tribuna

El adiós de ‘mamá’ Merkel

Merkel ha dicho adiós este miércoles tras 16 años en el poder, y su travesía parece más larga aún por todo lo que ha llovido últimamente. La mano de esta mujer es la que ha gobernado Europa por encima de las instituciones de Bruselas, dado el liderazgo natural de Alemania en la proa de la UE. Durante estos tres lustros la política y la economía han dado saltos equivalentes a cambios de siglos.

Merkel ha viajado con nosotros por el túnel del tiempo llevando el timón. No es la misma persona ni la misma dirigente tras los años transcurridos, como si los impactantes acontecimientos que hemos afrontado juntos (las crisis económicas y migratorias y la pandemia, por encima de todo) la hubieran ascendido en la escala humana. Merkel ejerció de Margaret Thatcher, dama de hierro, durante la crisis financiera de 2008-2015, y reprendió a Grecia, España, Portugal e Italia con la fusta de la austeridad. Fue magnánima, después, en la crisis de los refugiados dejando entrar en su país a un millón de ellos, y durante la pandemia, en estos dos años, se ha mostrado condescendiente con la desigual Europa facilitando, en contra de aquella mortificante abstinencia de la Gran Recesión, un giro esta vez keynnesiano-copernicano con un billón de presupuesto europeo y un fondo inédito de recuperación de 750.000 millones, el Next Generation.

El siglo XXI ha enfrentado sus conflictos, las hipotecas subprime o el coronavirus, con patrones ideológicos que no se parecen en nada a sí mismos: en su caso, hay un conservadurismo oscilante de derecha a izquierda, que la asoció al SPD, y ese es su legado: una reinvención de la democracia cristiana que repudia a la ultraderecha. España no ha podido imitar el abrazo de osos de Alemania. Enérgicamente antiTrump, Merkel trazó una raya divisoria entre la democracia y el populismo fascista del amo de la Casa Blanca. En la icónica foto del G-7 en 2018, la canciller, de pie, desafía cara a cara al republicano yanqui, sentado con los brazos cruzados como un niño malcriado, que se negaba a firmar el comunicado final. Una tímida ministra de Kohl (que la llamaba la Muchacha) logró encadenar cuatro legislaturas, conocer a otros tantos presidentes de Francia y EE.UU. y a cinco primeros ministros británicos, y en un planeta contrariado tender puentes, gobernar con sus adversarios socialdemócratas, limar asperezas con rivales tercos como Putin o Erdogan y pasear en sus últimos días por las calles de París escuchando a la gente saludarla con un “¡Vivat mutti!”, “¡Viva mamá!”.

No, Merkel, que por solo 10 días no ha batido el récord de su padrino Kohl, no es una figura más de la alta política internacional que se marcha como si tal cosa. Su adiós es un antes y un después. Con los grises y claroscuros de sus etapas más duras, es verdad que su ausencia se parece a la de una madre común, conmueve y preocupa, atañe a lo jerárquico y a lo humano de la palabra Merkel, que acabó significando amparo, prohijamiento y seguridad para una Europa entre algodones que temió por momentos desintegrarse. Y ahora es innegable que el vacío que deja produce vértigo. Un expresidente de la CE avezado cono Jean-Claude Juncker es de la teoría de que Merkel no ha sido una política al uso, sino “una obra de arte total”. Obama ha añadido algunos rasgos de lo que podríamos llamar el estilo merkeliano de hacer política: “sentido del humor, pragmatismo y una brújula moral implacable”.

De la inexperta ministra a la canciller de la primera potencia de Europa distan unas manos que Merkel no sabía dónde poner al principio y el aplomo que da la experiencia de los años, según fue testando Herlinde Koebel, que la fotografió a lo largo de su vida política en una serie titulada Huellas del poder. La autora afirma que inspeccionó la evolución de sus gestos pidiéndole siempre que mirara a la cámara sobre un indefectible fondo blanco, para asegurarse desde esta frontalidad metafísica “hasta los más sutiles cambios”.

Una falsa Merkel aparece desnuda en una foto juvenil que alguna información llegó a situar erróneamente en La Gomera, isla a la que últimamente acudía con frecuencia, cuando no a la de Ischia (italiana), para despejarse de los problemas de Europa y hacer senderismo sin mirar el reloj. Cuando su ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble enfiló a Atenas en la crisis financiera y expresó en voz alta el deseo supremacista de la aristocracia europea de expulsar a Grecia del club, Merkel sufrió el desafecto del Nobel alemán Günter Grass en un poema, La vergüenza de Europa, en el que se rebelaba contra la cicuta de Sócrates reencarnado en la legendaria nación que fue cuna de la filosofía y la democracia y que iba a ser arrojada a los leones con frac de la troika: “Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió”, escribió el novelista en ese poema hace diez años. Era como si Grass, huésped habitual de La Palma, estallara como un volcán y enviara una carta airada en verso a Merkel a su retiro en el Garajonay.

¿Qué hará ahora la democristiana más respetada por la izquierda europea, tras ceder el testigo a un socialdemócrata que gobernará con verdes y liberales? Leer y dormir, ha dicho. Entre la laurisilva de La Gomera la aguardan para que dé rienda suelta a tales menesteres. En el desfile militar de despedida, pidió a los músicos una canción punk de Nina Hagen, su compatriota de la Alemania oriental que fue refractaria con el régimen comunista anterior a la caída del muro de Berlín. Pese a aquellos temblores ortostáticos que padeció hace un par de años, a Merkel nunca le tembló el pulso rodeada de hombres en las altas esferas, ni se prohibió llorar en 2020 cuando pidió a los alemanes que se quedaran en casa por Navidad.

Ahora se marcha con la mascarilla puesta, símbolo de la Europa que deja en manos de su exvicecanciller Olaf Scholz. La física que abrazó la política en detrimento de la ciencia se despide del mundo de la política que se abraza a la ciencia para que salve al mundo. Es este mundo enmascarado que puso a prueba la cultura cívica de su pueblo, tan aplicado al inicio de la pandemia y, sin embargo, tan negligente y apático a la llamada de la vacunación y ahora ante la sexta ola de ómicron. Un país que debe dar ejemplo en la doble cara de la moneda de este tiempo de lucha contra el cambio climático y contra la COVID. Cuentan que esta mujer inteligente, capaz de encontrar la salida de los laberintos y de cargar sobre sus hombros el cielo de Europa como Atlas en el mito del Jardín de las Hespérides, no es perfecta. Y Putin sabía su talón de Aquiles cuando lo fue a visitar en 2007 a su residencia de verano de Sochi, al inicio de su carrera de canciller. En la foto, el ruso se afana en mostrarle su imponente labrador de pelo negro y a ella se le ve incómoda. Merkel siente una fobia confidencial hacia los perros desde que uno la mordió y a la KGB no se le pasó por alto. ¡Quién lo iba a decir siendo para Europa como una madre que ahora la deja huérfana en el último sendero, alejándose de la mano de su discreto segundo marido y exprofesor, el químico cuántico Joachim Sauer, apodado el fantasma de la ópera!

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