el charco hondo

Muerte en la playa

Los ritos funerarios con los que despedimos a quienes dejan de ser -y estar- siempre han tenido en común un incombustible respeto por la muerte. Un larguísimo catálogo de liturgias envuelven, antes o ahora, aquí o allá, el adiós a aquellos que nos abandonan, a quienes se van. Obviamente, continentes y contenidos cambian dependiendo de cada región, época o cultura, y de las influencias que empapan a cada colectivo, país o tribu. Honrar a los muertos es una constante únicamente desplazada cuando las guerras, y otras expresiones del bárbaro que nos habita, imposibilitan la costumbre de homenajear de ésta o aquella manera a los fallecidos. Hay mil formas de vivirlo, o morirlo. Las tradiciones dibujan un abanico amplísimo, pero aquí o allá, antes o ahora, el respeto a los cadáveres se inculca desde la infancia. Un muerto es algo demasiado serio para tomárselo a broma. El cuerpo de alguien que acaba de morir inspira, en la inmensa mayoría de los casos, una actitud determinada, bajar la voz, observar sin mirar, prudencia, guardar una distancia, atender a códigos escritos o no, frases milimetradas y gestos particularmente educados, quietud, y espacio. Sin embargo, no fue así lo que ocurrió días atrás, este último domingo. Un hombre de ochenta y seis años falleció ahogado en la playa, en El Médano. Los socorristas los sacaron del agua en parada cardiorrespiratoria, con signos de ahogamiento; y, después de practicarle las correspondientes maniobras de reanimación, confirmaron su fallecimiento. El cuerpo quedó sobre la arena, un buen rato, una hora larga, algo más, quizá, custodiado por la Guardia Civil hasta la llegada del juez (o jueza, no lo sé). Sesenta minutos, puede que más, tal vez, con el cadáver en la playa, junto al paseo de madera. Una hora en la que, con el cuerpo envuelto en una sábana a escasos metros, muchos siguieron cogiendo sol, jugando con las palas, alegando junto a la sombrilla, acercándose o volviendo del mar, yendo a por cervezas, estando, como si tal cosa, a lo suyo, de playa con un cuerpo envuelto en una sábana a dos o tres toallas de distancia, sin duelo ni recato ante el cadáver de alguien por muy desconocido que fuera, otorgándole apenas un par de minutos a la curiosidad para, acto seguido, disfrutar del día de playa que un muerto no les rompió, fríos, conviviendo con la muerte como lo harían con una tabla de surf. Ni la muerte ni los muertos son lo que eran. Será que se les está perdiendo el respeto y la trascendencia, el rito o la liturgia, la quietud, el espacio. Será que nada ni nadie, vivo o muerto, puede jodernos un día en la playa.

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