Por qué no me callo

El volcán antivacuna

Arde Europa a las puertas de la Navidad por los confinamientos que se inician esta semana y la inminente vacunación obligatoria. El pulso entre gobiernos y antivacunas adquiere rango de disturbios violentos, con heridos, detenidos y quema de contenedores. No son secuelas del mayo francés; detrás de las 40.000 personas que agitaron las calles de […]

Arde Europa a las puertas de la Navidad por los confinamientos que se inician esta semana y la inminente vacunación obligatoria. El pulso entre gobiernos y antivacunas adquiere rango de disturbios violentos, con heridos, detenidos y quema de contenedores. No son secuelas del mayo francés; detrás de las 40.000 personas que agitaron las calles de Viena están grupos de extrema derecha, neonazis y negacionistas del Holocausto. Los referentes de la turba son iconos inequívocos como el médico nazi de los campos de concentración Josef Mengele. En Róterdam los hinchas de fútbol desafiaron la prohibición de acceder a los partidos invadiendo los estadios e interrumpiendo el juego. Una mezcla de hooligans y vándalos ultras ha visto un caldo de cultivo para incendiar la vía pública en esta ola de coronavirus y en la drástica cuarentena de Austria que entró en vigor ayer, preámbulo de la vacunación forzosa a partir de febrero.

En Bruselas no es una anécdota que 35.000 personas se enfrentaran a la policía, que recurrió a cañones de agua y gases lacrimógenos. No protestaban por un conflicto laboral ni cualquier reivindicación al uso. Ahora, en Europa las manifestaciones se suscitan por rechazo a las vacunas o al pasaporte COVID, quién lo iba a decir. Una insurgencia de base epidemiológica que habría sido impensable hace menos de dos años.

La virulencia de estos motines y melés callejeros en nobles capitales de la Europa señorial amenaza con desestabilizar países neurálgicos de la Unión Europea en 2022. En Zagreb y Copenhague han imitado esos rieles de Viena, Róterdam y Bruselas, y un tren loco cruza las capitales centroeuropeas con el lema “No mandatory vaccination (no a la vacunación obligatoria)”. En Alemania, Merkel, canciller en funciones, calificaba ayer la situación de “dramática”, peor que nunca, y su desolado ministro de Sanidad, Jens Spahn, sentenció: “Probablemente, todo el mundo en Alemania estará al final del invierno vacunado, recuperado o muerto”. Aquí se nos hace un nudo en la garganta.

Allá por marzo de 2020 se declaró la pandemia y se desataron los estados de alarma y los primeros confinamientos. Para entonces la pregunta era cuándo se dispondría de vacunas frente a un virus letal (que se ha cobrado ya en el mundo cinco millones de muertos y 246 millones de enfermos , según la Universidad Johns Hopkins). Hoy, con niveles de vacunación altos en los países más desarrollados y bajísimos en los más pobres, temibles variantes emigran de un extremo al otro del planeta con la amenaza de llegar a hacerse resistentes a los antídotos y poner de nuevo al mundo patas arriba. A punto de liquidar este año de transición, las sociedades (Europa con una sola voz) señalan a quienes no han querido vacunarse, pues son la grieta por donde entran las cepas feroces de esta ola. Pronto será universal la medida de imponer el certificado COVID para gozar de libertad de movimientos y acaso la vacunación sea preceptiva. Los no vacunados lo tendrán cada vez más difícil. Y los gobernantes se medirán a nuevas fuerzas sociales emergentes que no atenderán a razones.