situación se prolongó, días, semanas, julio, agosto y, ya en septiembre, el semáforo pasó de verde a amarillo, y de amarillo a la erupción submarina del 10 de octubre que cambió la vida, aunque no en exceso, a los vecinos de La Restinga. Fueron seis meses de erupción (se dio por finalizada en marzo), suficientes para formar un edificio volcánico a cuatrocientos metros, quedando la cima a solo ochenta y nueve de la superficie del mar. Una década después, en septiembre de 2021, otro volcán ha puesto contra las cuerdas al Valle de Aridane con una erupción de comportamiento, evolución, recorrido y duración inciertos que sepulta viviendas, propiedades y modos de vida, ha abierto una crisis que durará meses y un calendario de reconstrucción de infraestructuras que tardará años, amenazando con sitiar poblaciones de los alrededores, rompiéndole el regreso a la normalidad, entre otros, a miles de chiquillos (más de cuatro mil) a los que el volcán ha cerrado el centro o suspendido las clases -qué decir de los alumnos que han visto como la lava se tragaba el cole-. Se habla poco de los niños del volcán, de lo suyo, de chiquillos que en marzo de 2020 fueron confinados, metidos en casa, sin cole, desescalada, restricciones, prohibiciones, aforos, mascarillas, libertad condicional, vacunación, reencuentro con la normalidad y, tres, dos, uno, regreso a la casilla de salida porque cuando empezaban a vivir como merecen, en libertad sin recortes, un volcán vuelve a cerrarles el cole que les clausuró la pandemia, o a sepultarlo, confinamiento, días en casa, otra vez incertidumbre, restricciones y anormalidad. Y lo que les queda. Poco se está hablando de ellos, del encadenamiento de catástrofes que les ha tocado, y poco o escasamente se está enseñando en los colegios sobre nuestra condición de inquilinos de volcanes. Ya que nunca se le había puesto el empeño que merece, bien pudo la erupción en El Hierro impulsar en los centros escolares el conocimiento del suelo que pisamos, y no, educar en la convivencia con los volcanes, tampoco, familiarizar a los chiquillos con las erupciones, para qué, hacer lo que hay que hacer para que los niños entiendan mejor lo que puede ocurrir y a veces, como en La Palma, va y pasa. Tenemos a los volcanes tatuados en los himnos, y ya. Cabe preguntarse cuántas erupciones hacen falta para que la realidad que pisamos deje de abordarse en el cole como anécdota, puntualmente, de pasada.

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