Por qué no me callo

Sobre una nube

Los kipukas del volcán, esos islotes indemnes de las coladas, aportan a las escenas dantescas brotes de irrealidad. El desarrollo de la erupción está arrojando lava por doquier y con ello una nueva dimensión de la Isla, esa que confunde lo trágico con lo imaginario. No habíamos asistido en medio siglo a un fenómeno como […]

Los kipukas del volcán, esos islotes indemnes de las coladas, aportan a las escenas dantescas brotes de irrealidad. El desarrollo de la erupción está arrojando lava por doquier y con ello una nueva dimensión de la Isla, esa que confunde lo trágico con lo imaginario. No habíamos asistido en medio siglo a un fenómeno como este que se escapa a las coordenadas del sentido común. Y quienes hace ahora 50 años (el próximo día 26) presenciaron la furia del Teneguía confiesan que esta de Cumbre Vieja la reduce a una anécdota paisajística y borra la idea de una convivencia bucólica entre las labores del campo y la llamarada al fondo del volcán, como habíamos visto en los vídeos nostálgicos de aquella égloga que duró poco más de tres semanas. El de San Juan fue otra cosa y se alargó 42 días en 1949. Ha transcurrido demasiado tiempo para estar mentalmente adiestrado a encajar lo que Morcuende, con las sencillas palabras de un notario en absoluto estridente, describió como noches y días “insoportables”. En las estampas al rojo vivo (aguardo con curiosidad a conocer el álbum de esta erupción en blanco y negro del fotógrafo palmero Emilio Barrionuevo) se ven las oleadas de fuego viscoso arrastrando rocas gigantescas que nos dan una idea de su vastedad y fuerza destructora. Pero no se perciben los ruidos, las explosiones y el olor a azufre que alguien definió como de “huevos podridos”. Todo ese estruendo, toda esa peste del coloso no está en la memoria gráfica de esta catástrofe, sino en las cabezas de los vecinos del Valle, que no viven desde el 19 de septiembre un minuto de paz.

La Palma tiembla desde ese día en la epilepsia volcánica de una erupción estromboliana, que es compulsiva y ensordecedora. Pero esos temblores, sismos, terremotos, por suerte, nacen a mucha profundidad, la suficiente (10, 20, 30 kilómetros) como para no revelar futuras nuevas aperturas eruptivas tan odiosas. Hasta cinco kilómetros bajo tierra los remezones no hacen sino abundar en la lógica de esta crisis originada hace tres semanas en Cabeza de Vaca: el cuantioso magma del volcán sigue fluyendo y, mientras haya presión que lo empuje, no dejará de salir a la superficie. Cuando la inercia cese y las emisiones de dióxido de azufre remitan, el volcán dirá hasta aquí hemos llegado. Y la vida renacerá de sus cenizas como los peces bajo el Mar de las Calmas de El Hierro tras la erupción submarina de hace una década. De distintos puntos de la Isla las gentes saldrán a la calle para asistir a ese momento cero del instante después como si volvieran a tierra tras un viaje surreal por el espacio. En La Palma ahora no se vive sobre una isla, sino sobre una nube.