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Concierto en ómicron sostenido mayor para pandemia y política

El curioso -y amable- lector quizás recuerde aquello de la inmunidad de rebaño (qué término tan ilustrativo) cuando el 70% de la población mayor de edad estuviese vacunada. Y también aquello otro de los Comités de Expertos que nunca existieron, salvo en las coartadas de nuestros gobernantes y en las continuas contradicciones del portavoz sanitario de nuestro Gobierno. Dos años más tarde, se vacuna a los niños, a los adultos se nos conmina insistentemente a vacunarnos por tercera vez, y en Israel, después de administrar una cuarta dosis de refuerzo, se están planteando rendirse y utilizar el contagio masivo como vacuna. Porque la última variante detectada es altamente contagiosa, aunque, al parecer, menos mortífera. En definitiva, estamos como antes, y la pesadilla no muestra síntomas de tener fin. Como tampoco tienen fin la lucha entre el aislamiento y la economía, que Díaz Ayuso lidera en Madrid; los disparates de los negacionistas antivacuna; y la intensa politización de todo el problema de la pandemia. Porque la política todo lo contamina, y ha colonizado irremediablemente la lucha contra el virus hasta afectar a la propia denominación de sus variantes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no es inmune a la politización de la pandemia, y desde el pasado mes de mayo está empleando el alfabeto griego para denominar a las variantes del virus. Según ha explicado, el motivo de esta decisión es evitar que se asocie cada variante con el lugar en donde se detectó por primera vez. Lo que no sabemos es que opinan los griegos al respecto, aunque es cierto que su alfabeto tiene un uso muy extendido en muchas ciencias. De acuerdo con este criterio, y siguiendo el orden del alfabeto, a la última variante detectada le ha correspondido la letra ómicron, la decimoquinta letra, que significa literalmente “o pequeña”. En filología latina sería “o breve”, que se distingue de la letra omega, “o grande”, en filología latina “o larga”, en ambos casos debido a su pronunciación. Un buen ejemplo de la estigmatización que busca evitar la OMS es el de la pandemia que entre 1918 y 1920 dejó 40 millones de muertos. España no censuró los informes de la enfermedad, y así ha llegado a ser conocida como La gripe española, a pesar de que el virus no se originó en nuestro país. Sin embargo, el problema es que la OMS no ha seguido el orden alfabético griego estricto, y se ha saltado dos letras: Ni (que en ciencias se utiliza como Nu) y Xi. La organización explicó en un comunicado que la letra Nu puede ser confundida fácilmente con “nuevo”, mientras que Xi es un apellido común en chino. Al respecto, la OMS decidió en 2015 “mejorar la denominación de nuevas enfermedades para evitar ofender a cualquier grupo cultural, social, nacional, regional, profesional o étnico”. Pero la omisión de Xi ha causado polémica porque precisamente es el apellido de Xi Jinping, presidente de China, país en donde se originó la pandemia y que ha impedido cualquier investigación seria sobre ese hecho. Do sostenido mayor o fa sostenido mayor son tonalidades poco usadas. Pero el concierto de la pandemia con las orquestas políticas de todos los países se sostiene en el tiempo, y amenaza con sostenerse mucho tiempo más, sin dejar de ser la mayor de las amenazas para nuestra supervivencia.

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