tribuna

Los partidarios de Ayuso

*Por Rafael Torres

A lgo debe de tener el agua cuando la bendicen, y algo el Partido Popular de Madrid cuando su control suscita tan feroz encarnizamiento. Pudiera ser que la poltrona bis de Génova tenga lo mismo que el agua, todo, pues si esta es esencial para la vida, aquella lo es para hacerse con la del partido entero. O, cuando menos, para intentarlo como hizo Esperanza Aguirre, de cuyos errores tácticos y estratégicos parece haber aprendido su discípula. Isabel Díaz Ayuso, a fin de no incurrir en ellos y caer en los suyos propios, o en los que le diga Miguel Ángel Rodríguez, esa especie de Iván Redondo que, al contrario que este, sigue yéndose arriba.

También puede que lo que esté en cuestión, lo que se dirime en esta reyerta cainita que trasciende la magnitud de las que se producen en las sentinas de todos los partidos, sea, directamente, la dirección nacional del PP, el poder total, y, en consecuencia, la candidatura para esos próximos comicios que, según señalan algunos sondeos, tan prometedores se presentan para la derecha. De otro modo, no se entiende que por un quítame allá esas pajas, esto es, por celebrar el congreso del PP madrileño en marzo o en junio, se haya montado semejante pifostio entre los partidarios del actual jefe de la cosa, Pablo Casado, y los de la que poco hace por disimular que quiere serlo en el inmediato futuro.

Casado perdió sus elecciones, y Ayuso ganó las suyas, y los partidarios en liza, más que de Casado o de Ayuso, lo son de ganar las elecciones, o sea, de Ayuso, que por eso tiene tantos entre los particulares, los medios y las corporaciones afines al PP. La prudencia, el temor a deteriorar más de la cuenta la ilusoria imagen de unidad del partido, mantiene al grueso de esos partidarios en un nadar y guardar la ropa, pero según se va enconando esa lucha por el poder, la tibieza va desapareciendo, y con ella los apoyos a un Casado al que ya, por su inmadurez, no le va llegando la camisa al cuerpo.

En medio de la gresca, un atribulado Almeida al que le ha tocado la china, pues, salvo cuando actúa como portavoz del partido, parece un hombre razonable. El alcalde de Madrid se mira al espejo y ve un detente-bala, el de Casado para protegerse de Ayuso, pero se ve a la legua que eso no le hace mucha gracia y que preferiría que los contendientes se arrearan directamente en sus caras, y no en la suya.

Entre bastidores, Miguel Ángel Rodríguez disfruta, y en la platea, Vox se relame de gusto.

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