el charco hondo

Las edades de Malena

Anunció que padecía un cáncer el 10 de octubre, en una columna que tituló Tirar una valla. En aquel artículo se mostró valiente, digna. El cáncer es un aprendizaje, nunca una maldición, ni una vergüenza, ni un castigo -escribió Almudena Grandes-. Estoy segura, confiada, fuerte, y sin embargo, hace unas semanas tuve un tropiezo, tiré una valla, como les ocurre a los atletas en las carreras de obstáculos -dijo, negándole a la enfermedad señales de miedo o rendición-. Los lectores son mi libertad, y la escritura es mi vida -añadió, sintiéndose protegida por la palabra-. Almudena Grandes ha muerto como mueren los escritores, yéndose sin irse, quedándose, provocando un silencio que rápidamente rompen las voces que recorren las páginas de sus libros, convocando a su funeral a los fantasmas, luces, demonios, amores o desamores con los que tantos escritores construyen personajes en los que nos vemos reflejados, pintando situaciones que nos desnudan, confiesan o desarman, que nos explican. Los escritores invitan a subirnos al barco del mundo vivido o leído; y una vez allí, entre sus paredes afectivas e intelectuales, descubrimos que ya estábamos en la habitación donde nos meten porque estamos hechos con idénticos materiales, con ingredientes capaces de lo mejor y lo peor, de todo, y de nada. Los personajes de Almudena Grandes reconstruyen el camino individual y colectivo, emocional e ideológico que hemos recorrido para llegar a nuestro tiempo -como personas, y como país-. Los escritores se ganan que los conjuguemos en presente aunque hayan muerto. Almudena Grandes nunca será pasado. La escritora nos regala su mirada, abriéndonos los ojos al antes que nos hizo, a los amores que tuvimos y perdimos, al superviviente que nos devuelve el espejo, a los errores, a los aciertos, a las renuncias y atrevimientos, a la duda, al miedo, al precio que hay que pagar por romper filas, por rebelarse, por saltar los muros que otros levantan. Los lectores hicimos libre a Almudena Grandes. Escritores como ella nos han hecho libres. A ellos debemos haber vivido tantas vidas como nos han ofrecido en sus páginas, haber viajado, sentido, entendido o compartido, disfrutando de la multitudinaria soledad que los libros permiten. La muerte nos roba lo que no llegaron a escribir, pero las zarpas del punto final no pueden arrebatarnos lo que dejaron escrito. Las edades y posguerras de Almudena Grandes no se dejan conjugar en pasado. Escritoras como ella se han ganado un presente imperecedero.

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