El charco hondo

Los vértices del cuadrilátero

En geometría un cuadrilátero es un polígono con cuatro aristas y otros tanto vértices -cuatro lados con sus cuatro esquinas-. En la geometría del vandalismo, el miedo tiene a vecinos, padres e infinidad de chicos temiéndose lo que esté por ocurrir mañana o pasado en el cuadrilátero de La Laguna. La telaraña de la violencia […]

En geometría un cuadrilátero es un polígono con cuatro aristas y otros tanto vértices -cuatro lados con sus cuatro esquinas-. En la geometría del vandalismo, el miedo tiene a vecinos, padres e infinidad de chicos temiéndose lo que esté por ocurrir mañana o pasado en el cuadrilátero de La Laguna. La telaraña de la violencia que está enquistándose en esa zona de la ciudad tiene tantos lados y esquinas como administraciones, cuerpos de seguridad y juntas de seguridad competentes. Los segmentos, diagonales o ángulos de la amenaza que el cuadrilátero está simbolizando merecen ser desmenuzados para evitar que, como suele pasar, nadie sea finalmente responsable de nada porque, en mayor o menor medida, todos lo fueron pero solo un poco, un pedacito, yo no fui, yo tampoco. Hay que diferenciar entre justos y pecadores, trigo y paja, noctámbulos y vándalos, víctimas y verdugos. Meterlos a todos en el mismo saco es injusto, distrae, desenfoca el problema. Ir al cuadrilátero no es delito -tampoco salir por la noche, divertirse-. No criminalicemos a quemarropa. No nos dejemos arrastrar a generalizaciones que diluyen el perfil problemático de quienes, con la delegación del Gobierno dibujando mariposas en el aire, han incorporado a su pauta semanal acercarse a La Laguna, a vomitar la violencia que les aprieta en el estómago, desahogando frustraciones a patadas, botellazos y, al tiempo, a navajazos. Son pocos, una minoría, pero suficiente para que una desgracia irreparable caiga a plomo sobre los chicos que solo quieren echar un rato, salir y trasnochar como lo hicieron quienes ahora, sentados en el sofá donde se abrazan la segunda edad con la tercera, llaman botellón a la noche, así, tal cual, sin matices. El problema no es la noche, el asunto es la violencia de unos pocos que ponen en peligro a cualquiera que esté por allí y pueda acabar alcanzando únicamente por estar. No reprobemos las ganas de recuperar el año perdido, el impulso de los adolescentes. Qué fácil es quedarse en casa cuando se tienen sesenta o más años, papi -me dijo Dani, con esa capacidad suya de construir afirmaciones redondas-. No estigmaticemos a una generación. No mezclemos agua y aceite. Abórdese lo del cuadrilátero con la urgencia y contundencia que la situación merece. Hay quien atribuye el vandalismo a la pandemia. Sí, y no. Los confinamientos -totales o parciales- han abierto heridas, conductas por explorar. Ahora bien, tanta violencia tiene que ver con la pandemia, sí, pero con el agravamiento de la pobreza que el cero económico ha generado, con la falta de expectativas, de presente o futuro de chicos que juegan con fuego porque la vida los ha quemado por dentro.