tribuna

6 de diciembre

Ayer se celebró el día de la Constitución con la opinión casi unánime de que ésta necesita de una reforma y de que su ausencia es la causa de la desafección de la ciudadanía, sobre todo de los jóvenes, con la actuación política. Parece que existe un sentir mayoritario a la hora de reconocer el éxito de la Transición, pero a la vez se denota cierto desencanto debido al agotamiento del proceso.

Un artículo de Brunet sobre la opinión de destacados exmiembros del Tribunal Constitucional indica que las mayores urgencias en las reformas se refieren al Título VIII, es decir, a la adecuación del Estado de las Autonomías encaminada a corregir las diferencias de financiación, poniendo como ejemplo el Concierto vasco, y el reconocimiento de las singularidades de las regiones históricas, las que se alcanzaron por la vía del artículo 151.

Esta circunstancia no se recoge de forma explícita en el texto de 1978 sino que se remite al procedimiento contenido en las disposiciones transitorias. Estamos igual que al principio, en el debate diferenciador de una España desigual, exigida por los desiguales, simétrica o asimétrica, igual da, pero donde quedan reflejadas las circunstancias hegemónicas de unos territorios sobre otros.

El legislador tuvo que hacer encaje de bolillos para salvar el pacto constitucional tratando de adecuarlo al principio general de solidaridad, de igualdad y de unidad territorial. Ahora se estrellaría con los mismos aspectos técnicos y políticos al tratar de superar estos escollos insalvables, sobre todo después de las sentencias provocadas por el procés, cuya circunstancia no debería nunca presidir la urgencia reformadora.

España ha convivido con ese problema a lo largo de la historia y ninguna norma, por muy integradora que intente ser, ha conseguido una solución que satisfaga a todos. ¿Se podría decir que por esto somos un Estado fallido desde hace cinco siglos? A medida que se ha ido modificando el marco legal para el entendimiento se han perfeccionado mejores soluciones, pero éstas nunca llegarán a satisfacer plenamente las demandas hasta no alcanzar el objetivo definitivo de la independencia. Es una lucha a la que no van a renunciar, como tampoco lo harán los que viven con la ilusión de la revolución pendiente, agrupados ante la solución de la lucha final.

La Constitución democrática tiene previsto, en su contenido, el procedimiento para su destrucción y su quiebra, pero lo pone difícil estableciendo quórums reforzados para protegerse. Los problemas siempre se han presentado cuando se pretenden tomar atajos para alcanzar los objetivos, cuando se quieren forzar los hechos con situaciones de facto que luego se presentan como puntos de partida para llegar a los objetivos definitivos.

Ahora se aprovecha el aniversario de aquel 6 de diciembre de 1978 para hacer un recordatorio de estas debilidades mientras se brinda, de manera minoritaria y con hipocresía, por la fortaleza del sistema. Una demostración de esta realidad que retrato la vemos en los editoriales de los principales medios de comunicación, donde sus campaniles, más que repicar gozosos parece que están anunciando un funeral. Mal ambiente el que se presenta, donde en el acto de celebración de la unidad se ausenta la práctica mayoría de las fuerzas que apoyan las medidas económicas que nos van a sacar del atolladero.

¿Cómo va a creer la ciudadanía que de esta forma se van a resolver sus problemas? Sin embargo, hay profetas que venden la esperanza de que, modificando el texto, cambiando el marco, se van a resolver las incertidumbres de los jóvenes por conseguir su primer empleo, que este sea estable y digno y que puedan acceder a una sociedad donde impere la igualdad de oportunidades.

No va a ser así, porque estos paraísos no existen más que en la venta demagógica de una utopía. En fin, otro año más celebrando una Constitución que se mantiene como un tentetieso, aguantando los embates de quienes pretenden demolerla, frente a los que se esfuerzan por mantenerla, jurando sus principios en comandita con los que no creen en ella.

Si para salir de esta situación insoportable se pudiera lograr el consenso en un nuevo acuerdo donde todos tuvieran cabida, yo sería el primero en bendecirlo, pero, por ahora no lo veo factible en un panorama inmediato.

TE RECOMENDAMOS