tribuna

El cigüeñal: la pandemia de los no vacunados

Por qué un país juicioso como Austria ha caído en las cloacas del coron

Por qué un país juicioso como Austria ha caído en las cloacas del coronavirus en plena propagación de las vacunas y desde este lunes impone un confinamiento general, ante la impotencia de su sistema sanitario para contener el nuevo ataque por sorpresa de un virus que parece invencible? Si tal escenario, de por sí, nos desconcierta, qué no cabría pensar viendo a la modélica Alemania asomándose a la ventana de Europa y gritando “¡estamos en una emergencia nacional!”

En estos 20 meses de pandemia, DIARIO DE AVISOS ha escrito la larga crónica de una guerra mundial sin desenlace a la vista. La guerra se perpetúa y Europa es ahora el epicentro de enconados combates entre las vacunas y las cepas mutantes del virus surgido en China, según Science, a partir de una vendedora de marisco del mercado de Huanan (en Wuhan), que enfermó el 11 de diciembre de 2019.

Ni los peores augurios hacían presumir una dilatada contienda a tal extremo. Si lo más granado de Europa clama socorro y se confina como al principio, los cronistas de esta guerra no tenemos buenas noticias que dar este domingo. Seguimos en la sala de espera de una tregua que nunca llega. En la trilogía sobre esta pandemia que emprendí hace casi dos años (El libro del confinamiento y El año de la máscara vieron la luz en la edición digital de nuestro periódico) me atuve a unos hechos que modificaron el eje central de nuestras vidas. Ahora, comprendo que urge encontrar el cigüeñal que ponga en marcha la locomotora de la vida de un mundo convaleciente.

Esta vuelta a las andadas es una pandemia de no vacunados. En la práctica, se ha generado un fenómeno de segregación, pues a los escépticos de ayer hoy se les supone negacionistas por rechazo a sus gobiernos. En Alemania están convencidos de ello. Y países como Austria (con solo el 66% vacunado de nueve millones de habitantes) regresan a la casilla de salida: confinamiento desde mañana y vacunación obligatoria en febrero. Es el primer país occidental que tira por la calle de en medio. El virólogo Luis Enjuanes ya sugiere que la Seguridad Social no atienda a los no vacunados.

En Europa, que según la OMS es el epicentro de la nueva ola de coronavirus, estados de alta alcurnia como Alemania han dado muestras de flaqueza con menos del 70% de inmunidad respecto a vecinos como Francia, Italia, Portugal y, sobre todo, España, que roza el 90%. Los países mediterráneos aguantan el tirón, pero temen al adagio de las barbas del vecino cuando las ven arder estos días en Europa Oriental. Alemania, que ha perdido su buena fama cívica con apenas un 67,08% de vacunados, medita cerrar la vida pública si no queda más remedio. ¿Qué ha pasado en este país espejo bajo la batuta de una científica como Merkel que se ha batido contra lo molinos del negacionismo como una canciller cervantina, que en sus días póstumos de líder en funciones (mientras llega el socialemócrata Olaf Scholtz) está decidida a hacer la vida imposible a los no vacunados hasta que se rindan y acepten el pinchazo de rigor? ¿Implantará España el certificado COVID y exigirá la vacuna sine qua non, con los tribunales de uñas? ¿Legislará a tal efecto, como hace ahora Alemania? Canarias aboga por la credencial de marras, pero teme el veto del TSJC.

No cesan los malos rumores. La siguiente pandemia, la de las superbacterias, ya habría empezado, y esta semana las autoridades nos han obsequiado con la alerta de que los antibióticos están dejando de funcionar y la humanidad se arriesga a que en un futuro cualquier herida se convierta en letal. Un mundo sin antibióticos eficaces sería el acabose. Esta es la tónica de los mensajes.

España actualmente ensaya una vacuna propia y goza de reputación por su hito vacunal. No por el hecho de que la ministra de Sanidad sea una paisana haremos un elogio fácil de esta cobertura récord. Canarias, con más del 85%, es también un buen referente, pero no vayamos a morir de éxito. Hay un margen de error en la franja de 20 a 39 años que nos impide celebrar a los cuatro vientos la inmunidad de rebaño. La estadística no engaña: los nuevos infectados se recuperan en casa si están vacunados y corren peor suerte si no lo están. Está muriendo gente joven y los niveles de contagios superan en Europa al otoño de 2020. Las Islas, con 100.000 enfermos acumulados hasta la fecha, se escuda en el certificado COVID porque esta es la pandemia de los no vacunados, y limitar aforos y horarios estimula la pandemia endiablada de la economía. Son las 12 de la noche de otra jornada sin luz al final del túnel. Mañana saldrá el sol y solo las dosis de refuerzo y un detective sagaz que identifique a los jóvenes remisos salvarán vidas a la par que irrumpe la gripe.

Hemos bajado la guardia. Ahora tenemos que volver a las cuatro reglas, a la escuelita de la pandemia, cuando aprendimos aquella lección elemental: mascarillas, distancia, lavado de manos y ventilación. Cierto que la nueva píldora, el molnupiravir, y los medicamentos Ronapreve y Regkirona evitarán males mayores, pero no está dicha la última palabra de la ciencia. La OMS ha lanzado un SOS a Europa con este repunte: teme que el continente sume medio millón de muertos por COVID hasta principios de febrero de 2022 si la tendencia de la pandemia se mantiene. Nada impedirá que se apliquen test para las cenas navideñas.

Las dosis de refuerzo, que ya se se administran, en unos sitios a septuagenarios y pronto en España a los de mi edad (de 60 en adelante), se revelan inevitables en una civilización que ya sabe que ha entrado en la era de las grandes pandemias, producto del asedio humano de los más recónditos ecosistemas del planeta.

Las colas del Recinto Ferial, esta semana, para recibir la segunda dosis de Janssen, vistas desde lo alto de Europa, donde en las calles saltan chispas por la furia de las multitudes antivacunas, resultan una imagen envidiable. En breve vacunaremos a niños de cinco a 11 años, como ya proyecta Pfizer.

Ahora, que los más jóvenes son carne de cañón de las cepas emergentes, ya tenemos herramientas para evitar confinamientos austriacos a ciegas. Si la vacuna se convierte en un acto de fe y en una bandera política (ayer hubo revueltas en Viena, Zagreb y Róterdam), dejemos que en las iglesias mañana se comulgue con antídotos orales en lugar de pan ácimo, y que en las urnas haya partidos de vacunados y no vacunados. Esa distopía era inevitable. Y acaso ya está aquí.